11. LA AUDIENCIA DEL DUQUE DE ALBA
L A AUDIENCIA DEL DUQUE DE A LBA
Fue regresar a su cámara de trabajo del alcázar y sentir que toda la calma, la paz, la serenidad alcanzadas en El Pardo junto a su familia se difuminaban como el aliento al primer golpe de aire, o como la bruma con el sol de la mañana.
Por una vez, y lejos de su costumbre, había dedicado los días en el campo a disfrutar de sus hijos, a estar con la reina Ana, a la que visitó cada noche, a intentar remover de su mente los augurios ingratos de los acontecimientos de los últimos días, olvidándose, salvo en casos de extrema urgencia, de legajos y memorandos.
De modo que, cuando regresó a Madrid, en su mesa de trabajo se amontonaban los papeles como arena en la playa después de la tempestad: peticiones e informes de los muchos consejos del reino —de Hacienda, del Estado, de Indias, de Italia...
—, cartas dadas en mano —aquellas que solo el rey podía abrir y leer—, solicitudes de audiencia y mil cosas más.
Felipe, no obstante, antes de abordar la penosa tarea que le esperaba y que durante varios días haría que no pudiera cenar hasta casi la madrugada, requirió del alcaide del alcázar Francisco de Vargas el informe acerca de quién había entrado en el último año en la torre vieja donde el príncipe Carlos había estado recluido.
—El informe está en vuestra mesa, majestad —le informó Mateo Vázquez.
El rey leyó el sucinto documento del alcaide, en el que Vargas afirmaba que no tenía constancia, después de las gestiones realizadas ante los sargentos del alcázar y la servidumbre, de que ninguna persona hubiese entrado en la torre en las fechas indicadas por su majestad, y que las llaves del recinto solo las tenían, aparte del propio alcaide, el mayordomo mayor don Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba, y un guardia de confianza, un clavero llamado Matías Ocaña, que no tenía autoridad para abrir la cámara por sí mismo y que solo podía hacerlo en presencia o por mandato directo del alcaide o del mayordomo mayor.
Añadía Vargas que, interrogado el tal Matías Ocaña, había negado haber facilitado la llave a nadie, y que carecía de autoridad para solicitar mayores explicaciones de su excelencia el mayordomo mayor.
—Que vuelvan a interrogarlo —ordenó el rey, acabada la lectura—. Al guardia. Y que le den tormento si es menester.
—Así se hará, señor —aseveró el secretario, extrañado por el interés de su rey por un negocio cuyo alcance se le escapaba.
—¿Está Alba en palacio? —preguntó Felipe a Mateo Vázquez.
—Sí, majestad. Ha tenido que resolver asuntos domésticos. Una disputa menor entre oficiales.
—Decidle que he de hablar con él.
—¿Puedo saber, señor —inquirió el secretario, antes de dar cumplimiento a la orden del rey—, qué es lo que os inquieta? No recuerdo ninguna incidencia relacionada con la torre vieja...
—Llamad a Alba —insistió el rey, sin dar respuesta a la cuestión de su criado, que abandonó la cámara, sabedor de que su rey daba explicaciones solo cuando las consideraba necesarias y útiles y que este, por lo que se veía, no era el caso.
El duque entró poco después en el aposento del rey.
Felipe, contemplándolo mientras se aproximaba, se dijo que solo hacía unos pocos días que no veía a su mayordomo mayor —precisamente desde la visita de Gaspar de Quiroga, aquella infausta mañana en que le hizo entrega de la carta anónima—, y que, sin embargo, estaba más envejecido, más decrépito que como lo recordaba de aquel día.
Siempre se lo imaginaba, cuando pensaba en él, como cuando, durante la guerra de los Países Bajos, leía y había de responder sus cartas, en las que constantemente el duque discutía los planes de su señor: soberbio, arrogante, encastillado, miembro principal de una casa que era más antigua que la suya, vencedor en cien escaramuzas contra el príncipe de Orange y sus partidarios y, antes, triunfante durante la jornada de Túnez, cuando las tropas del emperador vencieron a Barbarroja, o en Mühlberg, cuando los tercios derrotaron a los príncipes protestantes alemanes.
Y ahora, ahí estaba, encanecido, añoso, provecto, caminando con pasos tremulantes a pesar de conservar un porte pretendidamente altanero que apenas escondía la maleza de la senectud.
Reconoció el rey, viendo a aquel grande de España frente a él, que había prestado inigualables servicios al reino.
Pero se dijo que también, desde que su padre el emperador lo nombrara su mayordomo mayor cuando aún era príncipe, su relación con él había sido siempre tensa y difícil.
Pese a la cercanía que el cargo proporcionaba, la diferencia de edad y de personalidad entrambos ocasionaba más roces y desencuentros que consensos.
Las continuas discrepancias entre Felipe y Alba se habían saldado siempre a favor del rey, tan tozudo y obstinado en sus actos como su antagonista.
El duque, tras cada discordia y a modo de desquite, solía retirarse de la corte ausentándose de ella durante largos periodos para manifestar su descontento, desaire que irritaba profundamente al monarca.
Tal vez, recapituló Felipe, observando el rebrillo de altanez que aún reverberaba en los ojos ajados de su visitante, su inicial certeza de que el duque no tenía nada que ver con la carta anónima recibida fuera, al fin y a la postre, una conclusión precipitada.
—Majestad —la voz de Alba estaba enronquecida, acaso de tantas órdenes impartidas a bramidos en el campo de batalla, o de tantas sentencias de muerte dictadas contra los vencidos en las lides flamencas—, me habéis mandado llamar.
—Duque, primo —correspondió Felipe, utilizando el término familiar con que solía dirigirse a los grandes de España—. Espero que vuestra señoría se halle bien de salud.
—Lo estoy, señor. Mis piernas y mis brazos ya no son lo que eran. Pero mi juicio sigue firme, majestad.
—Tomad asiento —dijo el rey, señalando un sitial frente a él.
Se planteó cómo comenzar esa conversación para la que no había habido preparación alguna (él, que nada dejaba a la improvisación), y decidió al cabo iniciar la plática con un tema que sabía no sería en absoluto del agrado de su contertulio.
Era un modo tan bueno como cualquier otro de ponerlo a la defensiva, que era lo que a la postre pretendía—.
¿Cómo se halla vuestro hijo don Fadrique?
Fadrique Álvarez de Toledo y Enríquez de Guzmán, marqués de Coria y duque de Huéscar, primogénito de Alba y heredero del linaje de los Toledo, cuya jefatura estaba destinado a asumir tras el tránsito de su eximio progenitor, fue alejado de la corte en 1567 por orden del rey Felipe debido a la relación amorosa que mantenía en secreto con Magdalena de Guzmán, dama de la difunta reina Isabel de Valois, y que había originado en Madrid un tan sonoro escándalo que ni siquiera el distanciamiento y el castigo que alcanzó por igual a ambos amantes lograron apaciguar.
Magdalena tuvo que abandonar el servicio de la reina y acogerse, como desterrada, a un cenobio de su elección, que finalmente fue el de Santa Fe en Toledo.
Por su parte, Fadrique fue arrestado y procesado, siendo sentenciado a seis años de destierro, tres en Orán y los restantes fuera de la corte.
El duque de Alba no aceptó de buen grado el veredicto, amenazando con exiliarse a su vez junto a su hijo.
Felipe cedió a las presiones del duque y conmutó la pena de destierro de su vástago por servicios en Flandes a las órdenes de su padre.
A su regreso de los Países Bajos, Alba, acompañado de su hijo Fadrique, entró en Castilla en la primavera de 1574.
Apercibido de su llegada, el rey prohibió expresamente al hijo entrar en Madrid, ordenándole acogerse en las tierras manchegas de su encomienda por tiempo indefinido.
—Don Fadrique, majestad, continúa en Tordesillas —respondió el duque, sorprendido por aquel inesperado inicio de la conversación—, cumpliendo la voluntad de vuestra majestad, voluntad que mis ruegos durante años no han conseguido quebrar.
He recordado en esas ocasiones a vuestra majestad, y lo sigo haciendo, lo bien que el duque de Huéscar os ha servido siempre, a pesar de haberle arrojado un millón de veces a la muerte, y esto lo digo, señor, no porque sea mi hijo, pues lo haría por el más triste arcabucero de cuantos están en servicio de vuestra majestad, sino porque es de ley y de justicia.
Pese a disponer de libertad de movimientos en los lugares de su encomienda mayor, la salud de Fadrique era quebradiza y se veía agravada por una gota mal curada y brotes de fiebres recurrentes contraídas en Flandes.
Ese fue el pretexto para solicitar al rey en la primavera de 1576, tras muchos meses de destierro, licencia para mudar temporalmente su confinamiento a una tierra menos extrema en donde hallar mejores cuidados médicos y un alivio a sus achaques.
Felipe autorizó su establecimiento en la villa de Tordesillas —mas no en Toro ni en Zamora, como había pedido—, aunque sin posar en la fortaleza, antaño reclusión de la reina Juana, abuela paterna del rey.
Habiendo entrado en conocimiento de esta nueva, la familia de Magdalena de Guzmán, que permanecía recluida en Toledo, elevaba continuas protestas al rey, reclamando que Fadrique cumpliera con ella la palabra de matrimonio dada, protesta que el rey había considerado justa, dictaminando que el de Huéscar debía desposar a la Guzmán, como había prometido.
—No tengo noticias —dijo el rey— de que se hayan celebrado esponsales con doña Magdalena de Guzmán, tal como se ordenó.
—Majestad, con todos los respetos de este vuestro servidor —repuso Alba, aunque no había humildad alguna en su mirada a la que el tiempo no había privado del orgullo—, y como ya le he dicho a vuestra majestad en tantas ocasiones, esa dama es de discutible linaje, sin calidad, título ni riqueza conocidos.
¡Se dice incluso que tiene ascendientes de sangre judía!
... —Hizo una pausa, negando con la cabeza, movimiento a cuyo compás se mecieron sus luengas barbas—.
Mi hijo el duque de Huéscar, en cambio, es hijo y nieto de grandes de España y él mismo lo será en breve tiempo, una vez el Señor Nuestro Dios me reclame.
Tanto las disposiciones de las Leyes de Toro como los decretos tridentinos prohíben expresamente los matrimonios desiguales entre personas de distinto estado y calidad.
Todo lo que pudo pasar entre don Fadrique y doña Magdalena de Guzmán fue nulo y clandestino e inválido conforme al Concilio de Trento.
No puedo entender la mudanza del juicio de vuestra majestad, que siempre, cuando ha sancionado los casamientos entre nobles, ha hecho prevalecer el criterio de la semejanza de estatus y atributos.
—Sepa vuestra señoría, como de hecho ya lo sabe —repuso Felipe, tajante—, que las órdenes del rey no se discuten. Se cumplen y obedecen. Máxime cuando esa orden mía ha venido precedida de un dictamen, como también conoce vuestra merced, de juristas y teólogos.
Un centelleo de ira encendió los ojos del duque.
—¿Para esto me ha hecho llamar vuestra majestad? —dijo, haciendo ademán de levantarse—. Trasladaré a mi hijo el duque que...
—No os he dado venia ni para que os levantéis ni para abandonar mi cámara, duque —interrumpió el rey, también con un deje de cólera en su voz siempre apaciguada—.
Volved a sentaros. —Y cuando el anciano duque lo hubo hecho, prosiguió—: No, no es eso para lo que os he hecho venir.
Tiempo habrá, si Dios así lo quiere, para que zanjemos la cuestión del matrimonio del duque de Huéscar vuestro hijo.
Es para otro asunto que os he requerido.
—Vuestra majestad dirá —expresó Alba, intentando aquietar su respiración, que se le había desasosegado con la porfía.
—Vuestra señoría, como mi mayordomo mayor —espetó Felipe sin pausa—, ¿tiene llaves de todas las dependencias del alcázar?
Alba compuso gesto de desconcierto. ¿A qué venía eso ahora?
—No entiendo la pregunta de vuestra majestad.
—Pues es clara. Respondedla.
—Como mayordomo mayor de vuestra casa, majestad, soy responsable del cuidado del palacio y de sus dependencias, y tengo a mi disposición las llaves de todas las habitaciones y estancias, si las necesitara, lo que rara vez ha ocurrido.
Como vuestra majestad entenderá, no las llevo conmigo.
Son cientos las estancias del alcázar. Todas sus llaves pesarían decenas de libras y precisaría un zurrón para llevarlas.
Y sabéis que no tengo ni edad ni disposición para esos esfuerzos.
Mis mejores años quedaron en las jornadas de Túnez, en las aguas del Mediterráneo y en los campos de Flandes, al servicio del emperador y de vuestra majestad.
—¿Habéis entrado en los últimos meses en la torre vieja?
Frunció los párpados el mayordomo mayor, más sorprendido aún, y se dibujó sobre su frente un planisferio de arrugas.
—Por supuesto que no, señor.
—¿Sabéis de quien lo haya hecho?
—No. Claro que no. ¿Por qué me pregunta tal cosa vuestra majestad?
Mas el rey no respondió.
Quedaron, rey y mayordomo mayor, mirándose fijamente, en un silencio enojoso. Fue Felipe el primero en desviar la mirada.
—Está bien —dijo—. Eso es todo, duque.
Se levantó Alba de su sitial, y sus huesos crujieron con el empeño.
—¿Puedo saber, señor —insistió antes de abandonar la cámara—, la razón de esas preguntas?
—Tal vez en otro momento.
—Como ordenéis. En cuanto a mi hijo don Fadrique, majestad...
—No es tiempo ahora para ese asunto —zanjó el rey, interrumpiendo a su mayordomo—. Podéis retiraros. Buenos días, duque, y quedad con Dios.