7. EL DEVORADOR
E L D EVORADOR
Juan de Herrera saludó al rey con una reverencia formal, casi geométrica, como si, incluso con ese gesto formulario y obsequioso, quisiera poner de manifiesto su pasión por la exactitud de las formas, por el ars luliana y la cábala matemática.
Era Herrera, el gran arquitecto de Felipe II y factótum del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, en la dirección de cuyas obras había sustituido, modificando sus trazas originarias, a Juan Bautista de Toledo, un hombre apuesto que frisaba la cincuentena, aunque su apostura desmentía su edad avanzada.
De estatura mediana, era de complexión delgada pero sólida, con un porte que evidenciaba que había pasado la vida midiendo proporciones y estudiando el equilibrio de las cosas.
Su rostro, alargado y serio, mostraba una frente amplia y despejada, la de un hombre dado al cálculo y la contemplación.
El cabello, oscuro en su juventud, era ahora de color gris acerado, peinado hacia atrás, dejando ver unas sienes marcadas que le daban un aire de gravedad intelectual.
Llevaba una barba corta y bien perfilada, siguiendo la moda de la corte, y un bigote fino y perfectamente delineado.
Sus ojos, de color castaño oscuro, tenían una expresión penetrante pero tranquila; eran ojos acostumbrados a observar cada detalle y, a la vez, a levantar la mirada hacia la idea total del edificio.
Miraban con la serenidad de quien piensa antes de hablar y mide antes de actuar.
—Don Juan —saludó Felipe.
—Majestad —correspondió el arquitecto.
—El día —observó el rey, poniéndose en pie y señalando el ventanal del alcázar— es cálido y despejado.
Me vendría bien algo de ejercicio, pues llevo días en que apenas si puedo levantarme de la mesa, de tantos billetes y legajos como tengo que leer y firmar.
¿Os apetece que paseemos por los jardines?
—Como deseéis, señor.
El alcázar se levantaba sobre un promontorio defensivo, de planta irregular, y apenas tenía espacio para grandes extensiones verdes.
Sus jardines eran, por tanto, pequeños, más propicios para el recogimiento y el paseo que para la ostentación.
Había en ellos parterres rectangulares, caminos de grava clara, pequeñas fuentes circulares y setos de boj recortados para dibujar bordes y figuras geométricas, de las que, al igual que su arquitecto, tan amante era el rey.
Aquí y acullá, se alzaban cipreses —símbolo de lo eterno, tan del gusto también de Felipe—, granados, laureles y almeces, y se derramaban sencillos rosales y hierbas aromáticas como romero, espliego y mejorana.
Ambos hombres pasearon por aquel paraje ameno y placentero, vigilados de lejos por cuatro soldados de la guardia tudesca de alabarderos.
Felipe, que comenzaba a mostrar los síntomas de la gota y sufría de dolores articulares en las piernas, caminaba con andar pausado y cuidadoso.
Herrera, por su parte, y aunque procuraba mantenerse siempre a la altura de su señor, avanzaba con pasos medidos, mirando dónde pisaba, como si incluso su andar obedeciese a proporciones que solo él conocía.
Durante un rato, mientras paseaban y respiraban el aire puro del valle, estuvieron conversando sobre las obras de El Escorial, iniciadas hacía ya quince años y cuyo final aún no se atisbaba, y recabó el rey de su alarife información detallada sobre el ritmo de la edificación de la basílica del monasterio, para pasar luego a discutir sobre quién habría de ser el autor de los frescos.
Por el genovés Luca Cambiaso se decantaba el rey; por el lombardo Pellegrino Tibaldi, llamado Il Pellegrini, el arquitecto Herrera.
Era como si demorar el meollo de la cuestión que había llevado al rey a requerir la presencia de su arquitecto en el alcázar la hiciera más llevadera.
—Sentémonos —propuso el soberano cuando ya llevaban un buen rato de paseo, señalando un banco situado junto a una de las fuentes—.
Cada día me canso antes, don Juan, y es lo que me digo, que no puede ser bueno ni para el cuerpo ni para el espíritu pasar todo el día entre papeles.
Cuánto echo de menos las jornadas de caza en El Pardo o en Aranjuez.
Hará ahora... pues... —y pareció hacer un rápido cálculo mental— casi un mes que no disfruto de la ballesta y de las perdices y los conejos.
Y de montar a caballo ni le cuento a vuestra merced.
Se me hace muy difícil cabalgar como antes lo hacía y, cuando lo hago, quedo baldado para un par de días.
¡Ah, la edad, tirano malvado que impide el goce de los placeres que antes nos eran cotidianos y que el tiempo convierte en inalcanzables!
—La edad también tiene ventajas muy saludables —repuso el alarife—: da la quietud del ánimo que conduce a la sabiduría, señor. Aunque eso, sabiduría, es algo que nunca le ha faltado a vuestra majestad.
—Sentémonos —dijo el rey; alcanzaron el banco y, cuando ambos ya se hubieron acomodado, y con un tono grave de la voz fue a la cuestión—: Os he hecho llamar, don Juan, por un asunto que nada tiene que ver con las obras de San Lorenzo.
Un asunto del que no puedo hablar con nadie y para el que necesito vuestra ayuda.
Torció el cuello Herrera, sorprendido por ese tono trascendental de la voz del monarca.
—Nada hay que más pudiera complacerme que serle de ayuda a vuestra majestad.
Retiró la mirada el rey de su arquitecto, como sopesando sus siguientes palabras, y la fijó en un ciprés cercano, entre cuyas ramas un cernícalo, de tardía anidada, parecía observar a ambos hombres.
Lo contempló el rey con interés, pues era conocida su pasión por las aves, demorando de nuevo el abordaje de la cuestión, y regresó luego la vista hacia Herrera que, sentado a su lado, aguardaba sus palabras con cierta prevención.
—Sabéis que hay astrólogos en la corte, y nigromantes y criptógrafos que tal vez pudieran serme de ayuda en el dilema que en estos días me ocupa, pero, aunque respeto sus artes, en ninguno confío como en vos.
—Os lo agradezco, majestad —correspondió Herrera, desconcertado por la efusión del rey, harto desacostumbrada en alguien tan circunspecto y cauto como él—. Solo espero ser digno de vuestra confianza.
—Sé que sois hombre versado en muchas ciencias, no solo en la arquitectura y la delineación, disciplinas en las que sois un maestro.
Sé que también os interesan la metafísica, la filosofía, la astrología, las enseñanzas de Lulio, sobre las que en más de una ocasión vos y yo hemos tenido ocasión de conversar.
E igualmente conozco vuestro entusiasmo por las ciencias herméticas.
—Pienso, señor, como bien le consta a vuestra majestad, que el vínculo entre las diferentes disciplinas del saber humano es natural en un mundo en el que todo está eslabonado y no de manera caprichosa.
Las matemáticas, la geometría, la astrología e incluso la música son manifestaciones del orden cósmico que traducen el plan de Dios, que llevó a cabo su creación según un número y medida.
—Sí, hemos hablado de ello —admitió Felipe, con una sonrisa lánguida— allá en El Escorial, entre grúas y andamios y martillos. Y todo entronca con el espíritu, ¿verdad?, con la realidad de que existe un mundo no material, un espacio interior donde sucede el conocimiento.
—Así es, señor. El hombre en sí mismo es un pequeño mundo, integrado en leyes que no son solo las de los reinos, sino también de la naturaleza, que presiden por igual la armonía matemática, la teoría astrológica de los cielos y la estructura geométrica del universo.
—¿Creéis, pues, en la astrología, don Juan?
—No creo en la charlatanería de adivinos y agoreros, majestad.
Sí creo en la ciencia que, a través de la observación, informa de la correspondencia entre el movimiento del orbe y su influencia en la Tierra.
Dios, que es el supremo arquitecto, construyó el universo según unos arquetipos, y nos enseña, como hizo con Jacob, que hay que llegar al fondo de las cosas a través de la observación de símbolos y paradigmas.
Vos mismo, señor, me hablasteis encomiásticamente de don Matías Hato, el médico de vuestro augusto padre el emperador, y del horóscopo que elaboró para vuestra majestad, el Prognosticon .
—Cierto es, aunque debo deciros que erró en el número de esposas con quienes me casaría —dijo Felipe, ensanchando algo aquella sonrisa lánguida que no por ello perdió su barniz de lasitud—.
Profetizó que serían tres las mujeres con quienes me desposaría y ya voy por la cuarta, tras mis nupcias con su majestad la reina doña Ana.
—Recuperó su seriedad ingénita y miró fijamente al arquitecto real—.
Habéis hablado de los símbolos, don Juan.
—Lo he hecho, señor. Creo que los símbolos ayudan a la comprensión e interpretación del mundo, majestad.
Son una forma de observar más allá de lo que se ve a simple vista, revelando significados profundos y universales que trascienden lo material y cotidiano.
Vuestra gran obra, el monasterio de San Lorenzo, sin ir más lejos, está llena de símbolos, como bien sabéis, pues nada he hecho sin vuestro consentimiento y todo para vuestro contentamiento, y serán muchos más cuando la construcción por fin se concluya.
Quedó en silencio el rey de España, cogitabundo.
Trinó en ese instante el canto dulce de un mirlo posado en un laurel.
Era un canto melódico y aflautado, llamando a la hembra o marcando el territorio con ese silbido armonioso.
De pronto, como si supiera que el rey lo observaba, el pájaro levantó su pico amarillo, cesó en su canto y alzó el vuelo, perdiéndose tras la torre dorada del alcázar.