10. LA MUERTE DE JUAN DE AUSTRIA #2
No ignoro que las fuerzas aquí están fatigadas, la paga atrasada y los ánimos abatidos por enfermedades y continuos rumores.
En tal estado, cualquier carta maliciosa podría causar daño mayor que una espada.
Por ello os ruego, señor, que mandéis investigar si en la corte han circulado papeles de igual naturaleza, o si alguien, escudado en el anonimato, pretende alterar la obediencia de estas provincias o quebrantar mi servicio.
O, lo que sería infinitamente más grave, dañar a vuestra majestad.
Cuando tengáis noticia de mi muerte, suplico a vuestra majestad que no permita que mis hechos sean juzgados por voces indignas ni que mi memoria quede entregada a quienes buscan nuestra ruina.
Yo he servido a vuestra majestad con la fidelidad que mis fuerzas han permitido, para gloria de vuestra majestad, de España y de Dios.
Cada día desde que os conocí os fui leal, señor.
Dejo en vuestras manos, como siempre, mi nombre, mi defensa y mi suerte.
De Namur, a 1 de octubre de 1578
Cuando hubo acabado de dictar la esquela, cerró los ojos y dejó caer la cabeza sobre la almohada, exhausto.
Hizo que Borja Gómez de Mendoza le leyera el billete dictado y, con las últimas fuerzas que le quedaban, fue corrigiendo alguna frase o matizando algunas expresiones.
Luego, abrió de nuevo los ojos y extendió un brazo tembloroso, señalando un lugar a su izquierda. Finalmente, con mano trémula, lo firmó.
—Acercaos al cajón de la derecha de mi mesa, Borja, os lo ruego —pidió después—. Abridlo y traedme la carta que está en la cartera de cuero del fondo. La que me entregasteis días atrás.
Así lo hizo el criado, que tendió la misiva a su señor.
—Esta esquela, junto con la que os acabo de dictar, debe salir sin pérdida de tiempo para España, y quiero que seáis vos mismo quien se encargue de llevarla.
Es de vital importancia que el rey conozca ambas, y cuanto antes.
Tomad el camino de Francia, pues, aunque más peligroso, es el más breve.
Confío en vos, sé que no me fallaréis. Que Dios os guarde, amigo mío.
—No lo haré, señor —afirmó el criado, enjugándose una lágrima de sus párpados juveniles—. No os fallaré. Cumpliré vuestros deseos. Pero descansad ahora, por lo que más queráis.
Juan de Austria cerró los ojos, su cabeza cayó sobre la almohada y se quedó dormido.
***
—Está descansando. Dejadlo dormir.
—Será solo un momento. Solo quiero comprobar que está todo bien, que su excelencia no necesita nada.
El médico Hendrick van der Meer penetró de nuevo en la estancia, seguido por Borja Gómez de Mendoza, que no perdía ojo de cada uno de sus movimientos.
Se acercó al enfermo, le palpó el cuello, comprobó su temperatura, sacó un espejito del bolsillo de su túnica de galeno y se cercioró de que aún respiraba.
Lo hacía, pero su hálito era débil como el humo de la vela recién apagada.
Solo le quedaba un soplo de vida. La respiración de Juan de Austria era un jadeo húmedo, su piel había adquirido un brillo ceniciento y su pulso era un hilo tembloroso que se desgajaba con cada jadeo.
—Está todo bien —dijo al cabo el físico.
—Más os vale.
—¿Qué queréis decir?
—Que no pierdo ojos de lo que hacéis, eso quiero decir. Y rezad a Dios por que mi señor no muera, porque entonces...
Y dejó la frase inacabada. Durante unos instantes que a ambos se les antojaron interminables, se quedaron, escribiente y médico, mirándose fijamente. Luego, Van der Meer bajó la vista y se despidió.
Salió del cuarto, dejando al escribiente del gobernador de Flandes a los pies de la cama donde yacía, moribundo, su señor.
Y sabiendo que su tiempo se le había terminado.
Que, acabada su misión, era el momento de alejarse de allí, si quería conservar el pellejo.
Los pasos apresurados de los soldados resonaban en los pasillos de la fortaleza.
Descendió por las escaleras sin que nadie se fijara en él, acostumbrados como todos estaban desde hacía semanas a su presencia diaria en el castillo de Namur.
Accedió al patio, montó en su cabalgadura y salió por la poterna norte llevando solo un zurrón con su cofre, algo de agua y comida que antes se había aparejado y una capa oscura.
Nadie le preguntó adónde iba ni por qué se alejaba del enfermo al que había jurado cuidar.
Al cruzar el puente levadizo vio el Mosa extendiéndose como una cinta de plomo bajo el cielo gris.
El aire olía a humedad, a hojas podridas y a pólvora vieja.
Espoleó al caballo y tomó el camino de tierra que bordeaba el río, en dirección a Huy, y después a Malinas y Amberes.
Un camino largo, tramado de peligros, sin más defensa que su apariencia inofensiva, sus ropajes de médico y el salvoconducto que la guarnición le había expedido cuando comenzó a tratar al gobernador.
Mientras cabalgaba, repasaba los últimos días en la cámara de don Juan: la fiebre que no cedía, la debilidad repentina, la tos sanguinolenta.
Eran síntomas conocidos... Nadie podría discutirle que fueran las señales del tabardillo, pero él sabía la verdad.
Él sabía que su enfermedad —y al fin su muerte— no sería sino la consecuencia de ese polvo blanco, amargo, casi sin olor, que cada día añadía al cordial nocturno.
Un envenenamiento lento, discreto, indetectable.
A mediodía la lluvia lo alcanzó.
Cada jinete que cruzaba el camino le parecía un mensajero español enviado para detenerlo.
Cada campanario que asomaba entre los bosques podía albergar una patrulla; cada galope, una partida que había salido en su búsqueda.
Pero llegó sano y salvo a Malinas al caer la tarde, cambió de caballo, descansó un par de horas durante las que descabezó un breve sueño y siguió luego la marcha con el estómago revuelto por el cansancio y la culpa.
Dos días después, Amberes se abrió ante él como una herida gigantesca: barcos abarrotando el río, grúas, comerciantes, soldados protestantes rondando en cada esquina. Las campanas de la ciudad tocaban con un timbre distinto, más bronco, más áspero que en Namur, que en la guarnición española.
Se dirigió a la residencia que tan bien conocía, cerca del Meir.
Llegó y, tras anunciarse, fue admitido sin reservas a la presencia del señor de aquel sitio.
Lo condujeron a una sala pequeña, sin ventanas, con una lámpara de aceite que parecía morder la oscuridad más que iluminarla.
***
Namur, 1 de octubre de 1578
La madrugada había caído sobre el castillo de Namur como un manto húmedo. El viento del Mosa hacía crujir la lona de las tiendas de las tropas acampadas en derredor. Las antorchas temblaban en sus soportes, proyectando sombras que parecían inclinarse sobre el lecho.
Borja Gómez de Mendoza entró, como llevaba haciendo todo el día a intervalos regulares, en la cámara de su señor. Movido por un presentimiento indefinible, apretó los dientes antes de abrir la puerta. Lo recibieron un olor denso a enfermedad y un silencio tan profundo que le heló la sangre.
Juan yacía medio incorporado, sostenido por cojines que ya no lograban mantenerlo cómodo. Su rostro —habitualmente vivo, encendido, orgulloso— estaba desfigurado por un sudor frío que le perlaba la frente. La piel, tirante sobre los pómulos, tenía un tono ceniciento.
Los ojos, pese a todo, estaban abiertos.
—Señor —susurró el criado.
Juan intentó hablar, pero la respiración se le quebró en un jadeo áspero.
Borja corrió hacia él y lo sostuvo por los hombros para evitar que resbalara hacia un lado del lecho.
Al tocarlo, sintió cómo su señor se estremecía de dolor, como si el simple roce con su carne le produjera un padecimiento insoportable.
—Estoy aquí... —dijo el escribiente, tratando de que su voz no temblara—. Estoy aquí, excelencia.
Juan tragó saliva con dificultad. Sus labios estaban resecos, casi morados. Ahogó un ay de sufrimiento. Cuando por fin logró articular palabras, fue con un hilo de voz que apenas parecía suyo.
—¿Todavía no habéis partido para España, Borja? Es urgente que el rey conozca la carta....
—No, mi señor. Pero lo haré enseguida. Y su majestad el rey conocerá vuestras palabras. Lo prometo.
La tos sacudió entonces al gobernador de Flandes, doblegándolo. Borja lo sostuvo con ambas manos, temiendo que se ahogara. Algo oscuro manchó la comisura de su boca: sangre, sangre de un color rojo fosco y borboteante.
—No habléis más, por Dios... —rogó el criado—. Descansad.
Pero Juan de Austria no quería descanso. Sus ojos, pese a la fiebre, buscaron el rostro de su criado como si quisieran dejar algo grabado allí para siempre.
—Decidle... —susurró, casi delirando— que lo intenté. Que hice... cuanto pude. Que luché... por su nombre... y por el nuestro...
Cerró los ojos, agotado. De pronto, un quejido de dolor animal brotó de su boca. Borja notó cómo el peso del cuerpo parecía duplicarse en sus brazos.
—Señor... —susurró, con la garganta anudada.
Juan inspiró con dificultad. Su pecho subió y cayó con un ritmo exangüe, con un aliento que apenas si pertenecía ya al mundo de los vivos.
—Dios... —balbuceó, moviendo espasmódicamente las pupilas bajo los párpados amoratados—... Dios guarde a España...
Un espasmo leve recorrió sus dedos, que se cerraron sobre la sábana, como si intentaran aferrarse a algo que ya se alejaba.
Su criado lo abrazó contra su pecho, sin saber si lo hacía para sostenerlo o para no derrumbarse él mismo.
—No me dejéis, mi señor —dijo en un sollozo—. Por favor...