Conjura contra el rey Felipe 9. UNA JORNADA EN EL PARDO #3
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9. UNA JORNADA EN EL PARDO #3

Felipe observó la escena sin moverse. El jardín, los niños, su esposa...

todo formaba un cuadro de quietud que contrastaba cruelmente con los pensamientos que él traía desde Madrid.

Nadie, en ese jardín placentero, sabía de cartas anónimas ni de símbolos extraños, ni de ejércitos agotados, ni de haciendas escuálidas.

Ni de muertes anunciadas. El mundo que veía su familia era pequeño, luminoso, casi inocente.

El rey apoyó una mano en la balaustrada de piedra.

La reina Ana levantó la vista hacia Diego, que intentaba atrapar algo en el aire. Una mariposa blanca revoloteaba cerca de él; la risa del niño llenaba todo el jardín.

Felipe sintió algo que pocas veces se permitía: una tregua.

Un respiro.

Un instante en que el peso del reino parecía quedar fuera de ese recinto verde.

Aún no se atrevía a penetrar en el jardín. Quería permanecer un momento más en esa sombra, mirando sin ser visto, para recordar por qué luchaba cada día, por qué firmaba decretos, por qué soportaba el dolor de la gota y el de su conciencia.

Por qué debía mantenerse en pie cuando todo alrededor parecía inclinarse hacia la ruina.

Su familia aún vivía en la luz.

A él le correspondía impedir que se apagara.

***

Felipe había jugado con sus hijos, del modo en que él lo hacía, reservada, prudentemente.

Había acariciado la cabeza de Diego, le había hecho un arrumaco a Felipe, la había preguntado a Fernando por el sueño, por sus fiebres, por la comida, había conversado respetablemente con las infantas, preguntándoles por sus dibujos y sus costuras.

Y había observado a sus hijos con orgullo de padre.

Luego, se había sentado al lado de su esposa, y había ordenado a sus damas que se alejaran unos pasos de ellos para poder conversar con intimidad.

Durante un rato estuvieron hablando de los niños, de su salud, se rieron cuando Diego rodó por el jardín y cuando el infante Felipe despertó berreando, exigiendo la teta de su ama de cría.

—Son felices —observó la reina.

—Están en la edad de serlo, señora.

—Salvo el pobre Fernando. Su debilidad me preocupa, majestad.

—He hablado con don Luis, el médico. Me asegura que están haciendo todo lo que está a su alcance y que todo está en manos de Dios. Pero sí, a mí también me preocupa su debilidad y flaqueza. Observe vuestra majestad, está en los huesos el pobre niño.

—Hoy he mandado a las cocineras que le preparen un caldo con sustancia. Rogad al cielo para que su estómago lo admita.

—Así lo haré.

Quedaron en silencio unos instantes. Oyeron entonces las risas de las niñas.

—Están preciosas —señaló Ana de Austria, haciendo un gesto con la barbilla hacia las infantas, sus hijastras—. Ya son unas verdaderas damitas.

—Me ha comentado el galeno —dijo el rey, algo escrupuloso—, que doña Isabel Clara Eugenia ya tuvo su primer sangrado.

—El mes pasado, en efecto.

—Nuestra hija crece, majestad. Dios la guarde.

—¿Estáis pensando ya en su boda, señor?

El rey negó con la cabeza.

—Es una niña aún, señora. Y no desearía que tuviera que pasar lo que doña Isabel de Valois, mi segunda esposa.

Vino a España con una edad parecida a la de nuestra hija doña Isabel, y lo hizo no solo con el luto blanco propio de las reinas del norte de Europa, por la reciente muerte de su padre el rey Enrique, sino triste y sin haber llegado a la edad núbil.

No, no deseo para doña Isabel igual episodio.

Podría ser buena esposa para cualquiera de los hijos del emperador Maximiliano, mi cuñado, pero todo será en su momento.

Hoy me produce gran contentamiento verla inocente y feliz. Todo tiene su tiempo.

—Dichosa ella, y nuestros hijos, señor, que disponen del tiempo, que a ellos les pertenece.

—No habléis así, señora. Vos sois joven, ni siquiera habéis alcanzado los treinta años. Tenéis el tiempo en vuestras manos. En cambio, yo...

—No es el tiempo lo que importa, majestad, sino el momento. Un solo instante puede justificar toda una vida. Mirad a nuestros hijos y decidme si no llevo razón.

Felipe llevó la mirada a sus hijos, que punteaban de gracia y felicidad el jardín.

No pudo, sin embargo, evitar que una sombra de tribulación le anublase el semblante.

El tiempo, el dios Saturno, aquella carta...

Estuvo tentado de hacer a su esposa partícipe de la amenaza, pero se dijo al cabo que de nada valdría preocuparla.

—¿Habéis notado algo extraño en los últimos días, majestad? —le preguntó, en cambio.

—¿Algo extraño? ¿A qué os referís, señor?

—Pues, no sé... Algo que os haya inquietado, cualquier cosa que os haya llamado a la preocupación.

—No, majestad, todo sigue como siempre. La vida es tranquila en palacio. ¿Por qué lo preguntáis?

—Por nada, no os inquietéis. Cosas mías.

—¿Os veo preocupado, señor? —inquirió tras unos instantes la reina, apercibida de una nube de congoja en el rostro de su esposo.

—No es nada, señora —respondió el rey, que compuso al mismo tiempo un gesto de resignación, como de rendimiento.

Intentó sonreír luego—. Ocurre tan solo que hay veces en que me gustaría ser el barro que se hunde al paso del carruaje, o la arcilla que es moldeada por la mano hábil del artesano, en vez de ser este o la rueda que se hunde en aquel barro blando.

En esas veces me digo que el poder, señora, es árbol infecundo bajo cuya sombra nada crece.