Conjura contra el rey Felipe 14. UNA AUDIENCIA CON EL PAPA #2
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14. UNA AUDIENCIA CON EL PAPA #2

Como buen embajador que era, y harto experto en tratar con reyes, príncipes, cardenales y papas, Juan de Zúñiga y Requesens era un hombre culto, elocuente, astuto, discreto, con gran habilidad para tejer alianzas y manejar intrigas cortesanas.

Poseía un profundo conocimiento de las cortes europeas y de la Santa Sede, y guardaba una lealtad inquebrantable a su soberano, equilibrando la prudencia, la persuasión y la firmeza para proteger los intereses de España en un entorno de guerra y diplomacia cambiante.

Y, sobre todo, tenía una habilidad innata para no dejar traslucir sus emociones.

Ahora, por el contrario, se quedó boquiabierto al oír las palabras del papa Gregorio; su piel adquirió un tono lívido, sus labios tremolaron como si los dientes le rechinaran y tuvo que tragar con fuerza para no balbucear al pronunciar sus siguientes palabras.

Sabía que la red vaticana de espías era formidable, y que el papa estaba al tanto de lo que ocurría en los países de la cristiandad de forma certera e inmediata.

Recordó que, nada más hacerse cargo de la legación española ante el Vaticano, pudo constatar, cuando le tocaba negociar con el papa Pío, que este se encontraba bien informado sobre los asuntos a tratar y que incluso sabía sobre los negocios y resoluciones del rey de España mucho antes de que él como embajador los conociese por carta.

Intuyó en aquellos días que el secretario Antonio Pérez informaba al nuncio de las intenciones del rey, aunque su sospecha nunca llegó a mayores. Pero ¿esto?

—No sé de qué me habla su beatitud —consiguió decir, perplejo—. Jamás he oído rumor como el que su santidad dice existe en España. Jamás he tenido conocimiento de acusación tan infundada.

—Puedo asegurar a su excelencia —insistió el sumo pontífice— que la existencia del rumor de que le hablo es cierta, y de que corre por España. Tanto, que nos ha llegado a Nos.

—¿Puedo saber cómo ha llegado a oídos de su santidad ese... ese bulo, ese infundio?

Gregorio tomó un pliego doblado que reposaba en una mesita que había a la derecha de su sitial y se lo tendió a Zúñiga.

—Leed.

El embajador tomó el pliego de manos del papa y, sin dejar de mirar al pontífice, lo desdobló cuidadosamente. Luego, bajó los ojos al papel y leyó.

Santidad,

No escribo movido por resentimiento ni por deseo de escándalo, sino por la convicción de que hay hechos que, cuando se silencian demasiado tiempo, acaban por deformar la conciencia de quienes los rodean.

Hace años murió en reclusión el príncipe don Carlos, hijo y heredero del rey de España. Oficialmente, su final fue atribuido a enfermedad y desequilibrio. Pero muchos supieron entonces que aquella versión no explicaba todo. Mas callaron.

Hubo órdenes que no se registraron. Hubo vigilancias que no respondían a protocolos comunes. Hubo privaciones que no fueron accidentales.

Nada de ello fue casual.

El padre fue informado de cada paso.

El padre consintió cada medida.

El padre permitió que el tiempo hiciera lo que una sentencia no podía declarar.

El padre fue responsable de su muerte, pues la ordenó.

Es Saturno, el Devorador, el que engullía a sus propios hijos para que no le robaran el reino.

Desde entonces, ese silencio se ha convertido en norma, y quienes lo conocen han aprendido que recordarlo es peligroso.

No pretendo juzgar. No me corresponde. Pero sí recordar que la Iglesia no fue instituida para aceptar sin examen las razones del poder, por piadosas que se presenten.

Cuando un reino se edifica sobre una muerte no confesada, su estabilidad es precaria. ¿Y cómo se va a sostener la fe sobre un trono tan frágil?

Y cuando la Iglesia acepta ese fundamento sin preguntar, participa sin quererlo en su fragilidad.

Aún es posible mirar atrás sin el silencio cómplice. Aún es posible juzgar. Aún es posible distinguir entre obediencia y temor.

El rey Felipe mató a su hijo Carlos. Ordenó su muerte.

El tiempo no absuelve. Solo espera la justicia.

Conmocionado, Juan de Zúñiga y Requesens tardó tiempo en levantar los ojos del papel. Era como si el tiempo se hubiese detenido. Cuando lo hizo e intentó hablar, la voz no le salía. Tuvo que carraspear para recuperarla.

—¿Quién...? ¿Cómo ha llegado esta... esta... esto... a vuestras manos, santidad?

—Los caminos del Señor son inescrutables, hijo.

—Perdone su beatitud, pero no es momento de vericuetos, por muy bíblicos que sean.

Sonrió el papa, pese al descaro del legado.

—Llegó a la Santa Sede con el correo diario, de forma anónima.

—No creerá su santidad lo que aquí se dice, ¿verdad? Es... es una patraña, una calumnia. Es de locos pensar que mi señor pudiera ordenar la muerte de su hijo.

—¿Qué sabéis vos de esa acusación?

—Le reitero a su santidad que nada sé de esa falsedad —aseveró el embajador, que poco a poco se recuperaba del pasmo—.

Solo puedo deciros eso, que es una calumnia, una acusación falaz.

Es una pura infamia. Nada tuvo que ver mi rey con la muerte de su hijo el príncipe.

Su muerte solo le provocó dolor, no remordimientos, y los habría habido de ser cierta tan abyecta acusación.

No debiera su santidad hacer caso de infundios y chismes.

De cualquier forma, ya, en su día, se dieron oportunas explicaciones al antecesor de su beatitud, el recordado y llorado papa Pío V.

Cuando ocurrió el infortunio de la muerte del príncipe y su previo arresto, el papa exigió saber la realidad de lo ocurrido, y el rey Felipe dio cumplida información que satisfizo a su santidad.

No entiendo que la cuestión se suscite ahora, diez años después.

— De peccatis occultis iudicat Ecclesia —declaró el papa Gregorio, solemnemente—. «La Iglesia juzga los pecados ocultos».

—No hubo pecado, santidad, mi mano diestra pondría en el fuego por el rey mi señor —defendió Zúñiga—.

Y si lo hubiera, lo que tajantemente niego, la muerte del príncipe Carlos ocurrió dentro del ámbito doméstico y político del rey.

No hubo proceso eclesiástico, ni herejía, ni delito contra la fe.

Por tanto, no hay causa para la intervención pontificia.

Combatir el bulo, la mentira, la falsedad, será competencia del rey mi señor.

Y puedo aseguraros que así lo hará, y con todas sus fuerzas.

—El príncipe Carlos, excelencia —argumentó Gregorio, muy serio—, era cristiano bautizado, heredero de un trono y miembro de la Casa de Austria.

La muerte de un príncipe no es solo un asunto familiar, sino que afecta al orden cristiano y puede generar escándalo universal.

Nos, el papa, hemos de intervenir para evitar que el rumor destruya la legitimidad del poder cristiano.

La razón de Estado no puede quedar fuera del juicio moral de la Iglesia.

—Inspiró a continuación con fuerza y se inclinó brevemente luego, como queriendo demostrar cercanía ante el embajador, o para dar más énfasis a sus palabras—.

Excelencia, tenga vuestra señoría en cuenta que, si el rumor prospera sin examen, los protestantes, calvinistas y luteranos lo explotarán, los príncipes católicos desconfiarán y la autoridad moral de España se resquebrajará.

Nos no pretendemos intervenir para condenar al rey, sino para que el mundo no lo condene.

—Su majestad —repuso Zúñiga, igualmente serio, y también inclinándose levemente hacia delante, en lo que tal vez pudiera parecer un signo de desafío— nunca ha rehuido el juicio de la Iglesia, porque sabe que su autoridad procede de Dios.

Pero, como su santidad ha dicho, mi señor es el rey del mayor imperio que jamás vieron los siglos y lleva años defendiendo a la cristiandad.

España no desafía a Roma, pero tampoco se deja juzgar como un reino menor.

—E hizo una breve pausa, como para recalcar sus palabras—.

Mi señor reconoce al papa como vicario de Cristo, pero no como juez temporal de su corona.

—Y ya Nos le hemos dicho a vuestra excelencia que la Iglesia no puede mantenerse al margen ante un negocio de esta envergadura.

Age ut omnia bene eveniant . «Actuar para que todo acabe bien».

Esa es la voluntad de la Iglesia. Nos solo queremos saber, y que el rumor fenezca. Saber. ¿Nos entendéis, embajador?

—Lo que entiendo, santidad, es que conviene que quienes sostienen la fe con la espada no se vean debilitados por dudas sembradas desde la más alta cátedra de la cristiandad.

—Os insistimos, excelencia: Nos no pretendemos sembrar dudas, sino saber.

Saber que no hubo intención homicida en la muerte del príncipe.

Saber que hubo auxilio médico y espiritual.

Saber que la muerte fue natural. Saber que el rey, al decretar la prisión de su hijo, actuó por necesidad grave.

Y saber, sobre todo, excelencia, si su majestad se somete al juicio de la Iglesia.

—Escribiré hoy mismo carta urgente y cifrada a su majestad —dijo el embajador—. Espero tener su respuesta a la mayor brevedad, santidad.

—Tal vez no convenga que lo que aquí hemos hablado —sugirió el pontífice— quede por escrito.

Sabido es que la cifra se diluye hoy en día, en manos de los hábiles criptógrafos de cada corte, como el humo en el aire.

Tal vez fuera conveniente que su excelencia viaje a Madrid y lleve mis palabras, de modo personal, al buen rey Felipe. Con mis bendiciones.

—Tal vez llevéis razón —reconoció Zúñiga—. Así lo haré.

—Quedad con Dios —se despidió el papa, bendiciendo, con un gesto breve, al embajador español.

—Y vos con Él, santidad.

Juan de Zúñiga y Requesens se puso en pie, besó de nuevo, y con igual levedad, el anulus piscatoris y se retiró como el protocolo ordenaba, sin dar en ningún momento la espalda al papa de Roma.

Y cuando ya alcanzaba la puerta de la cámara privada, se oyó la voz de Gregorio XIII por vez última en esa audiencia:

—Sabed, excelencia, que no juzgo al rey como príncipe, sino como cristiano, y que lo hago para que pueda seguir siendo rey.