Conjura contra el rey Felipe 6. UNA CARTA EN NAMUR
19%

6. UNA CARTA EN NAMUR

U NA CARTA EN N AMUR

—¿Os encontráis bien, señor?

—Sí, sí, no os preocupéis —afirmó Juan de Austria, aunque la palidez de su semblante, sus ojos enrojecidos y las gotas de sudor que perlaban su frente desmentían su aserto—. ¿Qué se sabe de Guillermo?

—Sigue en Amberes, hasta donde tenemos noticia —afirmó Alejandro Farnesio.

Se hallaban ambos en la ciudadela de Namur, situada entre los ríos Sambre y Mosa, una de las fortificaciones más antiguas e inexpugnables de los Países Bajos, lugar estratégico para movimientos de tropas, suministros y comunicaciones.

Junto a ellos se hallaban otros de los principales mandos que formaban su Estado Mayor y su círculo militar en la campaña de Flandes: Alonso de Vargas, veteranísimo soldado, uno de los más afamados capitanes de los tercios; Sancho Dávila, el héroe de Amberes; Cristóbal de Mondragón, experto en ingeniería militar, asedios y maniobras en ríos y marismas; Francisco de Verdugo, coronel de infantería y castellano de Namur; Julián Romero, maestre de campo...

Junto a los militares españoles, estaban también allí, como integrantes de su Estado Mayor, soldados como el valón Claude de Berlaymont y el sajón Pedro Ernesto de Mansfeld, conde del mismo título.

Estaban próximos a cumplirse los dos años desde que Juan de Austria llegara a Flandes para sustituir a Luis de Requesens como gobernador general de los Países Bajos.

Y lo había hecho con el aura de haber sido quien aplastara la rebelión de los moriscos en las Alpujarras, quien saliera como triunfador de las campañas de Túnez y, sobre todo, como quien derrotara al Turco en Lepanto.

Pese a que el nombramiento pudiera entenderse como un alto honor que el rey de España le dispensaba, Juan había recibido con prevención y desagrado la orden de abandonar Italia para dirigirse a Flandes y ocuparse de su gobierno, sabedor de la extrema dificultad de la empresa.

Pero, ante una orden del rey, los leales obedecían sin reparos y sin réplicas, y él era, ante todo, leal a su señor, a su hermanastro Felipe, por mucho que otros se empeñaran en susurrar lo contrario en los oídos del rey.

¡Y, en efecto, cuán dificultoso había sido todo desde entonces!

Recién llegado a Flandes, los Estados Generales se habían negado a reconocerlo como gobernador, a menos que aceptase jurar la Pacificación de Gante y los privilegios de las provincias.

Juan se vio forzado a aprobar esa pacificación y a firmar, en enero de 1577, el Edicto Perpetuo, por el que las provincias rebeldes reconocerían a Felipe II como su rey y a Juan de Austria como su representante y se obligarían a respetar el catolicismo a cambio de que los tercios españoles, italianos, alemanes y borgoñones abandonaran el país en un plazo de veinte días tras la ratificación del edicto por parte de Felipe II.

Además, España se obligaba a conceder una amnistía general.

Tras la ratificación del Edicto Perpetuo por el rey Felipe, las tropas españolas salieron de los Países Bajos hacia Italia, conforme a lo pactado.

Juan se quedó sin apenas apoyo militar y como un gobernador sin gobierno.

Adoptó, no obstante, una posición pacífica que no obtuvo resultados, y su situación se vio tan comprometida que decidió abandonar Bruselas, sede de la corte, e instalarse en Malinas.

Poco después, tuvo noticia de un complot para asesinarlo, por lo que tomó el castillo de Namur, donde se hizo fuerte y reclamó la vuelta de los soldados de los tercios desde Italia.

A finales de 1577 llegaba a Luxemburgo un ejército formado por casi veinte mil hombres, de los cuales seis mil eran veteranos españoles que acudían de nuevo desde Italia a Flandes bajo el mando de Alejandro Farnesio, hijo de Margarita de Parma y, por lo tanto, sobrino del rey Felipe y del propio Juan, para ponerse a las órdenes de este. La guerra, pues, continuaba.

A principios de 1578, el 31 de enero, las tropas capitaneadas por Juan de Austria y Alejandro Farnesio habían derrotado al ejército de los Estados Generales en la batalla de Gembloux.

Tras su derrota, Guillermo de Orange y gran parte de los nobles flamencos abandonaron Bruselas y se replegaron a Amberes, más fácil de defender.

Los ejércitos españoles fueron avanzando, consiguiendo victoria tras victoria, por lo que en poco tiempo controlaban completamente Henao, Namur, Brabante y Luxemburgo; pero la falta de financiación volvió a preocupar a Juan de Austria, quien mandó a su secretario, Juan de Escobedo, para solicitar al rey la ayuda militar y financiera necesaria para poder continuar con las campañas militares en los Países Bajos.

Escobedo no solo no tuvo éxito en su misión, sino que resultó víctima de un complot que le costó la vida, sin que sus autores, a pesar de las sospechas que existían y de que todas ellas apuntaban en una misma dirección —Antonio Pérez y la princesa de Éboli—, hubieran sido desde entonces detenidos y sometidos a juicio.

En lo que, según se decía, mucho había tenido que ver el hecho de que ese asesinato había sido consentido por el propio Felipe, algo que su hermanastro se resistía a creer.

—¿Cuáles son sus fuerzas? —preguntó Juan de Austria.

—Según los últimos informes recibidos —contestó Alejandro Farnesio—, el príncipe de Orange se ha hecho con el apoyo de nuestros enemigos de siempre, Francia, Inglaterra y los protestantes alemanes.

Un ejército de doce mil mercenarios germanos, financiado por la reina Isabel de Inglaterra y al mando del duque Juan Casimiro, hermano del elector palatino, ha entrado desde el este en apoyo de los calvinistas, mientras que, por el sur, ha entrado el duque de Anjou capitaneando a un ejército francés.

Dice que en apoyo de los católicos flamencos contrarios a España, pero ya sabe vuestra merced cuáles son en realidad la razón y el propósito que le mueven.

—Maestre Romero —inquirió Juan, llevándose el pulgar y el índice de la mano diestra a ambas sienes, que le palpitaban dolorosamente; notó su frente húmeda y enfebrecida; el dolor de su cabeza era insoportable, solo comparable al de su vientre, que parecía horadado por una falange de arañas—, ¿cuál es el último recuento de nuestro contingente, tras la última batalla?

—Unos once mil infantes —respondió Julián Romero— y aproximadamente ochocientos jinetes, don Juan.

—Detalládmelo, si os place, maestre.

—Por supuesto, señor. Varias unidades de los tercios viejos de Lombardía, Sicilia y Cerdeña, más algunas compañías aisladas dirigidas por don Sancho, don Francisco y don Cristóbal, aquí presentes. En total, casi cuatro mil españoles de los tercios, bien curtidos y experimentados.

—Los mejores, aunque mal pagados, don Julián. Pero proseguid, os lo ruego. ¿Qué tropas italianas nos acompañan?

—Unos tres mil hombres, señor. De las compañías napolitanas y milanesas.

—Buenas tropas. Leales, disciplinadas y eficaces en fortificaciones y asedios. ¿Y lansquenetes?

—Unos dos mil.

—Cruciales pero peligrosos, siempre dispuestos al motín.

—Y unos quinientos jinetes entre españoles e italianos, y unos trescientos de la caballería valona. En cuanto al dinero para las soldadas, señor...

—Sí, sé que...

Un ataque de tos acometió en ese instante a Juan de Austria. Una tos peñascosa y profunda, que le enrojeció el rostro y le dificultó la respiración.

—Don Juan, ¿os encontráis bien? —preguntó de nuevo Farnesio, acercándose a su viejo amigo de juventud, de aquellos tiempos en que la vida era cazar conejos y perseguir mozas en Alcalá de Henares con el fallecido príncipe Carlos.

Aunque tío y sobrino, eran prácticamente de la misma edad, treintañeros ambos, y abocados de igual modo a tan grandes empresas—. ¿Queréis un poco de agua?

—No, no, estoy bien —lo apaciguó Juan—. Es la cabeza, que me va a estallar. Tal vez sea mejor que lo dejemos ahora y continuemos después de la cena.

Ya en sus aposentos, pidió a Borja Gómez de Mendoza, el escribiente militar que le hacía funciones de secretario tras la muerte de Escobedo y ante la ausencia de Andrés de Prada, el nuevo asistente del hermano del rey, que se hallaba en Milán negociando refuerzos, que llamara al médico flamenco que lo atendía.

Los aposentos del gobernador se situaban en las cámaras altas del viejo castillo, dentro de la ciudadela, un conjunto de salas austeras donde la humedad trepaba por las paredes como un enemigo silencioso.

Desde sus ventanas estrechas veía el Mosa, gris y lento, y más allá los bosques que envolvían Namur.

El aire era denso, militar; siempre sonaban pasos de guardias, golpes de armas, el rumor de órdenes en español, latín, italiano y valón.

—Ese matasanos va a acabar con vos, señor —adujo el joven escribiente con un rictus de preocupación al ver la mala color del rostro del gobernador de Flandes.

—Tal vez, pero sus bizmas son lo único que me calman este maldito dolor de cabeza, que me está matando.

—Sí, don Juan, pero, a cambio, os traen las tripas a mal traer. Y la fiebre no se os baja, voto a bríos. ¿No sería mejor que dierais aviso a un físico español?

—Los médicos de los tercios saben de heridas abiertas por el hierro, de cabezas rotas por las mazas y de huesos fracturados, Borja, pero ¿qué saben de estas fiebres provocadas por este clima insalubre, por esta tierra olvidada de Dios? ¡Ah, cómo echo de menos Italia!

—Permitid al menos que un galeno del reino supervise a ese flamenco, por Dios, don Juan...

—Todos los médicos son necesarios para atender a los soldados heridos, y a los muchos que caerán próximamente. Sería egoísta por mi parte reservarme a dos físicos para mí. No, no os preocupéis, Borja, esas bizmas no acabarán conmigo.