Conjura contra el rey Felipe 14. UNA AUDIENCIA CON EL PAPA
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14. UNA AUDIENCIA CON EL PAPA

U NA AUDIENCIA CON EL PAPA

El embajador español ante el papa de Roma, Juan de Zúñiga y Requesens, abandonó la antesala, dejó atrás a los guardias suizos que escoltaban el portalón y, conducido por un secretario pontificio, entró en el gabinete contiguo al estudio del vicecristo, una estancia pequeña, con anaqueles atestados de libros sacros, mapas enmarcados, algunos tapices y un crucifijo austero que presidía la pared ante la cual se encontraba el sitial del pontífice, enfrentado a otro sillón de menor altura.

Era aquella la sala donde el sucesor de Pedro celebraba las audiencias que no convenía fueran conocidas por casi nadie.

El lugar donde tenían lugar los encuentros que correspondía se celebrasen en secreto y no tuvieran plasmación en escritos ni memorias.

Sentado en su sitial, Gregorio XIII, nombrado en el siglo Ugo Buoncompagni, observó con gesto grave la llegada del diplomático español.

Cercano a la ochentena, era el sumo pontífice romano un hombre de ojos inquisitivos, muy pequeños y juntos, nariz prominente, algo aguileña, frente despejada y barbas luengas y castañas, apenas encanecidas a pesar de su provecta edad, que le llegaban más abajo de la nuez de Adán.

Su piel había adquirido el color cetrino de quien pasa muchas horas en estancias cerradas, entre libros, misas y bulas.

El embajador español se acercó al papa con pasos despaciosos, como el ceremonial marcaba, ceremonial que Zúñiga dominaba a la perfección, no en vano llevaba ya diez años como plenipotenciario del rey Felipe ante la Santa Sede.

Llegado a la altura del sitial de Gregorio, se inclinó profundamente y besó luego, apenas rozándolo con los labios, el anillo del papa, el anulus piscatoris .

Dio luego un paso atrás y permaneció en pie ante su santidad, cuan alto era.

Caballero de buena planta, de poco más de cuarenta años, era Juan de Zúñiga un varón delgado y fibroso, con el rostro alargado, de firmes mandíbulas, marcado por pómulos altos y una nariz recta, ligeramente afilada, que le daba un aire marcial.

Quedó en silencio aguardando a que fuera el sumo pontífice quien empezara una audiencia que no se celebraba por su solicitud, sino porque a ella el propio Gregorio lo había convocado.

—Espero y deseo —inició el papa el encuentro; su voz no era de gran orador, pero era profunda y trasminaba afecto y sinceridad; se expresaba en un latín pulcro, idioma que, lógicamente, también dominaba el diplomático español a la perfección— que el más dilecto de mis hijos, el rey Felipe de España, se halle en perfecto estado de salud.

—Así también lo deseo yo, como deseo que Dios guarde a vuestra beatitud por mucho tiempo —replicó Zúñiga—.

Y, por lo que sé, santidad, así es. Las últimas noticias que me llegan desde Madrid hablan de que, dejando aparte sus problemas con la gota, mi rey disfruta de suficiente salud para atender como debe sus negocios.

—Me alegro, excelencia. Porque de la buena salud del rey católico, y de la buena salud del Imperio español, dependen muchas cosas, entre las cuales no es la menos importante la fortaleza de la cristiandad.

—Mi señor, el rey Felipe, sabe que cuanto hace lo hace en nombre de Dios y para el buen desempeño de la fe católica, santidad.

—Podéis sentaros —dijo entonces el papa.

—Gracias, santidad.

Tomó acomodo el embajador español en el sitial pequeño enfrentado al del sumo pontífice y aguardó a que este abordara el real motivo de la audiencia.

Durante las escasas horas que habían mediado entre la convocatoria y la celebración de la recepción, Zúñiga había estado elucubrando acerca de cuál pudiera ser la razón de ese desacostumbrado, por extremadamente urgente y confidencial, llamamiento.

Había barajado todas las posibilidades —la situación religiosa en los Países Bajos, con la cada día mayor proliferación de la herejía calvinista; los nombramientos eclesiásticos en el reino y en Italia, en los cuales el rey Felipe cada vez acostumbraba a intervenir con mayor decisión...

, y un sinfín de cuestiones más—, pero concluyó a la postre que ninguno de esos negocios justificaba la urgencia y extremadas reserva y confidencialidad de esa audiencia.

Reserva y confidencialidad sobre las cuales le había advertido enfáticamente Tolomeo Gallio, cardenal secretario de Estado de la Santa Sede, cuando le remitió la convocatoria: «Su santidad el papa desea que vuestra señoría se sirva comparecer en el Palacio Apostólico mañana, a la hora de tercia, para una audiencia reservada y urgente, con el objeto de tratar un asunto que afecta a conciencia y política mayor.

Se ruega a su excelencia que acuda solo y que no haya rastro escrito ni de este llamado ni de lo que allí se hable».

¿De qué podía tratarse?, se preguntó Zúñiga una vez más. Tardaría muy poco en saberlo, pues en ese mismo instante el papa Gregorio se pasaba la lengua por el labio inferior, presto a hablar.

—Como bien sabe su excelencia, el rey Felipe no es un rey cualquiera.

Es el principal de los reyes del mundo, pues no hay imperio como el suyo.

Por más que la actual tregua con el sultán de la Sublime Puerta no sea de nuestro total agrado, vuestro rey es el eje sobre el que gira la cristiandad armada, en su lucha permanente contra el Turco y la herejía.

—Bien que lo sé, santidad. La sangre y los recursos de Castilla se han derramado y se vienen derramando generosamente desde hace decenios por todo el orbe en defensa de la auténtica fe, porque así lo quiere mi señor, que sabe que de nada vale el reino sin la fe.

Ya conoce su beatitud cuál es uno de los lemas de mi rey: Suma ratio pro religione .

«La principal razón es la que favorece a la religión».

Su majestad el rey de España siempre antepone la protección de la fe a cualquiera de sus otras metas.

—Y así debe ser. Nada hay más importante que Dios y la defensa de la fe católica, la única verdadera, la que Nuestro Señor nos enseñó.

Y todo esfuerzo es poco ante la actual propagación de la herejía.

Sepa su excelencia que, por supuesto, Nos valoramos como debemos los grandes denuedos del rey católico.

—Así se lo haré saber a mi señor, santidad. Y de su parte os digo que él conoce que su beatitud es el último refugio en que la cristiandad espera hallar remedio para los grandes males y divisiones que hay en la religión.

—Y Nos se lo agradecemos de corazón —dijo el papa, que guardó un breve silencio a continuación.

Juan de Zúñiga supo que el pontífice se aprestaba entonces a abordar el verdadero motivo de esa audiencia.

Ya habían acabado los prolegómenos y las buenas palabras—.

Nuestras relaciones con el rey católico, por el afecto que le profesamos, siempre han sido fraternales, como entre padre e hijo, a pesar de las diferencias, que las ha habido.

No voy a ocultar a su excelencia, por ejemplo, el más reciente de nuestros desencuentros: el sufrido con motivo del proceso al arzobispo don Bartolomé Carranza y de la sentencia en él dictada.

Sentencia de cinco años de suspensión de su dignidad que al buen rey Felipe le pareció escasa, por lo que Nos elevó protesta afirmando que la justicia debía ser más rigurosa según las calidades del proceso.

—La inmediata muerte del arzobispo —intervino Zúñiga, extrañado de que el papa comenzara por referirse a ese proceso, estando ya el acusado, el obispo Carranza, fallecido, por más que aún colearan algunas de sus secuelas, ninguna de las cuales, sin embargo, justificaba esa llamada confidencial—, que, si no recuerdo mal, acaeció solo dos semanas después de la sentencia de su beatitud, puso fin a aquellas diferencias, que, por lo que respecta a su majestad el rey, le puedo asegurar que ya están olvidadas, santidad.

—No obstante, ¿sabéis qué, don Juan? —peguntó retóricamente el papa Gregorio—.

Que acaso llevara razón su majestad, y que en esta vida que Dios nos ha dado, tan efímera, tan dolorosa a veces, hay que ser rigurosos y exigir la completa integridad en todos los actos que llevemos a cabo en este valle de lágrimas.

Sí, hay que exigir integridad, rectitud, conciencia y moralidad. A todos y, principalmente, a uno mismo.

Juan de Zúñiga guardó silencio, algo desconcertado por el viraje del discurso del pontífice.

—Sabias palabras de su beatitud —dijo al fin—, por más que no sepa adónde conducen.

—El rey Felipe, como antes le he dicho a su excelencia, es, junto con el papado, el eje sobre el que gira la cristiandad armada, el defensor de la fe, como con la Liga Santa se puso de manifiesto, derrotando al sultán Selim.

—Todos nosotros recordamos aquella gran victoria en Lepanto, santidad, de la que mañana se cumplen precisamente siete años.

—Así pues, don Juan, su majestad es, como os he dicho, el defensor de la fe, el protector del catolicismo frente a la herejía, un príncipe cristiano —aseveró Gregorio XIII.

Y abrió los brazos, ambas palmas hacia fuera, a renglón seguido—.

Y cuanto más alto es el príncipe, mayor es la obligación de examinar su alma y mayor es la obligación de que su credibilidad y moralidad sean absolutas, porque cualquier mancha salpica a la fe, salpica a la cristiandad. Y eso Nos no lo podemos consentir.

Y guardó silencio a continuación, dejando tendidas en el aire esas palabras misteriosas.

—¿Qué me quiere decir su santidad? —inquirió Zúñiga, a quien la mudanza de la plática comenzaba a intranquilizar.

—Nos han llegado noticias de que corre el rumor, en España y no sé si en otros lugares de la cristiandad, de que el rey Felipe dio muerte u ordenó la muerte de su hijo el príncipe Carlos.