Conjura contra el rey Felipe 6. UNA CARTA EN NAMUR #2
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6. UNA CARTA EN NAMUR #2

Hendrick van der Meer, el galeno flamenco, era un hombre de unos cuarenta y tantos años, más bien alto, de hombros estrechos y una figura que parecía haberse estirado más de lo natural, como una cangreja demasiado tensa.

Llevaba una barba fina, perfectamente delineada, que apenas lograba suavizar la expresión adusta y vigilante de sus ojos grises.

Tenía las mejillas hundidas y una frente amplia donde comenzaba a retirarse el cabello rubio oscuro, siempre peinado hacia atrás con una precisión casi quirúrgica que en realidad era falta de limpieza.

La piel, pálida y ligeramente moteada por el clima húmedo del norte, le daba un aire de perpetua fragilidad que contrastaba con la firmeza meticulosa de sus manos: largas, huesudas, frías, acostumbradas al pulso del enfermo y al escalpelo.

Su voz era baja, lenta, y se movía siempre como si temiera perturbar el aire a su alrededor.

—Tomad, señor —dijo el físico, tendiendo hacia Juan de Austria una jarra colmada de un líquido oscuro y humeante.

El hermanastro del rey acercó sus labios al recipiente y, comprobando la temperatura del brebaje, lo fue ingiriendo sorbo a sorbo, hasta vaciarlo por completo.

—Sabe a rayos, pardiez —espetó luego, reclinándose en el asiento y limpiándose los labios con la manga del jubón.

Un retortijón del vientre lo obligó enseguida, sin embargo, a erguirse y llevarse ambas manos al estómago.

Unas punzadas lacerantes, como mordiscos de un animalejo que anidara entre sus tripas, le hicieron cerrar los ojos, apretar los dientes y asirse con más fuerza el abdomen; se lo notó duro y rígido—.

¿Qué es esto que me habéis dado hoy, voto a tal, Van der Meer?

—Una tisana de jengibre, manzanilla y romero, señor, nada más —respondió el físico con esa voz parsimoniosa suya, en un castellano preñado de acentos flamencos—. Os irá bien para el dolor de cabeza, enseguida sentiréis alivio, os lo aseguro.

—Pero el dolor de cabeza no es más que un síntoma, ¿no es así, maese Hendrick? Decidme, y sedme sincero, os lo ruego. ¿Qué es lo que sufro en realidad? ¿Pudiera ser el tabardillo?

—Vuestra excelencia apenas tiene vómitos...

—¡No tengo nada que gormar, pardiez, apenas como!

—El tabardillo, señor, también llamado por nosotros los físicos morbus lenticularis , se caracteriza por calenturas altísimas, dolor de cabeza intenso, erupciones en la piel, debilidad generalizada, náuseas, vómitos y confusión mental.

Y vos, don Juan, aunque padecéis esas horribles cefalalgias y tenéis algo de fiebre, y aunque os duele el vientre, apenas sufrís de náuseas ni vómitos, según me decís, ni tenéis erupciones, ni se os ve nebuloso o desordenado.

—¿Qué es lo que sufro, pues? Decidme, y hacedlo de forma que os pueda comprender.

—La medicina, excelencia, no es omnisciente.

Los mejores médicos del mundo son la dieta, la sangría y el reposo.

De todas formas, os prescribiré baños fríos para bajar la calentura y os prepararé unos cocimientos de cebada y cinamomo, que van bien contra el morbus .

Y, si me autorizáis, os practicaré una sangría diaria y...

—¡Ni se os ocurra acercaros a mí con la lanceta, voto a tal! ¡De bastante debilidad sufro ya como para que me extraigáis más líquido vital! Y ahora, si no tenéis nada mejor que hacer...

E hizo un gesto con la mano despidiendo al galeno, antes de caer abatido por un nuevo ataque de tos abrupta y húmeda.

El médico asintió, anunció que estaría cerca, por si sus servicios eran de nuevo requeridos, hizo una leve reverencia al gobernador general de los Países Bajos y se retiró de la estancia con sus avíos e instrumentos.

***

Se estaba quedando amodorrado, extenuado por la fiebre, cuando el escribiente Gómez de Mendoza solicitó venia para entrar en sus aposentos.

—Señor, perdonad que os moleste, pero es algo importante —se disculpó—. Ha llegado esto al castillo y creo que vuestra excelencia debiera verlo sin tardanza.

—¿Qué es? ¿No es algo que pueda esperar a esta noche o mañana?

—Deberíais leerlo, señor.

—Dadme, pues —se rindió Juan, llevándose de nuevo las manos a las sienes.

Las bizmas del maldito médico flamenco aún no habían comenzado a darle alivio y la cabeza le retumbaba como un atabal.

Tomó de manos de Borja Gómez de Mendoza un sobre abierto, del que extrajo una carta que desplegó y alisó con la mano contra la mesa.

Comenzó a leerla, mas se detuvo de inmediato.

En efecto, y por lo poco que había leído, no era cosa trivial.

Lejos de ello, advirtió enseguida que contenía una ostensible amenaza.

—Alzó la vista hacia su escribiente—. ¿Quién la remite?

—Nadie, señor, y eso es lo extraño. Además de lo que en ella se dice. Estaba con vuestra correspondencia, que cada día abro como me tenéis ordenado. Deberíais leerla entera.

—¿Cómo ha llegado hasta vos?

—Como le he dicho a vuestra excelencia, estaba con el resto de la correspondencia.

—¿Alguien, pues, la ha dejado en mano en el castillo?

—Así ha de ser, don Juan.

—Interrogad a la guardia, a ver si podéis descubrir quién dejó la carta en la ciudadela.

—Por supuesto, señor.

Juan de Austria, frunciendo los ojos para aguzar la visión, que cada día tenía más débil y turbia, intentó descifrar aquella caligrafía pulcra y esmerada.

—No está cifrada —observó.

—No, señor. Leed, os lo ruego. O si preferís, le puedo dar yo lectura, si vuestra excelencia está muy cansado.

—No, no os preocupéis. Aún puedo leer, pardiez, aunque no sé por cuánto tiempo. Dejadme solo, os lo ruego.

Salió el escribiente de la cámara y, en cuanto lo hubo hecho, un nuevo ramalazo de dolor, esta vez más agudo e hiriente, le atenazó el vientre, obligándole a soltar la carta y llevarse las manos al abdomen, como si el calor de sus dedos, abrasados por la calentura, pudiera aliviar ese insufrible suplicio.

Cuando la ráfaga de dolor amainó un punto, volvió a asir la carta con manos trémulas y leyó:

Al que se dice hijo de emperador y brazo armado del rey,

Ni vuestra espada en Lepanto ni vuestro nombre en Castilla podrán libraros del destino que ya desciende sobre la casa que servís.

El imperio de los Austrias se halla postrado, corroído desde dentro por la sangre que ha derramado y por la que aún derramará.

Donde antes se alzaba una corona que pretendía dominar el orbe, hoy solo queda un edificio agrietado, sostenido por hombres que ya no creen en él.

Él devora lo que engendra, y su estirpe y su imperio pagarán su malevolencia. Ya cayó, de la propia mano de su padre, el hijo que nunca llegó a reinar; cayó el secretario que os servía con fidelidad; caerán otros que aún pasean seguros por palacios y fortalezas.

El rey mandó matar a su hijo Carlos. ¿Qué podrá detenerle?

Y ahora, vos, don Juan, sois el siguiente en sentir su sombra.

Sabedlo: no hay muro en esta ciudad que pueda defenderos, ni guardia española que vigile vuestro sueño, ni mercenarios alemanes que os protejan.

La muerte corre más veloz que los caballos del rey, y la traición se sienta más cerca de vos de lo que vuestra merced imagina.

El imperio se arrastra hacia su fin; cada provincia que arde en rebelión es un miembro que se desprende. La verdad se impondrá. Y los Austrias, en su soberbia, no ven que el coloso se desmorona desde los pies.

Cuando vos caigáis —y caeréis, no tengáis ninguna duda—, será el aviso primero. Cuando caiga el rey, será el cumplimiento.

El símbolo que encabeza estas letras no es superstición, sino sentencia.

No busquéis al autor: no escribe por temor, sino por deber.

No habrá clemencia.

Volvió la vista arriba, al principio de la carta, para fijar su atención en aquel símbolo del que se hablaba y que, al comenzar la lectura, le había pasado desapercibido:

♄

Intentó fijar la vista en ese símbolo incógnito y hermético, pero sintió que la visión se le hacía cada vez más borrosa y que comenzaba a marearse. Un nuevo dolor más penetrante le acometió el vientre, la pulsión de las sienes se había tornado insoportable.

¿Qué significaba ese símbolo, qué amenaza auguraba, qué mal predecía, qué iniquidad encerraba, por el amor de Dios?

¿Y quién había escrito y remitido esa carta?

¿Y cómo era posible que alguien acusara al rey de la muerte de su propio hijo el príncipe Carlos?

¿Y por qué?

Sintió que la vista se le desvanecía, que las fuerzas le abandonaban, que el mundo, ese mundo del que se vaticinaba su fin, le daba vueltas alrededor.

Cayó al suelo con estrépito, lo que provocó la alarma entre sus criados.

Borja Gómez de Mendoza fue el primero en entrar en la estancia privada de Juan, y hallólo en el suelo, respirando agitadamente.

Dio aviso a gritos al médico flamenco Hendrick van der Meer, que aún se hallaba en las inmediaciones de la cámara del gobernador, por lo que llegó enseguida.

Mandó que incorporaran al enfermo y lo acostaran en el diván de su despacho, donde lo examinó, inspeccionó sus pupilas y su pulso y le olió el aliento.

—Vive —dictaminó al cabo—. No ha sido más que un mareo. Un vahído, posiblemente fruto del agotamiento. Mandad que me traigan vinagre de las cocinas.

Gómez de Mendoza impartió la orden a uno de los criados mientras Van der Meer rebuscaba en su caja de cuero de médico entre lancetas, cuchillos pequeños de hoja curva para abscesos, agujas e hilos gruesos para sutura, pinzas de hierro, espátulas de hueso y cauterios hasta dar con un frasquito donde, cuando se lo trajeron, mezcló el vinagre con los ingredientes que contenía —un destilado de flores de naranjo amargo, agua y azúcar, según informó— hasta obtener un líquido uniforme.

Mientras rebuscaba en su caja y mientras mezclaba ingredientes y agitaba el frasco, leyó con sus ojos avizores y ávidos la carta anónima que hacía tan solo unos instantes había recibido Juan de Austria.