Conjura contra el rey Felipe 5. EL SÍMBOLO OCULTO #3
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5. EL SÍMBOLO OCULTO #3

Examinó, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, los muros de la torre, uno por uno, de norte a sur, de este a oeste, y no halló símbolo alguno, ni muesca ni contraseña que destacara en la lisura desgastada de la roca, ni marca que pudiera desentrañar su enigma o quizá magnificarlo.

Al cabo, cuando, después de examinar el camastro y la mesa aledaña, se convenció de que allí no había ningún símbolo extraño —algún arañazo en la pared, alguna uñarada trazada con doloroso y quizá sangriento esfuerzo en la roca, a lo mejor por el mismísimo Francisco I de Francia, allí cautivo durante más de un año, o por el pobre Carlos quizá, ¿cómo lo iba a saber?

; alguna otra rasgadura hecha por sabría Dios qué preso de la torre o qué desdichado habitante de antaño...

—, se acercó de nuevo a las estanterías, donde reposaban los libros olvidados de su hijo.

Y allí, en cada uno de los anaqueles, observó, grabado con un punzón, o con una uña indomeñable, o con una aguda lezna, apenas visible, el signo extraño, ese símbolo que a Felipe le trajo reminiscencias antiguas pero que, a la postre, no fue capaz de identificar:

♄

El rey de España recorrió con la yema de su dedo índice los surcos de las rayaduras que componían ese símbolo, y se dijo que esas marcas no habían sido hechas hacía diez años, cuando su hijo Carlos encontró la muerte en esa torre, sino que eran mucho más recientes, que estaban frescas como si la madera hubiera sido hendida por el punzón o la lezna, o la endurecida uña, hacía semanas o meses, no más.

Acercó su nariz, larga, estrecha y muy recta, ligeramente prominente en el puente y afinada hacia la punta, propia de los Austrias, a la madera de las baldas, como si el aroma del pino basto con que estaban fabricadas las estanterías le pudiera dar razón del autor de esas marcas incógnitas y de su significado.

Pero allí solo había eso, un olor tenue y apagado a madera enclaustrada durante muchos años en ese ambiente inhóspito.

Cerró los ojos, intentando concentrarse, pretendiendo dar con el sentido de ese símbolo ignoto, de ese anagrama —si es que era eso— oscuro e insondable.

Pero enseguida se le entorpeció el juicio.

Sonrió con melancolía, con una languidez cercana a la tristeza.

Sintió que se pretendía jugar con él. Se le enfrentaba a su propia concepción del mundo, a su certeza de que, en esta vida, había algo más que la materia, algo más que lo meramente corpóreo y que, aparte de Dios, que era su gran certeza, había señales, caminos, vislumbres que decían que, a través de la sabiduría de lo esotérico, era posible llegar con mayor claridad al estadio de lo divino.

Non sufficit orbis.

«El mundo no es suficiente».

Ese era su lema. Su convicción.

Había quien decía que esa expresión no hacía sino poner de manifiesto su ambición, su idea de que ni siquiera el mundo entero era bastante para sus metas y su ansia de poder, para sus afanes de conquista.

Y no era así.

En absoluto.

Para Felipe, esa expresión, Non sufficit orbis , no significaba sino que el mundo físico no agota la realidad, que el universo es un tejido donde lo material y lo invisible se superponen.

Para él, cada decisión política tenía una resonancia última en la eternidad.

Cada victoria, cada derrota, cada muerte cercana —como la de su padre el emperador, como la de su esposa María Manuela, como la de su desventurado hijo Carlos, como tantas otras— se inscribían en un plano mayor, inaccesible al ojo humano.

Por eso el mundo no le bastaba.

No porque quisiera más tierras o más poder, sino porque buscaba un orden que no pertenecía a este lado de la existencia.

Su fascinación por las reliquias —tenía miles, de casi todos los santos conocidos—, por los códigos velados, por la arquitectura sacra, por el simbolismo de El Escorial, era la de un hombre que veía el mundo, más que como algo a conquistar, como algo a descifrar.

De ahí que uno de sus libros de cabecera fuera el Prognosticon , del médico, matemático y astrónomo alemán Matías Haco Sumbergense, que contenía su horóscopo y que consultaba cada vez que había de tomar una decisión de trascendencia.

De ahí que dispusiera de varias cartas astrales que él mismo había mandado elaborar, una de ellas a John Dee, que fue obsequiado con un espectacular espejo de obsidiana traído desde México.

Y de ahí su lema «El mundo no es suficiente», que no era el lema de un conquistador, sino el de un hombre perseguido por una inquietud mayor: que toda realidad, incluso el imperio más vasto de la Tierra, es insuficiente para explicar el dolor, las decisiones terribles y las sombras que lo acompañan.

Y ahora, situándolo ante ese enigma, ante ese símbolo insondable, se estaba pretendiendo jugar con él. Se le estaba poniendo frente a frente a ese estrato del saber que muchos despreciaban y que Felipe, sin embargo, respetaba profundamente.

Volvió a contemplar aquella extraña marca:

♄

Se acercó al escritorio que había sido de su hijo, asió una de las plumas de ave que allí había y la hundió en la tinta solidificada del tintero hasta conseguir que su punta se impregnara mínimamente en su negro color.

Luego, cogió uno de los pliegos amarillentos y polvorosos que había sobre la mesa, lo agitó en el aire para que el polvillo se desprendiera y, casi rasgando el papel de tanto apretar la pluma contra su superficie, copió sus trazos y logró que el oscuro símbolo quedara plasmado en el pliego.

Lo guardó luego en el bolsillo de su jubón y salió del lugar.

—Quiero saber quién ha entrado en estos aposentos a lo largo del año —le dijo al alcaide Vargas.

—Nadie ha entrado aquí, majestad.

—Alguien lo ha hecho. Y quiero saber quién ha sido. Os lo exijo. Interrogad a quien debáis y usad el tormento si es necesario, pero averiguadlo.

—Así se hará, señor —afirmó Vargas, impresionado por la gravedad de Felipe.

—Dad aviso a don Juan de Herrera —ordenó luego a su secretario Mateo Vázquez, que lo contempló con preocupación, tanta era la alteración que mostraba el semblante habitualmente hierático del rey—.

Que venga desde El Escorial lo antes que pueda, necesito hablar con él.

Y decidle que es un asunto reservado y urgente.

—¿Algo relacionado con las obras del monasterio, señor?

El rey negó con la cabeza.

—Algo relacionado con el futuro del imperio. Que deje lo que sea que esté haciendo y venga al alcázar sin demora.