8. UNA CELADA EN LA NOCHE
U NA CELADA EN LA NOCHE
—¡Abrid! ¡Abrid! ¡Por lo que más queráis, abrid! ¡Mi señor necesita vuestra ayuda, maese Velasco!
El médico Francisco Velasco vivía en unas habitaciones de un viejo caserón de la calle Mayor, edificado mucho antes de las reformas ordenadas por el rey Felipe en todo Madrid, que aún proseguían, para hacerla digna villa para su corte.
La calle Mayor era una de las arterias principales de la ciudad, y conducía desde el alcázar hasta la puerta de Guadalajara.
Era, no obstante, una vía estrecha, ruidosa e irregular, con tramos que se ensanchaban y estrechaban a su libre albedrío, sin orden ni concierto.
Estaba bordeada de casas adarvadas, entramadas de madera y yeso, con balcones que en algunos trechos casi se tocaban al asomarse, dejando solo un hilo de cielo entre sus tejados torcidos.
Algunas zonas de la calle estaban empedradas con adoquines irregulares; otras seguían siendo barro endurecido o tierra apisonada.
Junto a las casuchas de peligrosos aleros, vigas a la vista, colores apagados —ocres, rojizos...
— y maderas oscuras, se alzaban nuevas casas ostentosas de quienes se habían aposentado en Madrid siguiendo al rey y a su corte, e iglesias como la de Santa María la Mayor, edificada sobre la antigua mezquita de la ciudad musulmana, y la de San Salvador, donde celebraba sus sesiones el concejo de la ciudad.
En sus cercanías se hallaba el monasterio de las Descalzas Reales, donde descansaba el cuerpo de Juana de Austria, la hermana menor del rey Felipe, reina de Portugal; también se hallaba por allí el convento de los benedictinos de San Martín y otras casas pequeñas de recogidas y de cofradías.
—¡Voy, voy! ¿Quién va a estas horas, pardiez? ¡Dejad de aporrear la puerta que la vais a derribar, voto a bríos! ¿Quién va?
El médico Francisco Velasco y Ulloa, vestido con camisa larga de dormir, tejida en algodón —recuerdo de cuando vivía tiempos mejores—, gorro con pliegue en la frente y medias de lana, se aproximó trastabillando a la puerta de la casa, en la que las puñadas de quien llamara resonaban como trancazos.
En la torre cercana de la iglesia de San Ginés las campanas anunciaron la medianoche.
Se tomó su tiempo para encender una lamparilla de aceite mientras los golpes seguían restallando sobre la madera.
Al abrirse, la puerta de la casa chirrió como si aplastara entre sus goznes un coro de chicharras.
—¿Quién eres tú, gañán, y a santo de qué te presentas en mi casa a estas horas de la noche, voto a tal?
—¡Mi amo se muere, maese Velasco! ¡Su esposa me ha mandado llamar a vuestra merced! ¡Os suplica que acudáis en su auxilio de inmediato!
Era, quien había aparecido en la puerta del galeno y quien la había aporreado con fuerza impropia de su edad y su complexión, un zagal mugriento que no tendría ni quince años.
En la penumbra del umbral, bajo los tiznajos de su rostro, se adivinaban unos ojos perspicaces y unos rasgos regulares que lo habrían hecho pasar, de estar lavado y vestido como un pisaverde, por un muy apuesto muchacho.
Vestía un jubón desgastado de paño burdo, remendado mil veces, con una manga descosida; calzones deshilachados en la entrepierna, aguantados por un cordel y con manchas de barro, y medias viejas con agujeros, sostenidas por ligas de cuerda.
—¿Y quién es tu amo, si puede saberse, granuja?
—El cerero don Antolín Criado, maese Velasco. ¡Debe vuestra merced venir de inmediato! ¡Mi amo se muere, señor!
—¡Quia, quia, zagal! Que todos nos morimos. Y dime, ¿qué diantres le ocurre a tu señor que no puede esperar hasta mañana, voto a bríos?
—¡Tose sangre, maese! ¡Y apenas puede respirar! ¡Se ahoga entre sus flemas!
—¿Y calenturas?
—¡También!
—La tisis, pardiez. Pues no sé yo si voy a poder hacer mucho...
—¡Pero usted fue médico en el alcázar, maese Velasco!
—Hace ya muchos años, gañán. Ahora me gano la vida tratando a gente como tu amo. ¿Tiene, por cierto, con qué pagarme?
—¡Por supuesto, señor!
—Pues vamos allá. Dame un minuto que me vista.
Entre las sombras de la casa apareció la figura de una mujer rolliza, de edad parecida a la del médico, que ya no cumpliría los cincuenta, y también vestida con camisa de dormir.
—¿Quién es, Francisco?
—Nadie —respondió su esposo—, un mozuelo que viene de parte de un cerero llamado Criado, que me requiere a deshoras. Vuelve a la cama, que yo retornaré en un rato.
Se atavió el médico aprisa y corriendo. Se enfundó, sobre la misma camisa de dormir, su ropón negro, de paño fino —también memoria de tiempos más felices y mejor remunerados—, de mangas amplias forradas de seda, cuello sin encajes, bonete negro cuadrado y ferreruelo sujeto con broche de plata, pues el clima, en este septiembre aún cálido, acompañaba, pese a ser noche entrada.
—Vamos, pues —le dijo al zagal cuando ya se hubo ataviado con su ropaje de galeno—. Y dime, pues, mozuelo, ¿dónde vive tu amo?
—Aquí cerquita, maese, en la calle del Factor.
Esta vía, así llamada porque en ella residía Fernán López del Campo, factor de su majestad, se hallaba, en efecto, a corta distancia de donde se encontraban, a no más de un centenar de estadales de la casa del médico.
Cuando salieron a la calle Mayor, armados con una linterna como las pragmáticas ordenaban, se arrebujó el galeno en su capilla, pues, pese a la temperatura agradable, el relente lo calaba.
—¿Y desde cuándo está tu amo con fiebres, muchacho? Que, por cierto, mal amo es si tan mal te cuida —añadió Velasco, observando la vestimenta desastrada de su acompañante y su cara sucia y granujienta.
—Desde antier, maese. Por aquí —agregó, señalando la dirección del alcázar.
—Sé dónde está la calle del Factor, mocoso. Vamos, que es para hoy.
La calle Mayor, durante el día, era tránsito obligado de todos los que iban al alcázar o venían de allí.
Se encontraba continuamente animada por la circulación de carrozas y caballeros, seguidos por sus pajes y escuderos.
Había un trasiego continuo de carros de suministros entrando y saliendo del castillo, vendedores pregonando sus mercancías, pícaros, mendigos, aguadores y arrapiezos corriendo con recados.
En la mañana olía a humo de leña, a pelo de caballo, a estiércol, a carne ahumada, a pan recién hecho, a establos e, inevitablemente, a las basuras que a diario se arrojaban en los rincones.
Había una continua sonería discordante: gritos, risas, lloros, quejas, pregones, el tintineo de las herraduras sobre piedra, los campaneos de los cencerros, los portones que se abrían y cerraban, los sones de la música callejera de atabales, vihuelas y flautas.
En la noche, en cambio, a esas horas, tras el toque de ánimas, la calle estaba desierta como camposanto.
Olía a humedad y a peligro y no se oía más que algún grito aislado de algún borracho, el ladrido disperso de un perro vagabundo, contraventanas que golpeaban con el vientecillo nocturno, el aleteo de los mochuelos en los campanarios, algún juramento y risas lejanas y mal apagadas.
Nada más salir de la casa, se toparon con la ronda de noche, que les requirió identificación y que les permitió seguir adelante cuando Velasco se identificó como médico que iba a atender una urgencia.
—¿Está tranquila la noche? —preguntó el galeno a los alguaciles.
—Por ahora, y quiera Dios que así siga hasta el alba —contestó el que dirigía la ronda—, que acabo mi turno. Pero vaya vuestra merced con cuidado, que nunca se gana para disgustos. Y quedad con Dios.
—Y vos con él.
Siguieron adelante, pegados a las casas que flanqueaban la calle.
Pasaron junto a la iglesia de Santa María, y se persignó el físico como era su costumbre, murmurando una prez breve.
El zagal caminaba un paso a la cabeza. A medida que avanzaban hacia el alcázar, la calle se estrechaba, se inclinaba levemente y los aleros se juntaban arriba como si quisieran cubrir el cielo.
A la izquierda, casi oculta, se abría la calle del Factor, una hendidura negra en la noche, más estrecha todavía.
—Por aquí, maese —indicó el chiquillo.
—Que ya lo sé, pardiez.
Se adentraron en la calle, ganada por una oscuridad absoluta que el farol de aceite del médico apenas penetraba. Se oyó entonces el chirriar de un portón, tal vez movido por el airecillo, o tal vez no, y un tintineo metálico unos metros por delante.
En ese instante, cuando ya se habían adentrado unas decenas de pasos en la calle desierta, el mozuelo, sin previo aviso, echó a correr, regresando a la calle Mayor. Primero se perdieron sus contornos en las tinieblas; luego, dejaron de oírse sus pisadas.
—¡Pero, ¿adónde vas, granuja?! ¡¿Por qué corres, pardiez?! ¡Vuelve aquí o te las verás conmigo, truhan! ¡Que no sé dónde vive tu amo! ¡Que tienes que conducirme hasta él, voto a bríos!
Dos figuras embozadas surgieron de pronto ante el físico, como apariciones. Ni bajo tortura habría sabido decir de dónde habían salido.
—A la paz de Dios —tartamudeó, espeluznado. Fruncía los ojos intentando adivinar los rasgos de esas dos figuras encaperuzadas, que la escasa luz de su farol no aclaraba, pero, en la oscuridad, era como si no tuvieran rostro. El susto se le convirtió en espanto—. Soy médico y voy a...
—¿Francisco Velasco? —La voz también era oscura como esa noche—. ¿Sois vos Francisco Velasco?
—¡Yo soy! —admitió el galeno, esperanzado ahora: a lo mejor esos dos hombres, o lo que fueran, habían venido a guiarlo hasta su paciente—. ¿Vienen vuestras mercedes a...?
—¿Sois vos el Francisco Velasco que fue médico en el alcázar?
—¡Justo yo! ¿Serían tan amables vuestras mercedes de decirme...?
—¿El que fue médico del príncipe Carlos?
—¡Sí, sí, yo soy! Y si les place que...
Mas no pudo finalizar el físico su cuestión.
Una de las figuras, la que estaba más a su izquierda y no había pronunciado palabra, extrajo de su capa la mano, en la que destellaba un cuchillo de matarife.
Y sin explicación alguna, lo clavó justo en el corazón del desdichado médico Francisco Velasco y Ulloa, que ya estaba muerto cuando cayó al suelo.
—Recuerdos al príncipe —dijo el bravonel, con un acento extraño en su pronunciación, limpiando el cuchillo sangrante en el ropón del físico.
El segundo sicario sacó del bolsillo de su jubón un cedulón que sujetó fuertemente en las vestiduras del muerto, engarzándolo entre sus botones, de tal forma que la brisa no pudiera llevárselo consigo.
Luego, ambos se perdieron entre las sombras de la calle del Factor.
***
—Otro borracho, pardiez. El alcaide de la cárcel de la villa va a estar contento. Es el séptimo alumbrado de la noche. ¡Eh, tú, despierta, miserable!
Y el alguacil pateó sin misericordia el cuerpo tendido en la calle del Factor.
Pese a la violencia de la patada, el cuerpo del hombre tumbado en mitad de la calle no se movió del sitio. Con la fuerza de la coceadura se levantó apenas unas pulgadas y volvió a quedar en el lugar, inerte.
—¡Eh, mirad, Benítez! —dijo otro de los alguaciles, señalando el cuerpo con su vara de justicia—. ¿No es eso sangre? ¿Y qué es lo que lleva en el ropón?
El primero de los alguaciles, el llamado Benítez, se agachó junto al cuerpo, le acercó su farol y dio un respingo.
—¡Este fulano está muerto, voto a bríos! ¡Lo han aguaitado a puñaladas, por las barbas de Barrabás!
—A ver, dejadme ver —pidió el segundo alguacil.
Y desengarzó el cedulón abrochado al ropón del difunto, le acercó su farol y miró lo que en él había escrito.
—¿Y esto qué narices significa, pardiez?
—¿Qué es lo que pone?
—Esto. —Y le enseñó a su compañero el papel, donde figuraban diez simples palabras:
Que lo sepa el rey Que aquí yace su cómplice
Y, debajo, un signo indescifrable para aquellas justicias:
♄
Ambos ministriles se quedaron unos instantes contemplándose, perplejos. Tras ellos, los restantes miembros de la ronda aguardaban, también intrigados por la reacción de sus camaradas.
—Mala espina me da todo esto, Zuasti —aseguró el primero de los alguaciles, enderezándose y cuidando de no pisar los restos del farol del médico esparcidos por el suelo.
Y aunque no había un alma por los alrededores, noche cerrada como era aún, espetó—: ¡Nadie se acerque!
¡Por orden de la villa, queda vedado el paso!
—Que no hay nadie, Benítez, voto a tal —exclamó el otro alguacil. Y girándose hacia el resto de los integrantes de la ronda preguntó—: ¿Alguien conoce a este sujeto?
Todos negaron, tras acercarse uno a uno, con sus faroles, al cadáver y examinar sus facciones descompuestas por el asombro y el dolor.
—¿Y alguien sabe qué diantres significa este símbolo...
o lo que sea? —inquirió luego, mostrando el papel a alguaciles y corchetes, que negaron igualmente.
A renglón seguido se acercó hasta el cuerpo, rebuscó entre sus ropas y extrajo su faltriquera.
La abrió y sobre la palma de su mano abierta se derramaron un par de monedas de plata y un puñado de chavos.
Observó después el anillo del muerto, de oro y con una piedra oscura engarzada, tal vez un ónice o un azabache.
—Muy bien, pues. Esto, mucho me temo, escapa a nuestra jurisdicción.
Cuando se cita al rey como aquí se hace, y de tan desalmada manera, otras instancias, más altas que nosotros, son las competentes.
—Señaló el cadáver—. Por su indumentaria, este hombre no era un maleante ni un borracho.
De hecho, ni sus vestidos ni su cuerpo huelen a alcohol.
Por su ropón y su bonete, deduzco que este infeliz era médico letrado, no un simple barbero.
Y por lo que pone en el papel, puede tener relación con el rey nuestro señor.
Y no se trata de un robo, pues aquí está su bolsa, intacta, y no se han llevado el anillo que lleva en el dedo, que es de oro, si no yerro.
Es hora, por tanto, de dar parte al escribano del crimen a fin de que levante acta, certifique el hallazgo y describa el estado del cuerpo y del lugar.
Y luego al licenciado don Martín de Espinosa, el corregidor de la villa.
Que ya él, por la cuenta que le trae, sabrá qué hacer.
A nosotros no nos pagan por desfacer tan gran entuerto.