Conjura contra el rey Felipe 12. EL CEDULÓN DEL GALENO VELASCO
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12. EL CEDULÓN DEL GALENO VELASCO

E L CEDULÓN DEL GALENO V ELASCO

La Casa del Corregidor, ubicada en pleno corazón de Madrid, en la plaza de San Salvador, entre la calle Mayor y la del Codo, era un edificio austero, más funcional que distinguido, acorde con su papel de sede del corregimiento en la villa y corte.

Su fachada era de piedra berroqueña, apenas ornamentada.

El interior se organizaba en torno a un patio pequeño, empedrado, con un pozo central.

Desde allí partía una escalera de peldaños gastados que conducía a los aposentos superiores, donde el corregidor tenía su vivienda.

En la planta baja se hallaban las estancias donde los oficiales del concejo trabajaban, frías incluso en verano, con mesas de roble oscuro y paredes desnudas que olían a cera y a pergamino.

El licenciado Martín de Espinosa, corregidor de Madrid, formado en leyes en Salamanca y con previa experiencia en corregimientos menores, era un sujeto entrado en carnes, piel grasosa picada con el rastro de antiguas viruelillas y un permanente mal humor.

Sentado a la mesa de su oficina, contempló por vez enésima aquel extraño cedulón cosido a la ropa del cadáver hallado en la calle del Factor.

Papelote que venía a turbar la bonanza de sus días, presididos por un despertar tardío, sus buenos gritos a la servidumbre, los pellizcos en el culo a la sirvienta Guadalupe, que había sido agraciada con el favor de Venus, breves despachos con alguaciles y oficiales y vaciar unas cuantas jarras de vino en la taberna La Zarza, más discreta para tales menesteres que la de El León, frecuentada por carniceros, mozos y criados, o la de Las Cuatro Calles, punto de encuentro de gente de la farándula y del mal vivir.

Asió el cedulón y volvió a examinarlo, del derecho y del revés, y al trasluz, como si pudiera haber un mensaje oculto en su entramado. Pero no, allí no había más que ese enigmático símbolo y esas palabras que nada bueno aventuraban, si acaso una aborrecible mudanza en su vida plácida.

Que lo sepa el rey Que aquí yace su cómplice ♄

El cadáver había sido identificado por uno de los ministriles como el de Francisco Velasco, médico de profesión y residente en la calle Mayor, por lo que no había sido necesario exponer el cuerpo durante veinticuatro horas a las puertas de la cárcel real como las pragmáticas ordenaban en caso de que se tratase de cadáveres sin identificar.

Luego, había sido examinado por un cirujano, quien hubo de establecer, bajo juramento, las causas de la muerte, con expresión clara y categórica de si fue esta causada por mano criminal o si pudo proceder la desgracia de otro principio, que debía en tal caso precisar.

El cirujano lo tuvo claro desde el inicio, tras un primer y breve reconocimiento: el tal Velasco había muerto apuñalado, y por una mano avezada en las cosas del matar, pues se había tratado de una sola cuchillada justo en el corazón.

En la inspección del cadáver nada de interés se halló, aparte de ese papel que el corregidor Espinosa tenía ahora entre sus manos y que observaba con prevención inaudita.

Del interrogatorio a la viuda se obtuvo el dato de que el infeliz galeno había sido requerido en plena noche por un mozuelo no identificado, que había asegurado que iba de parte de su amo, a quien atribuía enfermedad grave, un cerero llamado Criado, del que se pudo averiguar que vivía en la misma calle del Factor.

Interrogado el cerero en cuestión por la ronda, manifestó hallarse en perfecto estado de salud, no conocer al zagal que había aparecido por el domicilio del físico asesinado y no haber solicitado jamás los servicios de este, a quien manifestó no conocer de nada.

Así las cosas, el licenciado Martín de Espinosa se dijo para su caletre que aquella sumaria tenía pinta de acabar como tantas otras, en un archivo polvoriento, y que el crimen del médico tenía asimismo todas las trazas de ser uno más de los muchos que quedaban cada año sin resolver en la capital del reino.

En una ciudad como Madrid, en continuo crecimiento desde que el rey Felipe la eligiera para ser sede de su corte —iba ya por casi cincuenta mil habitantes—, y por cuyas calles desfilaban cada día soldados licenciados de los tercios, criados que cambiaban constantemente de casa y de señor, forasteros, mendigos, busconas y borrachos, que las sumarias acabasen con fórmulas tales como la de «hallado muerto sin saberse quién fue el autor» estaban a la orden del día, y la del infeliz Velasco estaba destinada, mucho se lo temía, a ser una más de esas muchas muertes sin autor conocido.

Pero, y eso era lo que traía a mal traer al corregidor, ¿qué debía hacer con ese dichoso cedulón, con ese papelote que era un agüero de problemas y desventuras?

Podía, y esa había sido su primera disposición una vez estuvo cierto de que involucrar al rey en esa sumaria nada bueno iba a deparar para nadie, y menos para él, archivarlo con el resto de oficios y diligencias que componían el expediente y dejar que el tiempo lo cubriera de polvo hasta que desapareciera para siempre en las fauces del olvido.

Pero ¿qué pasaría si, por mano del demonio, al cabo de los meses o de los años el malhadado papelote salía a la luz, fuese por la curiosidad de un escribano metomentodo o fuese porque el crimen del médico Velasco se esclareciera?

Las palabras «negligencia», «desidia», «dejación temeraria de funciones» y otras de similar tenor resonaron como arcabuzazos en las mientes del corregidor, que se dijo que gracias podría dar a Dios si, en tal tesitura, acababa como alguacil de difuntos en Alcubilla de Nogales o como oficial menor del corregimiento de Villarrobledo.

Y eso si no era sometido a proceso y encarcelado en la prisión de Sevilla, de la que se decía que era lo más parecido al infierno que había en el reino.

La otra posibilidad era dar traslado al alcázar del papelote y desentenderse, aunque sabía que esto último sería una quimera.

Llevaba ya los suficientes años de corregidor como para saber que el hallazgo, cosido a un cadáver acuchillado, de un cedulón que involucraba al rey en el crimen iba a ser una fuente inagotable de problemas: requerimientos diarios, interrogatorios, los alcaldes del crimen hurgando en sus cosas día y noche, oficios del Consejo de Estado, la visita de pesquisidores con el encargo de revisar y supervisar trámites y diligencias, una continua obligación de rendir cuentas que pondría fin a la molicie y el bienestar a los que el licenciado Martín de Espinosa asociaba indefectiblemente el concepto de la buena vida.

Pero ¿qué otra cosa podía hacer?

Entre las dos opciones que tenía, la elección era clara: había que dar cuenta a palacio del hallazgo y que fuera lo que Dios quisiera, que ojalá que quisiera ser misericordioso y contemplativo y no cruel y taimado.

Después de mucho cavilar acerca de la manera de poner el susodicho hallazgo en conocimiento de palacio, se decidió por redactar un oficio que tal vez se perdiese entre el maremágnum de papeles que cada día llegaba al alcázar.

Tomó recado de escribir, cogió un pliego sin utilizar, se llevó los dedos de la mano diestra a los labios para ensalivarlos, meditó durante unos minutos sobre el tono y cariz de la misiva y comenzó a escribir:

Al muy alto y muy poderoso señor, su majestad el rey don Felipe II, o a quien su majestad mandare en el real alcázar de esta villa.

Muy poderoso señor,

Hago saber a vuestra majestad que, en la madrugada del día 26 de septiembre de este año, los alguaciles de la ronda ordinaria de noche hallaron el cuerpo sin vida, muerto de una cuchillada en el corazón, de Francisco Velasco y Ulloa, médico, tendido en la vía pública, en la calle del Factor de esta villa, sin señales manifiestas de robo ni violencia exterior, más que la expuesta cuchillada, que de presente puedan declararse.

Reconocido el dicho cuerpo conforme a derecho y en presencia de testigos, se le halló cosido a las ropas un papel suelto, sin firma ni fecha, cuyo tenor y circunstancias juzgué conveniente no circular sin dar antes noticia a vuestra majestad, por parecerme cosa que toca a materias de mayor consideración que las ordinarias.

El dicho papel se lo adjunto a vuestra majestad al presente oficio, por entender que debe quedar en poder de vuestra majestad, bajo su custodia segura, a disposición de lo que vuestra majestad o quien por su mandado determine, sin haberse hecho traslado ni copia alguna de él.

Se han comenzado las diligencias acostumbradas para averiguar las causas de la muerte del referido Velasco, recibiéndose información de vecinos y personas que pudieran haberle visto con vida, y se dará cuenta puntual de todo lo que resultare.

Nuestro Señor guarde la real persona de vuestra majestad con acrecentamiento de sus reinos.

De Madrid, a los veintisiete días del mes de septiembre de mil y quinientos y setenta y ocho años.

Martín de Espinosa Corregidor de la villa de Madrid

Lo leyó, se dijo que de mejor manera no sabía hacerlo, aplicó el secante al papel, salpicando sobre el texto escrito la arenilla de la salvadera, lo oreó para estar seguro de que la tinta se deshumedecía, introdujo la esquela en un sobre en el que consignó los datos del destinatario y llamó al alguacil de guardia.

—Llevad esto al alcázar —ordenó—. A la secretaría particular de su majestad.

—¿He de aguardar respuesta, señor?

—¡Ni se le ocurra a vuestra merced, córcholis! —espetó el corregidor—. ¡Entregad el sobre y volved aquí como alma que llevara el maligno, que quiera Dios que nada más volvamos a saber de ese dichoso sobre ni de lo que contiene, voto a bríos!

***

Madrid, alcázar, 1 de octubre de 1578

Mateo Vázquez de Leca, secretario particular de su majestad el católico rey Felipe, era quien de ordinario recibía y revisaba cuanta correspondencia llegaba al alcázar con destino a su señor.

Abría y leía cada uno de los billetes y memorandos que se remitían, salvo, por supuesto, aquellos que llevaban el distintivo «en mano del rey», que significaba que solo el soberano podía abrir y leer el mensaje o carta así estampillado.

Vázquez solía distribuir la diaria correspondencia en dos montones en su mesa: a un lado, los urgentes, los remitidos por los consejos del reino, por los grandes de España, por ministros o embajadores, y los enviados por los capitanes generales de los ejércitos o por miembros de la familia real.

Al otro, aquellos que llevaban el membrete de consejos menores, de nobles de segunda fila, de postulantes y los que, por su procedencia, presumía de escaso apremio.

El sobre enviado por Martín de Espinosa, corregidor de la villa de Madrid, fue depositado de inmediato en el segundo de los montones.

Nada de lo que viniese del corregimiento solía ser urgente ni relevante.

Por lo común consistía en partes de justicia criminal, avisos de orden público, cuestiones fiscales como fraudes, resistencia al pago de alcabalas u ocultación de rentas, informes sobre personas o solicitudes de instrucción.

Nada, por tanto, que requiriese atención inmediata del rey y de sus más cercanos colaboradores.

Y en escasísimas ocasiones, si es que hubo alguna, esos papeles que se recibían desde la Casa del Corregidor pasaban el filtro de los secretarios reales, por lo que casi nunca eran leídos por el monarca.

Mateo Vázquez no abrió el sobre del corregidor hasta la mañana del día 1 de octubre.

Con desgana y agobiado —aquel miércoles era un día de especial quehacer—, rasgó el sobre y extrajo la esquela, que leyó primero con indolencia y luego con creciente interés cercano a la alarma.

Cuando lo hubo leído, dejó el billete en la mesa, asió luego el cedulón adjunto y examinó, con insólita sorpresa, lo que allí había, esa frase críptica en la que se acusaba al mismísimo rey de complicidad en un crimen y un símbolo impenetrable.

Después, se repantigó en su asiento y se quedó pensativo.

¿Quién podía ser el autor del pasquín? El rey, ¿cómplice de qué?

Y ese nombre... ¿Francisco Velasco? ¿Médico...

? ¿De qué le sonaba ese nombre? ¿De qué, voto a tal?

Hizo memoria —la tenía mucha y buena, atributo indispensable de un secretario real— hasta que algo en su cabeza se encendió como un cirio pascual.

¿No había sido un tal Francisco Velasco médico personal del desventurado príncipe Carlos?

¿No había sido un tal Velasco el galeno que lo había atendido en la infausta noche del arresto y durante los meses posteriores, hasta su muerte?

En 1568, el año del óbito del príncipe, Mateo no ostentaba su actual cargo de secretario real, pero trabajaba entonces al servicio del cardenal Espinosa en la órbita directa del despacho real de Felipe II.

Y tenía cierta memoria de aquellos dramáticos días.

Y estaba casi seguro de que el médico del príncipe Carlos era un tal Francisco Velasco.

¿Qué había sido de él? ¿Era el mismo Francisco Velasco que había sido hallado muerto, acuchillado, en la calle del Factor unas noches atrás, según decía la misiva del licenciado Espinosa?

¿Y qué tenía ese suceso que ver con el reciente e inexplicado interés del rey por la torre vieja, donde su primogénito había sido encerrado y donde había muerto?

De pronto, aquella carta del corregidor de Madrid, de ser una misiva rutinaria y de escasa enjundia, pasó a convertirse en asunto del máximo interés.

Requirió la presencia del contador mayor de cuentas de servicio ese día en palacio, un tal Hernando de Vega, a quien demandó información sobre Francisco Velasco, médico del príncipe Carlos.

—¿Qué deseáis saber de ese individuo? —inquirió el contador.

—Todo. Quién era, su residencia, hasta qué fecha estuvo al servicio del príncipe o del rey y, en su caso, fecha y razón de su cese. Todo cuanto podáis hallar.

—Tardaré unos días, señor. Habré de buscar y consultar viejos libros en el archivo de palacio, y...

—Para mañana, como máximo. Necesito esa información para mañana como muy tarde. Y, mirad, este cometido no solo es de la máxima obligación, sino que os exijo discreción y reserva absolutas. Lo que halléis, solo a mí y a nadie más que a mí debéis transmitirlo.

Cuando Vega hubo abandonado la secretaría real, Mateo Vázquez volvió a examinar la carta recibida del corregidor y el cedulón que adjuntaba, y se preguntó si esa imputación de complicidad podía referirse precisamente a la muerte de Carlos.

Finalmente, se dijo que se avecinaban días, o tiempos, complicados.