7. EL DEVORADOR #2
—Lo que os voy a mostrar —dijo entonces Felipe, extrayendo de su jubón negro el papel donde había dibujado el símbolo grabado en los anaqueles de la torre— lo habéis de guardar para vos como si de un secreto de confesión se tratase.
Es algo que puede afectar a la estabilidad del reino y al futuro del imperio.
Juan de Herrera contempló al monarca, sabedor de que era llegado el momento del que este le había hablado al comienzo de ese paseo insólito y de aquella recóndita conversación.
—Lo que me digáis o mostréis morirá conmigo, majestad —aseguró Herrera, tan solemne el tono de su voz como había sido el de Felipe.
Tendió este al alarife el papel con el símbolo hermético.
—Este símbolo que veis estaba grabado en los anaqueles de la torre vieja del alcázar, donde mi hijo el príncipe Carlos murió. ¿Lo reconocéis?
Tomó don Juan de Herrera el pliego, examinó el tosco dibujo y, tras unos instantes de examen que al rey se le antojaron interminables, asintió, pensativo.
—Sí.
—¿Sabéis qué es? ¿Sabéis qué significa? —preguntó con ansia el rey de España.
Volvió a contemplar el arquitecto el emblema y estuvo de nuevo durante más de un minuto con la vista clavada en ese extraño símbolo, como si pudiese, hendiéndolo con la mirada, descifrar de tal modo su significación. Al cabo, levantó los ojos y los fijó en Felipe.
—Quien ha grabado este símbolo en la torre vieja solo desea vuestro quebranto y vuestro perjuicio. Si es lo que pienso, este símbolo es una clara amenaza hacia vuestra majestad.
Y señaló, con la uña perfectamente recortada de su dedo índice, el misterioso emblema:
♄
—¿Sabéis, pues, qué es? —inquirió de nuevo el rey, con la voz preñada de ansiedad.
—Creo saberlo, señor.
—Pues hablad.
—Creo que es el símbolo del Devorador, majestad, pero cruzado por una línea horizontal, que interpreto como señal de muerte.
—¿El símbolo del Devorador? Explicaos, por Dios bendito.
—Con tal nombre se conoce al dios Saturno, de la mitología romana. El Devorador. En la mitología griega, como bien sabéis, el dios Saturno recibía el nombre de Cronos.
Calló el arquitecto, dejando que ese nombre resonara en el aire calmo de los jardines. Felipe cerró los ojos con fuerza. Cuando los volvió a abrir, había en ellos un brillo de agua y un centelleo de horror.
—Saturno, Cronos... El dios que devoraba a sus hijos por miedo a que lo derrocaran —susurró con un hilo de voz.
—En efecto, señor —admitió Herrera con un timbre de pesar—. Pero no logro entender el porqué de ese signo en la torre. ¿Qué tiene que ver con...?
Levantó la mano el rey, interrumpiendo al alarife, y extrajo de su bolsillo la carta anónima y se la tendió al arquitecto.
—Leed —dijo con la voz llena de congoja.
Herrera, tras una breve ojeada, levantó la vista del texto y se dirigió a su señor.
—No está firmada —observó.
—Un anónimo, cierto.
—Y está aquí el mismo símbolo que antes me habéis mostrado.
—Así es.
—¿Esta carta...?
—Ha sido dirigida a la Suprema, al inquisidor general don Gaspar de Quiroga. Me hizo entrega de la misiva ayer. Pero leed, os lo ruego.
Juan de Herrera leyó sosegadamente la carta, sin querer perderse el significado de ni una sola de las palabras que contenía, pues conjeturaba que sería preguntado por el rey al respecto.
—Esto es una ignominia, señor —afirmó, muy grave, tras acabar la lectura; tendió la carta al rey, pero este le hizo un gesto para que la conservara entre sus manos—. Es una afrenta inadmisible, majestad, para la que cualquier castigo sería escaso.
—No me preocupa el castigo, don Juan, sino el efecto que podría tener esta carta si se hiciese pública.
—La Suprema no se atreverá a...
—No, no, por supuesto que no —interrumpió el soberano—.
La Inquisición sabe hasta qué punto depende del rey.
Pasé por que requirieran mi testimonio en el proceso contra fray Bartolomé de Carranza, pero don Gaspar y los demás inquisidores saben que, si se atrevieran a hacer pública esta esquela, o si osaran iniciar proceso o de cualquier otro modo se inmiscuyeran por virtud de ella en los asuntos del reino, acabaré con todos ellos aunque me cueste una guerra con Roma.
No. No es eso lo que me inquieta. Lo que en verdad me mortifica es que el autor de esa...
, de ese libelo..., de esa canallada, no cese aquí en su ruindad y haga llegar su infundio a...
a sabe Dios a quién... A Isabel de Inglaterra, o a Enrique de Francia, o a Guillermo de Orange, o al cardenal Enrique de Portugal, o al mismísimo papa...
¿Quién sabe de qué puede ser capaz quien ya lo ha sido de expresar tamaña vileza como es acusarme de la muerte de mi hijo el príncipe?
Y eso si es que algunos de quienes he nombrado no está detrás de toda esta bellaquería...
—El mismo símbolo, en la carta y en la torre vieja, donde vuestro hijo murió...
—murmuró Juan de Herrera, plenamente consciente de que ese símbolo no era sino la representación alegórica de la gravísima acusación, de la atroz incriminación que la carta anónima contenía—.
Si me permitís que os lo diga, ese símbolo resume todo el contenido del anónimo, majestad: el dios que devora a sus vástagos, el rey que mata a su hijo...
—Dios mío... —murmuró el rey, que parecía haber envejecido un lustro—.
Llevo toda la vida peleando por Dios y por estos reinos que Dios y mi padre el emperador me legaron, y ahora...
ahora... ¿En eso quieren que quede? ¿Así pretenden que pase a la posteridad?
¿Como un monstruo mitológico que asesina a su hijo?
—Nadie lo piensa, majestad. Todos hablan de vuestra majestad como un rey sabio y prudente. Como un rey que gobierna con mano instruida e infatigable a sus vasallos. Solo la mente perturbada que haya redactado esa carta puede pensar de otra manera.
—Me decís que el símbolo está cruzado por una línea horizontal que anuncia o presagia una muerte...
—Así es, señor —afirmó Herrera, y sacó de su jubón un cuadernillo y un trozo de carbonilla que siempre llevaba consigo—. Si me permitís...
Y, con mano experta y con la resolución que dan años de trazar planos y delinear formas, dibujó en el papel un emblema que enseñó al rey.
♄
—Este es, en realidad, el símbolo de Saturno, majestad, el signo del Devorador —explicó—.
Como podréis observar, se diferencia del que ha aparecido grabado en la torre vieja y en la carta en que este que os he trazado carece de la línea horizontal que cruza a los otros por la mitad.
Representa una guadaña, estilizada, es cierto, pero una guadaña.
Se debe tal cosa a que, en la Antigüedad, las estatuas de Saturno portaban una guadaña o una hoz, símbolos de la cosecha.
Saturno, hijo de Caelus, dios primordial del universo, era el esposo de Ops y padre de Júpiter.
Se le representaba como un dios anciano con la cabeza cubierta, portando una segadera.
Se dice que reinó así y que subyugó a muchos reinos.
Como vuestra majestad, señor, que reina en medio mundo.
Os lo digo con todo respeto, solo para que observéis el paralelismo.
—Continuad.
—Según la tradición mitológica, Saturno supo por una profecía de Temis que podría ser expulsado de su reino por su propio hijo, así que, como bien habéis dicho, solía devorar a cuantos vástagos su esposa paría.
Un día, cuando Saturno salía al campo para ejercitar su cuerpo, el joven Júpiter le cortó los testículos con un cuchillo y expulsó a su padre de su reino.
—Y esa raya horizontal...
—Es como si destruyera al dios que representa el símbolo, señor. Como si augurara su muerte.
—Y yo soy Saturno —dijo Felipe, en voz baja, con un timbre de desesperación, de agonía, pronunciando cada palabra como un estertor, y hablando más para sí mismo que para el otro—, el rey que domina un vasto mundo pero que dio muerte a su hijo para que no le arrebatara el trono.
Y se pronostica mi fin, la pérdida de mi reino o incluso mi muerte... ¿Ese es el futuro que me aguarda?
—Majestad, os insisto, esto —dijo Herrera, blandiendo la carta como un gallardete— no es más que un pasquín de un desquiciado, la obra de un orate. No debéis hacerle caso, majestad.
Felipe se puso de pie, trabajosamente. Juan de Herrera lo imitó de inmediato. Los cipreses, a pesar de la brisa que de pronto había saltado, apenas se movían, como si no quisieran distraer a esos dos hombres atribulados. Sobre las terrazas de piedra planeó un milano silencioso.
—Vos, don Juan —dijo entonces el rey—, que pasáis los días en San Lorenzo y estáis alejado de la corte y por tanto no os alineáis con ninguna de las banderías y parcialidades de mis criados, aunque conocéis a cada uno de los súbditos que me rodean, decidme: ¿quién pensáis que puede estar detrás de esa...
de esa amenaza? ¿Qué mano ha podido ser la autora de esa carta?
—La sospecha es la antesala del yerro y de la injusticia, señor —respondió Herrera—. No creo que ninguno de vuestros vasallos os desee ningún mal y estoy seguro de que ni uno hay que anhele para el reino otro monarca que vuestra majestad.
—¿Habéis visto antes el símbolo, don Juan? —pregunto el rey—. No sé... En un gremio, en una fraternidad...
—Jamás, señor. Con esa raya horizontal, jamás.
—¿Conocéis bien a mi hermanastro don Juan de Austria?
—Rara vez me crucé con él.
—¿Creéis que mi hermanastro don Juan pudiera estar detrás del anónimo y la amenaza?
—Si don Juan es hijo de vuestro padre el emperador, que Dios tenga en su gloria, como así es, lo dudo mucho, señor.
—¿Qué he de hacer, pues, ahora? Imaginad que lo que os planteo es un problema constructivo, una falla advertida en el monasterio, algo que puede derruir lo edificado. ¿Qué me aconseja vuestra merced? ¿Qué haríais vos?
—No lo sé, señor —respondió Herrera, consternado—. El problema que me planteáis no se soluciona con argamasa ni con contrafuertes ni reforzando los pilares de la obra. Pero recordad que también Saturno es el padre del tiempo. Y el padre del tiempo, majestad, cobra siempre su deuda.