15. LA CONMEMORACIÓN DE LEPANTO
L A CONMEMORACIÓN DE L EPANTO
El Salón de los Reyes, situado en la planta principal del alcázar madrileño, era el espacio que se utilizaba para recepciones de embajadores, juramentos ceremoniales, festejos cortesanos y banquetes oficiales.
Era una sala grande, de ochenta pies de largo por unos cincuenta de ancho, de techo alto sostenido con vigas de madera vista, adornada sobriamente con tapices flamencos de gran hechura, escenas de victorias, genealogías y alegorías del buen gobierno, cuyos colores —rojos profundos, azules densos, marfiles— apagaban el eco de las voces y envolvían la sala en una penumbra solemne.
Entre tapiz y tapiz, escudos reales y emblemas dinásticos recordaban la perduración de la Corona.
El suelo era de losas claras. En uno de los lados mayores se alzaba el estrado: una tarima cubierta con alfombra sobre la que se situaba el trono bajo dosel, con respaldo recto y brazos labrados, flanqueado por sitiales menores para la familia real.
El dosel, de terciopelo oscuro, llevaba bordadas las armas reales.
El salón estaba iluminado con hileras de hachones y candelabros cuyo resplandor hacía temblar las sombras de los reyes representados en las telas.
En el alcázar, en la conmemoración de la efeméride, a la misa y el posterior tedeum había seguido una breve representación alegórica de la batalla, con personajes como la Cristiandad, el Turco, la Fe, la Providencia y la Victoria, puesta en escena por estudiantes del Colegio Imperial.
En esos instantes, y antes del ágape que pondría fin a la sobria recepción, el coro de la Capilla Real entonaba el motete Salva nos, Stella Maris , de Cristóbal de Morales, muy apropiado para la ocasión.
El rey, sentado en su trono, observaba a sus criados, repartidos por todo el salón.
Allí estaba Gaspar de Quiroga conversando en susurros con el secretario Antonio Pérez, de muy buenas migas ambos, como por todos era conocido; junto a ellos, el obispo de Ávila y presidente del Consejo de Castilla, Antonio Mauriño de Pazos, escuchaba con atención lo que Quiroga en esos instantes hablaba; era también conocida la cercanía política de Pazos con el inquisidor general y con Pérez.
Cerca de ellos, Gabriel de Zayas, secretario para los asuntos de Francia, el imperio e Inglaterra y cuya simpatía hacia Pérez se decía se estaba resquebrajando —se comentaba que se habían encontrado recientemente en la galería y ni se habían descubierto ni saludado—, departía en voz baja con Alonso de Guzmán y Sotomayor, duque de Medina Sidonia y yerno de la princesa de Éboli, y con otros grandes.
Un poco más lejos, Francisco Zapata Cisneros, conde de Barajas y miembro del Consejo de Estado, peroraba en un grupo donde estaban el marqués de los Vélez, mayordomo mayor de la reina, el marqués de Aguilar y, por increíble que pudiera parecer, el confesor real fray Diego de Chaves, cuya enemistad con el de Barajas era proverbial.
Más allá, Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, que había estado al mando de las treinta galeras de la escuadra de Nápoles en Lepanto, relataba episodios de la batalla a varias damas que lo escuchaban con arrobo.
Acullá, Mateo Vázquez charlaba con el duque de Alba, con Antonio de Toledo, cuñado del duque, caballerizo mayor del rey y prior de la Orden de San Juan en el reino de León, y con Juan Delgado, secretario del Consejo de Guerra.
En el centro de la estancia, doña Ana de Mendoza, princesa de Éboli y viuda de Ruy Gómez de Silva, tan añorado por Felipe, escuchaba la música junto a varias damas de la corte; el rey advirtió cómo, con su único ojo sano, lanzaba de cuando en vez miradas de complicidad hacia el secretario Pérez; le vinieron a la mente entonces los rumores que cada vez corrían con más intensidad por Madrid acerca de la implicación de aquellos dos en el asesinato de Juan de Escobedo, secretario de su hermanastro don Juan de Austria, y se dijo que más pronto que tarde habría que poner medios para esclarecer el lance, al que el propio Felipe no era ajeno.
En un rincón, los embajadores extranjeros —Filippo Sega, nuncio vaticano; Alberto Badoer, el plenipotenciario de la Serenísima; Luigi Dovara, legado del Gran Ducado de la Toscana; Duarte de Castelo-Branco, conde de Sabugal, embajador portugués; Giovanfrancesco Morosini, legado del dogo de Génova; el de Lucca, Tolomeo del Portico; el enviado del duque de Módena, Orazio Malaguzzi...
— dialogaban, sin hacer mucho caso a la música, atentos a cualquier desliz de sus colegas que les permitiera acceder a información valiosa para sus señores, que de inmediato transmitirían bajo cifra a sus respectivos países.
Dos pensamientos se le vinieron a la cabeza en esos instantes al rey Felipe mientras observaba conciliábulos y camarillas.
Por un lado, se dijo que su corte era un nido de banderías y parcialidades, como bien le había advertido su padre el emperador en las «Instrucciones secretas» que le entregó cuando lo puso al frente del reino en 1543 —¡Felipe solo tenía dieciséis años!
—, antes de su partida para Génova para enfrentarse de nuevo, por cuarta vez, a Francisco I de Francia.
En ellas le aconsejaba no entregarse nunca a una sola facción o parcialidad, ya que esto anularía su autoridad y le convertiría en prisionero de un bando.
Le dejaba bien claro que el rey debía mantenerse por encima de todos para actuar como árbitro neutral.
Le indicaba que los consejeros a menudo tratarían de influirle para favorecer a sus parientes o amigos.
Le recomendaba escuchar a todos, pero reservarse siempre la decisión final para que nadie pudiera decir que gobernaba en su nombre.
Él, Felipe, había intentado por todos los medios seguir las «Instrucciones» de su padre el emperador, y por eso había hecho de la prudencia y la desconfianza sistemática hacia sus propios ministros su norma de conducta, para evitar que alguno adquiriera demasiado poder.
Pero no había podido evitar la existencia de las facciones, cuya convivencia era ahora peor y más difícil que nunca.
Cuando vivía Ruy Gómez, había dos parcialidades perfectamente definidas: la «ebolista», encabezada por el propio príncipe de Éboli e integrada por gente tan dispar como Gonzalo Pérez y luego su hijo Antonio, los Mendoza, los humanistas y técnicos como Pedro Fajardo y hasta la Compañía de Jesús, que propugnaba una política de moderación, diplomacia y pactos y que era partidaria de una salida negociada y pacífica a la rebelión en los Países Bajos; y, de otra parte, los «albistas», la facción encabezada por el duque de Alba y la Casa de Toledo e integrada por personajes tan relevantes como el cardenal Espinosa, Juan de Zúñiga y Gabriel de Zayas, que defendían que Castilla debía ser el eje central de la monarquía, imponiendo sus leyes y autoridad sobre los demás territorios.
Ambas parcialidades convivían en la corte en una rivalidad estructurada que el mismo Felipe fomentaba deliberadamente para fortalecer su propia autoridad.
Por más que también hubiera desencuentros declarados, como el de Alba con Ruy Gómez, tras cuyo óbito el primero no ocultó su regocijo por la «desaparición del privado portugués y “su ponzoña”».
Pero eran desafecciones moderadas, que nunca violentaban el protocolo de la corte.
Ahora, en cambio, lo que convivía era la aversión y el odio; ya no se trataba de diferentes posturas políticas, de diversas maneras de conducir la monarquía, sino de inquinas personales que, de haberse podido, en muchos casos se hubieran resuelto mediante duelos al alba en la plaza del Arrabal.
Antonio Pérez odiaba a Mateo Vázquez y Mateo Vázquez odiaba a Antonio Pérez.
Los partidarios de unos y otros se odiaban entre sí.
El duque de Alba no podía soportar a Pérez, a quien consideraba un burócrata trepador que envenenaba el oído del rey contra los ejércitos; y Pérez envidiaba a Alba, aborrecía su prestigio militar y la altanería del duque y había trabajado activamente para desprestigiar sus campañas en Flandes y limitar su influencia en la corte.
Pérez y Zayas, antes amigos y aliados, cada vez eran más distantes y más adversarios.
Fray Diego de Chaves detestaba al conde de Barajas y pedía su destitución.
Pérez había susurrado al oído del rey maldades acerca de Juan de Austria y de su secretario Escobedo, que había acabado asesinado en pleno centro de Madrid.
La princesa de Éboli denigraba cada vez que tenía ocasión a Mateo Vázquez, a quien nombraba como «perro moro» —había nacido en Argel, según se decía—, y consideraba un insulto que un hombre de baja alcurnia interfiriera en los asuntos de la alta nobleza, mientras que Vázquez, y otros con él, se referían a la princesa como «la hembra» o la Jezabel española (la otra era la reina inglesa Isabel Tudor).
Media corte murmuraba acerca de las relaciones ilícitas entre la de Éboli y Pérez.
La corte española se había convertido en un nido de serpientes en el que las relaciones no eran de debate político, sino de conspiración.