13. MATEO VÁZQUEZ ANTE EL REY FELIPE
M ATEO V ÁZQUEZ ANTE EL REY F ELIPE
—¿Os encontráis bien, majestad?
El secretario Vázquez observó el rostro del rey después de leer la carta del corregidor y el cedulón que la acompañaba: demudado, pálido, descompuesto, tremoso.
Aunque reconocía que el negocio era grave —acusar al rey de lo que fuese siempre lo era, y más si la acusación estaba cosida al jubón de un cadáver acuchillado—, conocía bien el carácter del rey, su temperamento razonable, su genio juicioso, y se extrañó sobremanera de que aquella esquela pudiese causar tan grandes mudanza e inquietación en su majestad, siempre comedido y mensurado.
Sabía, desde que tuvo en sus manos la carta del corregidor, que el negocio era arduo, pero no supuso que podía serlo tanto.
—Sí —respondió el rey, aunque se advertía la agitación en su voz—. ¿Estáis seguro de que ese Francisco Velasco es el mismo que atendió a su alteza el príncipe mi hijo en su última... en su última enfermedad?
—Sí, majestad. No cabe ninguna duda. Es el mismo galeno.
—¿Qué se sabe de su muerte? ¿Qué se sabe del crimen?
—Poco, señor, hasta donde alcanzo. No se ha hallado al autor y, según se desprende de la esquela del licenciado Espinosa, no hay pistas para averiguar su identidad.
—¿Se sospecha cuál haya podido ser el móvil?
—Nada hay que lo indicie, majestad. Según las noticias que he podido recabar del corregimiento en estos días, el médico, el tal Velasco, era un hombre que se dedicaba a atender a sus enfermos y que no acostumbraba a meterse en jaranas.
Estaba casado con una tal Encarnación Domínguez, a la que tampoco se le conocen pendencias, y tenía dos hijos, varones ambos, médico como su padre el primero, que ejerce su oficio en un pueblo de Salamanca llamado Aldeadávila de la Ribera, y soldado el segundo, destinado al día de hoy en una guarnición de Sicilia.
Ninguno de ellos estaba en Madrid en la fecha del crimen, señor.
—Deseo que designéis a un alcalde de Casa y Corte para que supervise todo lo relacionado con esa muerte, Mateo, y que se me tenga al tanto de cualquier avance o incidencia que se produzca.
—Así se hará, majestad. ¿Hay algo más que yo deba saber, señor? Os veo, y permitidme la osadía, intranquilo.
—¿No es para estarlo —respondió el rey—, cuando se me acusa de complicidad en un delito?
—Sabéis a qué me refiero, majestad.
Felipe quedó cogitabundo, mirando un punto indefinido por encima de la cabeza de su secretario.
Así permaneció durante dos largos minutos, o más, tantos que el ministro temió que a su señor pudiese sobrevenirle un vahído.
Al poco rato, el rey pareció salir de su arrobo y adoptar una determinación que le había costado alcanzar, se agachó mínimamente para abrir un cajón de su escritorio y extrajo un sobre que tendió a Mateo Vázquez.
—Leed —ordenó.
Vázquez de Leca asió el sobre que le entregaba su señor, miró a este desde el banco en el que solía tomar acomodo para los despachos con él, abrió el envoltorio, desdoblándolo y, con parsimonia y cierta aprensión, leyó el papel que contenía.
A medida que iba leyendo, sus ojos se iban agrandando, y de cuando en vez levantaba la mirada del papel para fijarla en los ojos del rey, que tenía la suya perdida en parajes indefinibles.
Cuando acabó la lectura, dejó la carta anónima sobre la mesa, carraspeó para aclararse la voz, pero, por una vez —era el secretario hombre versado en palabras—, se quedó sin saber qué decir.
Su rostro, al igual que el del rey antes, había perdido todo color.
—Es el mismo símbolo, majestad... —fue lo único que alcanzó a decir.
—Así es.
—¿Cómo ha llegado esa... esa carta a vuestra majestad?
—Me la trajo el inquisidor general don Gaspar de Quiroga hace unos días. Como veréis, se me acusa de haber dado muerte a mi propio hijo —explicó, sin poder evitar una mueca de dolor en su cara habitualmente imperturbable—. Al príncipe Carlos, que en gloria esté.
—Es un desatino, majestad —dijo Vázquez, recobrada a medias la compostura—. Hay que encontrar al autor de este... de este libelo y llevarlo ante los justicias. La condena a la horca sería incluso benevolente.
—En esa carta se habla de nuevas muertes. Y ahora, aquí estáis vos, anunciándome un crimen y me mostráis el signo que obra en la carta cosido en otra esquela al cadáver. No es una casualidad, Mateo. Se está haciendo realidad el augurio.
—Razón de más para que el brazo de la ley actúe de forma urgente y con contundencia, majestad.
—Ese mismo símbolo ha aparecido en la torre vieja...
—reveló el rey—, grabado con una lezna o a uñaradas en los estantes de la cámara donde murió el príncipe.
A él se refiere la carta anónima. Y ahora, en ese papel, vuelve a aparecer, al mismo tiempo que se me acusa de complicidad en la muerte de mi hijo.
—De ahí vuestro interés por esa torre...
—De ahí mi interés por saber quién ha podido entrar en ella en el último año. Las marcas son recientes. Y, por lo que se me ha informado, nadie lo ha hecho, nadie ha entrado en la torre recientemente, o eso se me quiere hacer ver.
—¿Qué significa este... símbolo, majestad?
—Es el símbolo del dios Saturno, o Cronos en la mitología griega...
—El dios que mataba a sus propios hijos —susurró, entelerido, el secretario real.
—Así es. Es una acusación tan explícita como infame.
—¿Quién ha podido, majestad, atreverse?
—Decídmelo vos. ¿Sospecháis de alguien en concreto, ahora que conocéis la carta?
—¿Quién más la conoce, majestad?
—Nadie, salvo don Juan de Herrera, que ha sido quien ha descifrado el significado del símbolo. Pero respondedme. ¿Sospecháis de alguien?
Permaneció durante unos instantes en silencio Mateo Vázquez, sopesando la pregunta del rey.
—De nadie en concreto, señor, y de todos —respondió.
—¿También de vos?
Miró el secretario a su señor, conturbado.
—Yo sería incapaz de traicionar a mi rey, majestad. Ni de arrojar contra él cargo tan abyecto.
—¿Qué me decís de mi hermano, de don Juan de Austria? —inquirió Felipe; la noticia de la muerte de su hermanastro aún no había llegado a Madrid.
Volvió a tomarse unos segundos de reflexión Mateo Vázquez.
—Don Juan, como bien sabéis porque vuestra majestad fue convenientemente informado, aspira a desposar a María Estuardo y convertirse en rey de Inglaterra, una vez nuestros barcos alcanzaran la isla, si es que tal cosa llegara a producirse.
Pero no creo que la ambición de don Juan sea tan desmedida como para aspirar a lo que vuestra majestad tiene por derecho divino.
—¿Y entonces? ¿Antonio Pérez? ¿Zayas? ¿Alba? ¿Otro grande de España? ¿La princesa de Éboli?... ¿Quién, por Dios?
—Cualquiera podría estar detrás de la invectiva, majestad. De Antonio Pérez y de la princesa..., pues ya sabéis lo que pienso de ellos. Aunque... ¿Y por qué no un príncipe extranjero? Guillermo de Orange, la propia Isabel de Inglaterra... Son tantos los enemigos del reino, señor...
Un ángel de silencio sobrevoló la cámara real.
—¿Qué he de hacer, Mateo? —inquirió Felipe al cabo.
—Poner todos los poderes del reino al servicio de este negocio, majestad.
Espías, diplomáticos, alcaldes del crimen, justicias mayores y menores, criptógrafos...
Hay que investigar con lupa a todos los que estuvieron cerca del príncipe en sus últimos días: sirvientes, los soldados que montaron guardia, los nobles que lo atendieron...
Quien haya orquestado la calumnia conoce lo que pasó y quién estuvo sirviendo a su difunta alteza, como lo demuestra el que hayan asesinado a su médico.
Hay que averiguar quién está detrás de la infamia, señor.
—¿Y que la calumnia se propale y llegue a oídos de todos? Es lo último que deseo.
—Pero vuestra majestad no puede permanecer como si nada ocurriese. Ya ha habido una muerte, la de ese infortunado médico. ¿Quién será el próximo, señor?
—Miro a cada ministro, a cada criado, y pienso: ¿es él quien está detrás del infundio?
¿Es este quien escribió ese símbolo de Saturno?
¿O será aquel? ¿O el de más allá? Vivo en la continua sospecha y mal puedo atender así a mis negocios.
Se me hace cuesta arriba cada audiencia, cada visita.
E incluso estoy pensando en suspender la conmemoración del próximo día 7, la de la batalla de Lepanto. ¿Qué pensáis vos?
—Que no debéis hacerlo, majestad. ¿Qué especularían los embajadores?
¿Qué dirían los grandes, muchos de los cuales ya han viajado hasta Madrid desde sus encomiendas?
Sería como reconocer que la amenaza comienza a surtir efecto.
Y quizá esa recepción sea buen momento para estar pendiente de unos y otros.
—Está bien —dijo el rey, recogiendo la carta del escritorio y volviéndola a guardar bajo llave, dando por finalizada la audiencia—. Lo pensaré. —Y cuando su secretario se levantaba—: Mateo, una cosa más.
—¿Sí, majestad?
Y el rey miró muy fijamente a Vázquez.
—También estaré pendiente de vos.