Conjura contra el rey Felipe 10. LA MUERTE DE JUAN DE AUSTRIA
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10. LA MUERTE DE JUAN DE AUSTRIA

L A MUERTE DE J UAN DE A USTRIA

Pensó que, al igual que después de una batalla el sueño era bienvenido, también lo habría de ser la muerte después de jornadas tan trabajosas.

Pero sería bienhallada una muerte digna, una muerte que estuviera a la altura de su vida, y no esa muerte indecorosa, corroído por la enfermedad y el morbus .

Y a la par pensó que era más fácil recibir a la muerte que pensar en ella, y que, en trances como este, eran más duras las vísperas que la consumación.

Juan de Austria sintió que se moría. Que se enfrentaba a la muerte y que, pese a que esta no llegaba en su momento —¡era tan joven, le debería de haber quedado tanta edad!

— ni del modo deseado, y que era el punto y final para su tiempo, para su vida terrenal, era de todas maneras bienvenida.

Estaba rendido. Ya no podía más. Llevaba días, semanas, peleando contra dolores más poderosos que el ataque de un jenízaro, más temibles que la carga de un sipahi, y ya no le quedaban fuerzas para resistir ante tanto sufrimiento.

Desde hacía días, su cuerpo era un puro dolor. Le daba la sensación de que sus tripas estaban en carne viva, como si todas las lanzas de los tercios que mandaba estuviesen escarbando en su interior. Como si todos sus escopeteros hubiesen derramado la pólvora de sus arcabuces en sus entrañas.

¿Y así era la vida al fin? ¿Así era la muerte?

¿Una y otra un mero padecimiento? Eran preguntas que arañaban con uñas afiladas en su angustia y lo llevaban a un estadio cercano al paroxismo que solo su fuerza de voluntad evitaba que se tornase grito desgarrado.

Recordó en esos instantes sus primeros años, cuando aún era llamado Jeromín, la niñez y la adolescencia durante su convivencia con los Quijada en Villagarcía; el día en que su hermano Felipe, muerto el padre de ambos, lo hizo llamar a la corte y le dio su nuevo nombre de Juan de Austria; la conquista de Túnez; la victoria sobre los moriscos en las Alpujarras; la derrota total del Turco en Lepanto...

¿Y así iba a acabar todo? ¿Tendido en aquel lecho de aquella cámara fría de Namur?

Intentó levantarse, pero la debilidad le hizo tambalearse al poner pie sobre el piso y la banqueta que estaba ante la cama se cayó al suelo con estruendo.

En cuanto se enderezó, fue como si un millar de avispas le picotearan las entrañas.

Tuvo que dejarse caer de nuevo en el lecho, asiéndose el vientre con ambas manos, como si así pudiera evitar que esos aguijones punzantes siguieran comiscándole las tripas.

—¡Don Juan! —irrumpió el criado Borja Gómez de Mendoza en la cámara, alertado por el ruido de la banqueta al derrumbarse—. ¿Os habéis despertado? ¿Os encontráis bien?

—Llamad al médico, Borja —le ordenó su señor, con una voz que parecía a punto de quebrarse, intentando levantar la cabeza del lecho—. Decidle que me dé algo que, si no me revive, al menos no me mate de esta manera, algo que alivie estos dolores. Son insoportables, amigo mío.

—Señor...

—Llamadlo, Borja, os lo ruego. No puedo más.

—Os insisto, señor, ¿no preferís un médico español? Lo que ese hombre os da os está llevando a la muerte, excelencia...

—Sus pócimas me alivian el dolor, y eso es todo lo que quiero ahora, Borja. Cuando la muerte se sienta al pie del lecho, poco vale mudar de médico. Llamadlo, os lo ruego...

Hendrick van der Meer, el galeno flamenco, entró en la cámara con su andar parsimonioso. Su palidez habitual había adquirido, en esa mañana fría y clara del otoño de Namur, un tinte casi cadavérico.

—Tendeos, señor —pidió a su paciente cuando observó que este pretendía incorporarse al verlo llegar, y tomándole ambas manos, quiso saber—: Y decidme, ¿qué síntomas tenéis esta mañana? ¿No habéis mejorado nada desde ayer?

—¿Mejorado? —Y Juan pretendió esbozar una sonrisa que brotó como una mueca.

Tenía las mejillas hundidas, los dientes se le marcaban bajo el labio superior y su piel había adquirido una palidez que convertía a la del médico en carnadura—.

Siento el vientre como si me lo arañaran, y mirad, me cuesta respirar.

—Su voz se quebró entonces, y desembocó en una tos flemosa.

Cuando, tras beber dificultosamente un buche de agua, pudo continuar hablando, añadió—: Si ha llegado mi hora, estoy dispuesto a entregar mi alma a Dios como el buen católico que siempre he intentado ser.

Pero permitidme que no lo haga como un gorrino ante el matarife, gritando de dolor y sin seso para ordenar mis deudas y mis obligaciones postreras.

Dadme algo, lo que sea, que me calme el dolor y me permita pensar y discurrir, y así morir con la misma gallardía con la que he vivido.

—No habléis de la muerte —repuso el médico, mientras rebuscaba en su cofre con manos inquietas—. El tiempo de nuestra vida solo lo conoce Dios, don Juan.

—¿Sabéis qué os digo? —prosiguió el gobernador de Flandes, sin dirigirse a nadie en especial.

Había cerrado los ojos en el jergón y hablaba como en delirio.

Tuvo que interrumpirse varias veces, apremiado por el dolor, que le llegaba como en ráfagas.

En un rincón de la habitación, Borja Gómez de Mendoza contemplaba compungido a su señor y al físico, que preparaba una bizma junto a la cama; movía los labios, rezando con unción una prez apenas murmurada—.

Había soñado con morir a lomos de mi caballo, empuñando mi espada, en una encamisada al mando de mis tercios, o en el abordaje de una galera turquesca, sobre la tolda, al frente de mis arcabuceros y ballesteros.

Pero no así, indefenso como un niño, mordido por enemigos invisibles que me corroen las entrañas, no así.

—Tened paciencia, excelencia, esto que os voy a dar...

—Dadme algo —interrumpió Juan al galeno— que me permita estar consciente un rato más. Solo el tiempo de escribir una epístola al rey mi señor. He de darle noticias de lo que aquí ocurre, de la carta que recibí hace unos días, de que se puede estar fraguando una conspiración contra él...

—¿Una conspiración, señor?

Abrió los ojos Juan y, tras enfocarlos trabajosamente, contempló al médico.

—Eso no os concierne. Y ahora, decidme, maese Hendrick, ¿qué me vais a dar?

—Seguiremos con los cocimientos de cebada y cinamomo, excelencia, que estoy seguro que acabarán por dar resultado, y...

—¿Me aliviarán este horrible dolor?

—Bueno, para el dolor os puedo preparar agua de adormidera, señor.

—Así solo conseguiréis dormirme, voto al diablo, y quiero estar despierto para ordenar mis últimas voluntades. ¿No conocéis alguna hierba que me alivie el dolor sin privarme del sentido?

—Infusión de sauce y toronjil. Y unas cataplasmas de malva para aplicar sobre el vientre. Es lo que más os duele, ¿verdad?

—Hacedlas.

Pidió el médico a Gómez de Mendoza que hiciera traer paños y agua caliente de las cocinas y, cuando la hubieron traído, preparó una tisana con el sauce y la melisa, que administró a Juan, y unas cataplasmas que aplicó bajo la camisa de dormir de su paciente.

—Os harán efecto en unos minutos, señor.

Y, tras recoger sus cosas, salió a renglón seguido de la habitación.

Durante un breve tiempo, solo se oyó en la cámara la respiración agitada de Juan de Austria, que poco a poco se fue apaciguando.

—Borja —dijo, una vez comenzó a respirar con mayor desahogo—. Tomad recado de escribir, os lo ruego.

—Deberíais descansar, señor. Tal vez luego...

—Luego puede ser tarde, por Dios. Haced lo que os digo. El rey debe ser puesto sobre aviso.

—Como digáis.

Y cuando el criado tuvo dispuestos cálamo y tinta, dictó Juan de Austria, con la voz menuda pero con ánimo lúcido, como si experimentara la mejoría que es antesala de la muerte, una carta para el rey de España, su hermanastro Felipe.

Señor,

Cuando esto leáis, yo estaré muerto. Mi alma se contentará con lo que vuestra majestad disponga para mi cuerpo. Lo que vos aderecéis, yo lo bendeciré desde el otro mundo.

Pero antes, con la obligación que me impone la sangre que compartimos y el servicio que debo a vuestra majestad, os escribo para dar aviso de un suceso que juzgo inquietante.

Ha llegado a mis manos un papel sin firma, cuya procedencia no puedo determinar, pero cuyo contenido, más que injurioso, parece dirigido a sembrar desorden y desconfianza en torno a la Corona.

En él se habla, con lenguaje oscuro, de la postración del imperio y de la sangre derramada en estos últimos años, presentándola como presagio de mayores infortunios.

Afirma el autor que mi persona corre peligro y que la traición se halla más cerca de mí de lo que yo sospecho.

No me atrevería a dar crédito a tales advertencias, si no fuese porque se mencionan hechos que bien conoce vuestra majestad y cuya memoria preferiría no despertar, mas otros la despiertan por mí.

Es sobre vuestro hijo don Carlos, a quien el buen Dios tenga en su gloria.

Adjunto a esta la recibida, para que vuestra majestad tome conciencia plena de su contenido y decida en consecuencia.

En lo que a mí respecta, y como al principio os he dicho, el presagio se hará realidad de inmediato: mi muerte está próxima, majestad, y no soy capaz de dilucidar si llega por la mano del hombre o por obra de Dios Nuestro Señor.

Tal vez vuestra majestad pudiera hacerlo.

Lo que más llama la atención —y a ello ruego que vuestra majestad preste especial cuidado— es un signo extraño que contiene la misiva: figura que no identifico y cuyo propósito desconozco, aunque intuyo que el autor lo emplea como amenaza o como indicio de algún propósito oculto.

No quisiera exagerar su significado, pero tampoco omitirlo.

Nada me parecería más imprudente que callar aquello que pudiera servir a vuestra majestad para entender los designios de quien, me temo, no desea sino vuestro daño.