Conjura contra el rey Felipe 10. LA MUERTE DE JUAN DE AUSTRIA #3
29%

10. LA MUERTE DE JUAN DE AUSTRIA #3

Juan abrió los ojos una última vez. En ellos había algo imposible: la luz de un hombre que había comandado galeras en Lepanto, que había hecho temblar reinos, que había llevado una vida demasiado grande para morir en ese lugar húmedo, lejos de su patria. La mano del general se aflojó.

El cuerpo, que había estado tenso por horas, se hundió contra su escribiente Gómez de Mendoza con una docilidad terrible.

La vela junto al lecho parpadeó.

El viento gimió fuera, en la noche de Flandes.

Y Juan de Austria, hijo del emperador, vencedor de Lepanto, hermano de un rey que nunca llegó a abrazarlo como debía, exhaló su último aliento.

Fuera, Namur seguía dormida.

Pero el mundo acababa de perder a uno de sus mejores hombres.

***

Amberes, 3 de octubre de 1578

Guillermo de Nassau, príncipe de Orange, estaba de pie, junto a sus lugartenientes, de espaldas, mirando un mapa desplegado sobre la mesa. No se volvió cuando oyó la puerta.

—Me han dicho —dijo con voz calmada, casi amable— que traéis noticias de Namur. Muy urgentes, al parecer.

El médico Hendrick van der Meer tragó saliva.

—Mi señor..., vengo directamente de la fortaleza. He llegado lo antes que he podido. Llevo días sin apenas dormir. Y he dejado todo atrás, me temo.

—¿Y por qué haría eso un médico? —preguntó Guillermo, ahora girándose. Su mirada era clara, fría, de una inteligencia que cortaba como hoja fina. Su sonrisa desbordaba mordacidad—. ¿Acaso ha cometido un crimen?

—He hecho... lo que se me ordenó.

—Ah —dijo Orange, como si esa respuesta lo hubiera tranquilizado—. Entonces hablad. ¿Qué tal está mi... mi ilustre enemigo?

El médico bajó los ojos.

—A estas horas debe de estar muerto, excelencia. Pronto llegarán noticias desde Namur confirmándolo.

Guillermo de Orange se acercó despacio, sin mostrar sorpresa.

Era un hombre de imponente presencia a pesar de no ser alto en exceso.

Delgado, de figura erguida, su porte sugería más disciplina que fuerza física.

Su rostro, largo y angular, estaba dominado por unos ojos castaños y penetrantes, siempre alertas, casi insondables, que le valieron el sobrenombre de Taciturno más por su mirada que por su silencio.

Su barba también castaña empezaba a mostrar hebras grises, y el cabello se retiraba ligeramente en las sienes, pero seguía peinado con minuciosa elegancia.

Su tez era algo cetrina, marcada por el desgaste de los años de tensiones políticas.

La nariz romana le daba un aire de nobleza.

Vestía con sobriedad: terciopelos oscuros, cuellos rizados discretos, botones dorados apenas visibles.

—Describidme los pormenores —ordenó.

Van der Meer lo hizo: la fiebre acelerada, la incapacidad de respirar, las convulsiones, los dolores del vientre, el estado, al borde de la expiración, en que había dejado a su paciente. El veneno había funcionado. Cuando terminó, la sala quedó en silencio. Orange apoyó los nudillos en la mesa.

—Bien —dijo por fin—. Un general menos para su majestad católica. Castilla tendrá que escoger otro. Y ninguno será tan peligroso como él.

El médico respiró con sosiego por primera vez en días. Pero entonces recordó algo.

—Mi señor..., unos días antes de morir, don Juan recibió una carta.

Guillermo alzó una ceja.

—¿De Felipe?

—No. Era una carta anónima. Con un símbolo extraño. Como un círculo quebrado... o un anillo incompleto. Apenas la pude leer, pero sí me llamó la atención ese símbolo, excelencia.

Orange frunció el ceño.

—¿Qué decía esa carta?

—Advertía de su muerte. Y también de la de otros. Culpaba al rey español de la muerte de su hijo Carlos, según quise entender. Y anunciaba... la caída del imperio.

Ahora sí, Guillermo se inmovilizó y, por primera vez en la conversación, una sombra de inquietud cruzó su rostro.

—No conozco esa carta —dijo lentamente—. Ni ese símbolo. ¿Estáis seguro de lo que leísteis?

—Sí, mi señor.

Guillermo giró hacia la lámpara, pensativo.

—Así que... hay otro jugador en esta partida.

Van der Meer, aún tembloroso, se aventuró a preguntar:

—¿Acaso no procedía de vuestras redes, señor?

—No —respondió Orange en un susurro—. Y eso lo hace más interesante.

—Se volvió hacia el médico—: Habéis cumplido vuestro cometido.

Pero debéis desaparecer por un tiempo. Los españoles serán lentos, pero, como siempre, inexorables.

Y buscarán culpables. Nosotros os proporcionaremos un nombre nuevo y un lugar donde esconderos.

El galeno inclinó la cabeza, temblando de alivio.

Guillermo añadió, dirigiéndose, no ya al médico, sino a sus lugartenientes —Filips van Marnix van Sint-Aldegonde; su hermano Juan de Nassau; Paulus Buys, el gran pensionario de Holanda; el diplomático Adolf van Meetkercke...— que lo acompañaban:

—Y esa carta..., ese símbolo..., si vuelve a aparecer, quiero saberlo antes que nadie.

Antes que el propio rey de España. Y quiero saber qué significa.

Que el médico lo dibuje con la mayor precisión posible y que nuestros criptógrafos los miren.

Y que todos nuestros espías se pongan a ello.

Algo me dice que es cuestión primordial.