Conjura contra el rey Felipe 9. UNA JORNADA EN EL PARDO #2
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9. UNA JORNADA EN EL PARDO #2

El físico no pudo ocultar un breve gesto de preocupación.

—Las infantas doña Isabel Clara Eugenia y doña Catalina Micaela se hallan magníficamente, majestad.

Crecen sanas y alegres. Doña Isabel es de gran salud, bonita y vigorosa, de gran resistencia a los achaques y las molestias, tal vez por su temperamento vivo.

Si me permitís que hable de estas cosas, majestad, ya ha tenido su primer sangrado. Ya es toda una mujer.

—Lo desconocía —dijo el rey, algo turbado, después de una breve pausa para asimilar la noticia; lo primero que pensó es que empezaba a perder a la niña que tanto amaba. Preguntó luego—: ¿Ha sufrido dolor? ¿Está débil? ¿Debemos tomar alguna precaución?

—Ninguna, señor, por supuesto que no. Es algo normal a su edad.

—¿Lo sabe su majestad la reina?

—Lo sabe, señor.

—Está bien. No deseo murmuraciones. Trátese con cuidado y reserva.

—Por supuesto, majestad.

—¿Y la infanta doña Catalina? ¿Está sana también?

—Aún más sana, señor, alegre, vivaz, físicamente resistente. No tiene vuestra majestad nada que temer acerca de la salud de sus altezas las infantas.

—Habladme del príncipe don Fernando. ¿Cómo va de sus fiebres?

El gesto de preocupación que el médico había mostrado al oír la inicial pregunta del rey se acentuó.

—Estoy seguro, señor, de que el infante don Felipe va a superar sin mayores contratiempos la delicada edad que tiene.

Como bien sabéis, majestad, el tiempo más peligroso para la vida de un recién nacido son sus primeros meses, tiempo en que son más propensos a los contagios y las fiebres, pues disponen de menores defensas.

Don Felipe ya ha cumplido los cinco meses y ha superado las fiebrecillas características de su tiempo.

Su alteza don Diego Félix es un niño destinado a crecer; es alegre y robusto, que son factores que ayudan.

Es algo sensible al frío y a las alergias, pero en épocas como la que nos hallamos, en verano y en otoño, mejora considerablemente.

—Os había preguntado por el príncipe don Fernando, el mayor de mis hijos varones, don Luis —insistió el rey, muy serio—. Y no me habéis respondido, o acaso habéis dejado la respuesta para el final. ¿Tanto os preocupa su salud?

El médico movió levísimamente la cabeza, con cierto pesar.

—«Que la comida sea tu medicina y la medicina sea tu alimento», dijo el gran médico griego Hipócrates —explicó Luis de Mercado, con gesto algo afligido—.

Su alteza el príncipe don Fernando come mal, majestad, pues no tolera muchos alimentos.

Debiera consumir más carne, pero no es fácil que se mantenga en su vientre lo que ingiere.

Eso le provoca debilidad general y retraso en el crecimiento.

Es de acentuada flaqueza y de quebranto continuo.

Ha vuelto a padecer fiebres, aunque hoy su temperatura es casi normal, y sus problemas respiratorios se han agravado últimamente.

—Sed sincero conmigo, don Luis —exigió el rey, con pesadumbre en la voz—. ¿Vivirá? ¿Podrá ceñir algún día la corona de Castilla?

—Soy sincero con vuestra majestad: eso solo lo sabe el Señor —respondió el galeno con gravedad—.

Por nuestra parte, hacemos cuanto podemos: hemos ordenado que se le mueva a cuartos más soleados en la mañana y más cálidos en la tarde.

Hemos prescrito olores reparadores: ramas de romero quemadas, vinagre aromatizado en cuencos y pañuelos impregnados en agua rosada.

Se le han recetado igualmente purgas con ruibarbo y escamonea para expulsar los malos humores.

Solo en casos de fiebre muy sostenida y nunca en exceso, porque su alteza es un niño de poca sangre, se le han prescrito pequeñas sangrías.

Y aguas cordiales para enfriar la sangre con melisa y azahar.

Jarabes de granada, membrillo y manzana cocida para la debilidad.

Y julepes de azúcar, agua y hierbas refrescantes como borrajas, achicoria y violeta para las calenturas.

Más no podemos hacer, señor. Lo demás está en manos de Dios.

—Os lo agradezco —dijo Felipe, trémula la voz—. Mañana os volveré a preguntar, si no os molesta. Estaréis aquí, ¿verdad?

—Por supuesto, majestad.

Se despidió el rey del médico y continuó avanzando hacia el jardín.

Antes de que su esposa e hijos advirtieran su llegada, estuvo contemplándolos unos instantes.

El aire del monte traía olor a tierra húmeda y a romero bañado por el rocío.

Las encinas de El Pardo proyectaban sombras redondas sobre la grava, y en algún lugar cercano cantaba un pájaro, insistente, como si quisiera acompañar la escena.

La reina Ana estaba sentada en un banco de madera, ligeramente inclinado hacia la luz.

Rodeada de sus damas, tenía el rostro vuelto hacia el sol, pero su atención estaba en los niños.

En los suyos propios y en las infantas, hijas de la difunta reina Isabel de Valois, a las que consideraba y trataba como hijas suyas, no en vano las había criado durante buena parte de su corta vida.

El cabello, recogido bajo la toca blanca, desprendía destellos suaves; parecía más joven aún en ese instante.

Las dos infantas, dos jovencitas preciosas, conversaban y reían al borde del estanque, ajenas a todo, solo pendientes del mundo que comenzaba a abrirse ante ellas.

Diego, el infante mediano, corría en círculos, tambaleándose con la torpeza alegre de los tres años.

Pasaba una y otra vez delante de su madre como una llamarada rubia, riendo por cualquier cosa: una hoja que caía, una piedra que crujía bajo su zapato, un gesto que le hacía al aya a su espalda.

La reina lo seguía con la mirada, atenta pero tranquila, sabiendo que la hierba estaba mullida y que allí el niño podía ser niño.

Un poco más apartada, bajo un almendro tardíamente amarillento, una doncella mecía un cestillo de mimbre.

Dentro, el pequeño Felipe, de apenas unos meses de vida, dormía envuelto en una manta bordada en tonos marfil.

Su respiración era tan leve que solo el ligero movimiento del paño delataba que estaba vivo.

La nodriza lo vigilaba como si temiera que el mundo entero se quebrara con un soplo.

Más cerca de la reina, sentado en una pequeña silla traída del salón del castillo, estaba el príncipe Fernando.

Su fragilidad era visible incluso desde la galería.

El cuerpo estrecho, las piernas cubiertas con una mantita, la cabeza algo ladeada hacia su madre.

Ana le hablaba en voz baja, señalándole algo en el cielo: quizá un ave, quizá una nube con forma curiosa.

El niño asentía con lentitud, el gesto apagado pero atento, como si quisiera seguir el mundo pero este le quedara ya demasiado lejos.

La luz del sol, que aún no calentaba, caía sobre su frente pálida y lo hacía parecer casi transparente.