Conjura contra el rey Felipe 15. LA CONMEMORACIÓN DE LEPANTO #2
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15. LA CONMEMORACIÓN DE LEPANTO #2

La mudanza de la música de la Capilla Real sacó a Felipe de ese primer pensamiento.

El coro interpretaba ahora a Francisco Guerrero, entonando su himno Vexilla regis prodeunt —«Los estandartes del rey salen a la luz»—, a ocho voces, también muy apropiado para la efeméride.

Mientras sonaban los compases del himno, Felipe regresó la mirada a sus criados, contemplándolos uno por uno, desde el más relevante al de más llana procedencia.

Y una letanía de preguntas retiñía en su cabeza, dirigida a todos ellos: «¿Quién de entre vosotros desea mi mal?

¿Quién es el autor de la carta anónima? ¿Quién grabó el símbolo de Saturno en la torre vieja?

¿Quién de entre vuestras mercedes osa acusarme de la muerte de mi hijo el príncipe Carlos?

¿Quién está detrás de la mano que ha dado muerte al médico Velasco?

¿Quién es el traidor y cuál es la razón de su felonía? ».

No halló respuesta para esas preguntas.

Una tos infantil restalló a la vera del rey.

Se giró hacia su izquierda, donde se sentaba el príncipe Fernando, el heredero del reino que, por la misericordia de Dios Todopoderoso, cumpliría los siete años de edad el venidero diciembre.

Se había llevado el puñito de su mano diestra a los labios para contener la expectoración.

Un gentilhombre de la boca se acercó presuroso con un pañuelo de encaje y un vaso de agua; el príncipe aceptó el primero y declinó el segundo.

El rey, con honda preocupación, observó su extrema delgadez, su rostro pálido, casi cerúleo, sus marcadas ojeras, sus movimientos lentos y fatigosos.

—¿Os encontráis bien, alteza? —preguntó Felipe a su hijo, posando su mano en el bracito del niño, que encontró calenturoso.

El príncipe asintió, intentando sonreír.

—Estoy bien, majestad —aseguró con su vocecilla delicada.

—¿Le ocurre algo a su alteza, señor? —preguntó la reina Ana, sentada a la derecha de su esposo, que había advertido la tosecilla de su hijo y el ademán preocupado del rey.

—El príncipe Fernando asegura que se encuentra bien, señora, aunque le hallo la piel algo más caliente de lo que debiera. —Y dirigiéndose de nuevo a su hijo—: Si estáis cansado, puedo ordenar que os acompañen a vuestra cámara.

—No, majestad, estoy bien, de verdad. Y me gusta la música.

Felipe contempló a su hijo con ternura. Lo vio tan débil, tan vulnerable, que sintió un pujo de emoción en el pecho.

Deseó que todo el poder de su imperio, el poder de sus cañones y sus galeras fuese suficiente para proteger la vida del príncipe, en cuyos hombros tan frágiles descansaba el futuro del reino.

Recordó luego la carta anónima y sus palabras infaustas, que auguraban nuevas muertes.

Felipe, en un gesto inusual, acarició con suavidad y blandura la mano de su hijo, y rogó al cielo, a Dios misericordioso, que lo protegiera de todo mal.

***

La música aún parecía resonar en las bóvedas del Salón de los Reyes, asedando el tono de las conversaciones.

Las violas y chirimías habían cesado, pero el eco de sus acordes parecía haberse quedado prendido en los muros del salón, reverberando sus resonancias como enredadas en la trama de los tapices.

El ágape discurría con la compostura que imponía la presencia del rey, que, en el centro de la estancia, apenas probaba bocado.

Sus dedos, largos y secos, jugaban con la copa aún colmada del buen vino de los jerónimos que se había escanciado generosamente, mientras su mirada, aparentemente distraída, recorría el salón con esa atención que no se detenía en nada y, sin embargo, lo abarcaba todo.

Se topó, en ese instante, con la del inquisidor general Gaspar de Quiroga y, en un mudo entendimiento, hizo que el arzobispo abandonara el corrillo donde estaba y se dirigiera a presencia del monarca.

Este, con otro ademán sin palabras, se deshizo de quienes en esos momentos lo rodeaban —los secretarios Zayas y Delgado— y saludó al clérigo con un gesto escueto de su cabeza.

—Majestad —dijo Quiroga tras el saludo protocolario—, es una celebración digna de lo que se conmemora.

El rey inclinó apenas la testa hacia él. Dio unos pasos, obligando al arzobispo a seguirlo, para apartarse de todos y crear un espacio de intimidad.

—Decidme, señor arzobispo —murmuró, sin desviar la vista del frente—. ¿Ha sabido vuestra eminencia algo más de aquello de que hablamos?

Quiroga no respondió de inmediato. Tomó un sorbo breve de vino, como si necesitara humedecer la garganta o dilatar el tiempo.

—Nada nuevo, majestad —respondió al fin—. Y, para vuestra tranquilidad, sabed que la carta sigue guardada y a buen recaudo. Solo mis ojos la han visto.

—El símbolo que aparece en ella —inquirió el rey, sondeando a su interlocutor—, ¿habéis alcanzado a saber qué significa?

—No con certeza. He llegado a pensar que es marca de alquimista, pero, cuanto más lo pienso, menos convencido estoy.

He revisado antiguos tratados de astrología.

Pudiera ser el signo de Saturno, pero no coincide completamente.

Es un jeroglífico, majestad. ¿Y vuestra majestad ha conseguido saber algo más?

Felipe no respondió. Volvió la vista al salón, donde risas contenidas y conversaciones en voz baja enmascaraban una tensión que solo unos pocos de los presentes percibían.

—Seguid atento, señor arzobispo —concluyó—. Y no deis un paso sin avisarme.

—Así se hará, majestad.

Dio el rey la espalda al clérigo, que se dirigió al corrillo del que había salido, en el que Antonio Pérez, con la ocurrencia de sus buenos momentos, debía de estar contando algún chisme que provocaba las risas de sus interlocutores.

Un movimiento leve, casi imperceptible, atrajo entonces la atención del rey.

Entre los grupos que conversaban con estudiada naturalidad, avanzaba hacia él una figura inconfundible.

La de Ana de Mendoza y de la Cerda, princesa de Éboli.

Vestía con su elegancia habitual, sin exceso, tal vez el escote algo más atrevido de lo que la etiqueta aconsejaba, pero con esa seguridad de quien no necesita el aderezo para destacar en la multitud.

El parche que cubría su ojo izquierdo no restaba belleza a su rostro; antes bien, le confería un aire singular, casi desafiante, como si en aquella imperfección residiera parte de su fuerza.

Se inclinó ante el rey con una reverencia tan breve como sugerente.

—Majestad.

—Princesa —respondió Felipe.

Hubo un instante de silencio que, más que incómodo, era preparatorio, el preliminar necesario para una conversación que, estando por medio la de Éboli, siempre era prometedora.

—Confío —dijo ella— en que todo esté siendo del agrado de vuestra majestad.

—Lo ha sido —reconoció el rey—. Aunque bien sabéis, prima , que no soy hombre de celebraciones, por más que esta merezca la pena. Soy más de silencios. En cambio, a vos os he observado esta noche y he comprobado una vez más que no sois amiga de ellos. Os he visto reír y gozar con desenvoltura.

—¿Me habéis observado, pues?

—Sí, y os he visto como en vuestros tiempos mejores.

—¿Hubo tiempos mejores, señor? —preguntó ella, sugerente de nuevo.

—Decídmelo vos. Hubo tiempos en que uno era capaz de prever acontecimientos y adelantarse a ellos. No sé si eran mejores... pero sí más fáciles de entender.

—No siempre es cuestión de gusto, majestad. A veces una habla porque el silencio no deja otra salida... y otras, porque callar resulta más difícil de lo que parece.

—Bueno, eso puede ser verdad —dijo el rey, asintiendo al mismo tiempo con la frente, fijos sus ojos grises en los de la princesa—. Aunque, como bien sabéis, la abundancia de palabras es tierra fértil para que en ella germine el yerro y el pecado.

—También es verdad, pero ¿cuántas veces no somos dueños ni de nuestras palabras ni de nuestros silencios?

Lo que quiero hacer ver a su majestad es que no siempre actuamos por propio impulso, o por nuestra propia voluntad o, si lo pensamos mejor, por nuestra propia conveniencia, sino movidos por actos de otros.

—¿Actos de otros? —inquirió Felipe, francamente interesado ahora—. ¿A qué os referís, señora?