15. LA CONMEMORACIÓN DE LEPANTO #3
Una sonrisa sensual bailó en los labios de Ana de Mendoza.
Fue una sonrisa que Felipe no supo si calificar de provocadora o de atrevida, o de ambas cosas a la vez.
Recordó otros momentos, otro tiempo, en el que él y esa hermosa dama, tal vez...
Pero alejó de sí de inmediato el recuerdo con un parpadeo.
Tenía, como ser humano que era y, por tanto, frágil a pesar de sus poderes, muchos defectos: era reservado, desconfiado, suspicaz, cruel e irascible en ocasiones...
, pero la lujuria no estaba entre ellos.
Siempre había sabido mantener atada con rienda corta a la indomable fiera de la lascivia, sabedor de que entre sus fauces habían caído imperios y coronas.
Volvió a centrar su atención en los labios y en las palabras de la princesa.
—A que no siempre elegimos el momento ni la forma en que nos vemos obligados a hablar o a callar —explicó la de Éboli con calma—.
Hay decisiones que parecen propias, pero nacen de movimientos que no hemos iniciado nosotros.
Mas no pretendía mantener una conversación de este tipo con vuestra majestad.
Solo me acerqué a vuestra majestad para saber cómo está y desearle lo mejor en este tiempo propicio.
Al fin y al cabo, celebramos una gran victoria. Es un tiempo propicio, ¿no, majestad?
Felipe contempló fijamente a la mujer, intentando dilucidar si sus palabras estaban adornadas por un doble sentido.
No fue capaz de alcanzar una conclusión cierta.
Era un tiempo lleno de inquietudes, las desgracias se habían sucedido una tras otra en ese año setenta y ocho —la última, la reciente y sorpresiva muerte, acontecida en Madrid hacía solo unas semanas, de su sobrino Wenceslao, hijo de su hermana María y del difunto emperador Maximiliano y hermano del actual emperador Rodolfo, y con tan solo diecisiete años de edad—, y ahora esa carta anónima le impedía el sueño.
¿Y esa mujer calificaba el tiempo como propicio?
¿Era porque en verdad no sabía nada de la carta?
¿O era porque quería alejar de ella las sospechas?
—No hay día en que no me acuerde de vuestro difunto esposo —dijo Felipe, tal vez desviando el rumbo de la charla—, de mi querido Ruy López. ¿Lo añoráis también vos? Dudo mucho que él, si aún estuviera entre nosotros, calificara este tiempo como propicio.
El murmullo del salón continuaba en torno a ellos, pero ambos lo sentían como lejano. Ella no respondió de inmediato. Tomó una copa de la bandeja de un paje que pasaba y la sostuvo sin beber.
—Por supuesto, señor —dijo, sorbiendo luego brevemente de la copa—.
Yo no dejo de recordarlo, majestad —respondió con suavidad, sin apartar su mirada de la de Felipe—.
Hay recuerdos que son imborrables, aunque haya veces en que queramos alejarlos de nosotros por el dolor que causan.
Y también me acuerdo de que fue él quien me dijo que todo tiempo es propicio para quien se atreve.
—Se dice de vos que no existe nada a lo que no os atreváis.
—Habladurías, majestad.
—Decidme —continuó Felipe, con tono más bajo—, ¿cómo se sigue adelante cuando falta alguien así?
Ella guardó silencio durante unos segundos. Tomó aire con sosiego antes de hablar.
—Intentando hacer lo que la persona ausente habría querido que se hiciera, señor. Y a veces eso obliga a tomar decisiones que uno habría preferido no considerar.
—Y según vuestra señoría, ¿qué habría querido el bueno de Ruy López?
—Lo mejor para sus hijos, majestad. Como vuestra majestad desea lo mejor para los suyos.
—Vuestros hijos, prima , gozan de buenas rentas y de sus títulos.
—Así es, señor. Pero ¿quién no desea siempre más para los de su sangre?
—La ambición, señora, cuando es excesiva, es peligrosa.
—No, cuando se la conjuga con derechos legítimos.
—Eso no siempre es fácil.
—No —admitió ella—, pero tampoco lo es quedarse quieto esperando a ver por dónde discurre la corriente, en vez de esforzarse por encauzarla.
El rey dejó escapar una leve exhalación.
Esas palabras de la princesa le trajeron a la mente el recuerdo de su hijo Carlos, su impaciencia, sus delirios, su afán por adelantar el curso natural de las cosas.
Estuvo a punto de hablarle a la Mendoza de Carlos, preguntarle cuál era su recuerdo de él, interrogarla por su parecer acerca de lo ocurrido, acerca de su muerte.
Mas se dijo que era tiempo de acabar con esa conversación que comenzaba a ser dolorosa.
Había tantas ausencias. Y pensó que en esa mujer no iba a encontrar respuestas.
Todo en ella era artificio. Se despidió de la de Éboli con unas frases de cortesía y se alejó, buscando con la mirada a su esposa Ana de Austria.
La seguridad de quien sabía que lo amaba con desinterés.
A su espalda, la princesa quedó pensativa.
Cavilaba que no todas las ausencias son iguales: unas se limitan a vaciar lo que hubo, pero otras dejan tras de sí un espacio que, tarde o temprano, alguien ha de ocupar.
Y eso, pensaba, es lo que verdaderamente pesa.
No la pérdida en sí, que al fin y al cabo se aprende a sobrellevar, sino la necesidad de elegir sin la seguridad de acertar, sabiendo que cada decisión puede llenar el hueco, pero, al mismo tiempo, cambiar el equilibrio de todo lo demás.