9. UNA JORNADA EN EL PARDO
U NA JORNADA EN E L P ARDO
El rey salió del alcázar a la hora de las laudes, cuando la ciudad ya despertaba, dispuesta a encarar un nuevo día.
Había sido una decisión impulsiva la de viajar hasta El Pardo.
Necesitaba escapar de Madrid, como si poniendo tierra de por medio pudiera distanciarse también del signo del Devorador.
Y necesitaba, sobre todo, saber que su familia estaba a salvo.
La carroza lo esperaba en la plaza del castillo, envuelta en la luz gris que antecedía al amanecer.
Los faroles aún ardían, colgando de varas de hierro, y el aire tenía olor a brasas apagadas.
Se oía, junto al runrún de la ciudad que se desperezaba, el murmullo del Manzanares en la hondonada y los crujidos de los cueros tensados del carruaje.
Le abrieron paso los alabarderos de guardia y las ruedas de la carroza comenzaron a moverse con un quejido grave.
Tras el coche real, otros carruajes emprendieron también el camino, con los ayudas de cámara, camareras, aposentadores, secretarios y aquellos otros criados que habrían de servir en El Pardo a su señor.
Los cascos de los caballos resonaron huecos en la piedra irregular.
En el interior del coche, Felipe, como cada vez que viajaba, se dispuso a despachar los asuntos cotidianos, a leer esquelas, cartas y billetes, y a garabatear en los márgenes de estos sus instrucciones precisas para cada secretario y para cada consejero, sus órdenes para cada ministro, sus respuestas para cada embajador.
Y así estaría, sin levantar cabeza de los legajos, apenas mirando un par de veces el paisaje que desfilaba a través de la ventanilla acristalada, durante el trayecto de casi tres horas que invertiría en llegar hasta el palacio de El Pardo.
Tras salir del alcázar bajaron por la calle Mayor hasta la puerta de Guadalajara.
Nadie reparó en el ir y venir de alguaciles y corchetes que pululaban por allí y nadie de la comitiva supo nada de un cadáver acuchillado en la calle del Factor, en cuyo pecho había prendido un papelote con el símbolo de Saturno y una nueva acusación hacia su majestad.
Luego de dejar atrás las casas, el Camino Real de Fuencarral se abrió ante ellos, una cinta de tierra polvorienta que cruzaba huertas dormidas y campos oscuros.
Atravesaron un rato después el arroyo del Olivar, convertido en fango por las lluvias recientes.
Más adelante, el viento azotó el alto del Prado del Rey, donde el camino era solo un trazo pálido que se confundía con la tierra yerma.
Cuando llegaron al palacio y a su puerta del Rey, un arco sencillo de piedra flanqueado por guardias reales, eran casi las diez de la mañana.
Felipe experimentó un sentimiento de alegría, casi de liberación, cuando el cochero anunció que habían alcanzado su destino.
Aunque era hombre que nunca dejaba de pensar, que siempre estaba dándole una y mil vueltas a los asuntos del Estado, que jamás descansaba, estaba deseoso de alejarse del alcázar, aunque fuera solo por un par de días, como si así pudiera también distanciarse de los problemas que, desde la visita del arzobispo de Toledo, ocupaban cada rincón de su mente: aquella carta anónima, aquel símbolo extravagante, aquella alusión a Saturno, el devorador de sus propios hijos, aquella amenaza implícita en la misiva.
Y también estaba ansioso, justo era reconocerlo, por compartir esas jornadas con la familia real.
Felipe, aunque pocos en la corte lo sabían, era un hombre profundamente familiar.
Había disfrutado de escasa vida con su familia durante su infancia.
Su madre, Isabel de Portugal, de quien tenía pese a todo rica memoria, había muerto cuando él era todavía un niño, y su padre, el emperador Carlos, partió de España casi inmediatamente para viajar por sus dominios y no regresaría hasta muchos años después.
Y al marcharse dejó órdenes precisas acerca del tiempo que su hijo Felipe podría pasar junto a sus hermanas menores, las infantas María y Juana, con cuya compañía en muy escasas ocasiones pudo deleitarse desde entonces.
Tenía en el corazón ese hueco, esa ausencia, ese vacío de no haber podido disfrutar cuando niño de una vida plena con sus seres queridos.
Y ahora que tenía su propia familia —¡cinco hijos vivos, por fin, y tres varones entre ellos, que garantizaban, si Dios así lo quería y los libraba de la mala salud, la sucesión y el futuro del imperio!
—, intentaba compartir tiempo con ella cada vez que sus numerosos quehaceres se lo permitían.
Se bajó de la carroza real e inspiró con fuerza el aire limpio del monte.
Se dijo que allí olía a resina, a tierra húmeda, a hierba pisada, a los establos del palacio.
Observó, complacido, la fachada del castillo, sobrio, con sus torres cuadradas, los muros rojizos por el sol ascendente, las chimeneas que aún exhalaban un hilo de humo.
Vio cómo los batidores preparaban los caballos de caza, cómo los criados abrían los postigos, cómo los monteros de Espinosa, con sus vistosos uniformes gualdas, con sobreveste de gules, cambiaban el turno.
Más cerca del palacio, dos alabarderos españoles custodiaban la entrada, inmóviles como atlantes.
Subió a la cámara que utilizaba cada vez que venía a El Pardo, y durante unos minutos, impaciente, ordenó los legajos que había leído durante el trayecto, los amontonó sobre el escritorio según su relevancia y urgencia, repasó las anotaciones de un par de billetes e hizo llamar a su secretario Mateo Vázquez, que, en esta ocasión, había acompañado a su señor a su retiro a instancias de este.
A la vista del estado de las cosas, contemplaba la necesidad de mantener comunicaciones rápidas con Madrid.
Despachó brevemente con el secretario acerca de informes recibidos sobre el estado de salud del cardenal Enrique de Portugal; sobre los últimos movimientos del prior de Crato, aspirante al trono luso; sobre cartas interceptadas de embajadores franceses y sobre el estado de la hacienda real que auguraba una próxima bancarrota.
A través de una puerta entreabierta llegaba el rumor suave de voces infantiles desde el jardín: el infante Diego reía y la reina hablaba en voz baja con una doncella.
Felipe se levantó de su sillón, como si el sonido lo atrajera.
—Majestad —dijo Mateo Vázquez, deteniendo el ademán del rey de abandonar la estancia—, faltan un par de puntos por tratar. No son importantes, pero...
—Si lo que traéis puede esperar, que espere. No veo a mi familia desde hace días.
—Solo quería advertir a su majestad de que esta noche hará frío. El aposentador ha pedido colocar braseros en las cámaras y revisar las chimeneas. Dice que el humo del ala norte vuelve a meterse en los cuartos.
Felipe alzó una ceja.
—En este palacio siempre se mete humo en alguna parte. ¿Algo más?
—Que han llegado telas nuevas de Segovia para los tapices del comedor. El maestro dice que convendría verlas antes de que las tensen en el bastidor. Si a vuestra majestad le place, puedo hacer la revisión yo mismo.
—Sí, hacedla vos. No quiero discutir colores a estas horas.
Mateo Vázquez se aclaró la voz.
—El montero mayor pregunta si su majestad tiene intención de salir a cazar hoy o mañana. Debe preparar los caballos.
—Decidle que no hoy. No he venido a El Pardo para eso. —Felipe hizo un gesto con la mano, como quien aparta un pensamiento trivial—. Ya veremos mañana.
—También me han preguntado, señor, si esta noche queréis música. La vihuela o el arpa. La reina dice que...
Felipe lo interrumpió con una mezcla de impaciencia y cansancio.
—Sé que a vuestra merced se le paga por pensar en todas estas cosas, pero ahora quiero abrir esa puerta y ver a mis hijos. Si la música ha de sonar, que suene. Si no, que no. Decid a quien corresponda que hoy no tengo opinión sobre nada salvo esto: quiero estar con mi familia.
Mateo bajó la cabeza, sonriendo apenas.
—Entonces no os detengo más, majestad.
—Gracias, Mateo. Ahora sí... dejadme ser padre un momento.
Y el rey, presuroso, fue a reunirse con su familia.
Por un instante, El Pardo dejó de ser palacio y fue tan solo hogar.
***
Felipe caminó hacia el jardín de El Pardo con pasos presurosos, deseoso de saludar a su esposa la reina, al príncipe y a los infantes.
Se detuvo, empero, cuando vio que desde allí venía Luis de Mercado, desde hacía unos meses médico de la cámara real y protomédico general de los reinos de España, que había viajado al palacio de campo con su familia desde el alcázar.
Era Mercado, junto con Francisco Vallés —a quien el rey llamaba «el Divino Vallés» por haberle aliviado con un sencillo procedimiento, casi casero (unos pediluvios de leche caliente), sus dolores de gota—, y Fernando de Mena, uno de los galenos más famados de Europa, el galeno de confianza del rey.
Bajo de talla pero de firme presencia, el médico Luis de Mercado era un hombre ya bien entrado en la cincuentena, de complexión enjuta, con la austeridad típica de los hombres de estudio que tanto valoraba el rey de España.
Su rostro era alargado, ligeramente hundido en las mejillas, pero con mirada incisiva.
Sus ojos, oscuros y vivaces; su nariz, fina y recta, de erudito.
Era especialista en pestes, fiebres, niños y mujeres embarazadas, y de ahí su nombramiento en la cámara.
Iba tocado con su bonete universitario y portaba una pequeña tablilla de notas bajo el brazo.
—Majestad —saludó al rey con una pronunciada reverencia, en cuanto lo vio en la galería.
—Don Luis —correspondió Felipe—, le agradezco que vuestra merced se haya avenido a dejar abandonada durante unos días su cátedra para acompañar hasta aquí a su majestad la reina y a sus altezas.
—Soy yo quien agradece a vuestra majestad el alto honor de haber confiado en mí para cuidar de quienes tanto amáis, señor.
—¿Cómo se encuentran mis hijos, don Luis?