Conjura contra el rey Felipe 5. EL SÍMBOLO OCULTO #2
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5. EL SÍMBOLO OCULTO #2

Pensó, por último, en su hermanastro, en Juan de Austria.

¿Podría estar detrás de esa misteriosa carta?

Se dijo al principio que bastante tenía Juan con los rebeldes flamencos, con los que guerreaba desde hacía varios años.

Juan, además, había sido quien evitó la fuga del príncipe Carlos y, a pesar de las insidias de Antonio Pérez, quería pensar que sus repetidas profesiones de lealtad eran sinceras.

Sin embargo, reflexionando sobre aquella conversación en El Escorial de hacía diez años, cuando su hermano lo puso en antecedentes de los planes de fuga de su hijo Carlos, se dijo que aquella había sido la última gota de un cáliz ya colmado.

¿Podría Juan, desde entonces, albergar en su corazón la ambición de reinar en España?

¿Podría ser que pensara que era ahora cuando había llegado su momento?

Su hijo varón primogénito, Fernando, nacido de su matrimonio con la reina Ana, que ya había sido jurado como Príncipe de Asturias y cuyo nacimiento había sido motivo de júbilo para Felipe, cumpliría de aquí a poco los siete años, pero era, aunque despierto y afectuoso, un niño enfermizo que, desde su primera infancia, había sufrido repetidos episodios febriles, problemas pulmonares, infecciones frecuentes y pérdida de peso constante.

Su otro hijo varón, Diego Félix, también nacido de Ana de Austria, había cumplido los tres años el pasado mes de agosto y, aunque era más vigoroso que su hermano Fernando, también era un niño delicado.

Su otro hijo de la reina Ana, Carlos Lorenzo, había muerto hacía tres años, sin haber cumplido los dos de edad, hecho luctuoso solo amortiguado por el nacimiento de su hijo Felipe, venido al mundo hacía apenas cinco meses.

Eran, pensó con pesadumbre, esas muertes prematuras y ese escaso vigor de sus descendientes, las ominosas secuelas del casamiento intra consanguinitatem —su esposa era al mismo tiempo su sobrina carnal—, como ya le había advertido su confesor fray Bernardo de Fresneda.

Pero ¿qué podría haber hecho al respecto?

Nunca se casó por amor, por más que pudiera haber llegado a amar a alguna de sus esposas, sino porque era su obligación y lo que más convenía al reino.

¿Podría, pues, Juan de Austria ambicionar el trono de España, que era el de gran parte del mundo conocido?

¿Podría estar su hermanastro detrás del anónimo?

Le costaba creerlo, pero...

Lleno de zozobra, leyó de nuevo la carta que le había traído el inquisidor general, y ahora, en esa cuarta o quinta lectura, reparó en unas frases a las que antes apenas si había dado relevancia y que ahora llamaron poderosamente su atención: «Como he dicho, en los aposentos donde el príncipe fue encerrado, antes de que expirase, está grabado este símbolo antiguo, signo que aparecerá de nuevo, pues se avecinan nuevas muertes».

Un símbolo antiguo que vaticinaba nuevas muertes.

Y grabado en la torre vieja, donde su hijo Carlos había sido finalmente encerrado y donde halló su fin.

¿A qué nuevas muertes se aludía?

Estuvo un rato reflexionando hasta que, al poco, hizo sonar la campanilla de su escritorio y mandó llamar a su secretario particular.

Mateo Vázquez entró en la cámara y, tras obtener venia del rey, se sentó donde solía, en un banquillo desde el que cada día hacía relación a su majestad de lo que contenían las cartas y memoriales reservados de cosas graves y tomaba las notas de cuanto el rey le mandaba.

—Los aposentos de la torre vieja, donde su alteza el príncipe Carlos murió —interrogó el monarca sin preámbulos—, ¿siguen como entonces?

Vázquez compuso un gesto de extrañeza frunciendo las cejas que parecieron aprisionar sus ojos oscuros.

De estatura media, delgado y de gesto siempre contenido, como clérigo que era, tenía el rostro anguloso y pálido, y estaba enmarcado por una barba recortada y puntiaguda.

Sus ojos parecían calcularlo todo antes de pronunciar una palabra.

Se comportaba siempre con discreción, sin aspavientos, como si temiera ocupar más espacio del necesario, pero su sola presencia imponía respeto porque todos sabían de su ascendencia sobre Felipe.

Vestía, como este, con sobriedad absoluta: sotana negra de paño, sin adornos, cuello de valona sin lechuguilla, bonete también negro, indumentaria que subrayaba su porte recto y vigilante.

—Hasta donde sé, sí, majestad —respondió el secretario—. ¿Puedo preguntar cuál es el interés de vuestra majestad?

—¿Quién tiene las llaves de la torre vieja? —interrogó el rey, sin responder la cuestión de su secretario.

—El alcaide, señor. Francisco de Vargas.

—Hacedlo llamar. Quiero visitar esos aposentos.

***

La gran llave negra de hierro chascó en la mohosa cerradura hasta que, al fin, con un crujido que resonó tétrico en el silencio del descansillo, logró que la puerta se abriera.

Desde el interior a oscuras brotó un efluvio hediento, a encierro, a piedra antigua, a madera húmeda y a aire viciado que apenas se renovaba.

El alcaide encendió las lámparas de aceite y un mínimo fulgor dorado alumbró la lúgubre estancia.

Felipe se adentró en el aposento, lenta, parsimoniosamente, como si temiera encontrarse con la figura espectral de su hijo allí encerrado.

Cuando se apercibió de que tanto Mateo Vázquez como el alcaide Vargas pretendían seguirlo, hizo un gesto con la mano, imperioso, deteniéndolos.

—Quiero estar solo.

El secretario y el alcaide asintieron, respetuosos; abandonaron el lugar y dejaron la puerta encajada tras de sí.

Aquella torre vieja del alcázar madrileño era un lugar duro, áspero y antiguo que contrastaba con las zonas renovadas del palacio: parecía una reliquia de otra época, un vestigio militar del viejo castillo medieval sobre el que se había levantado el alcázar real.

La torre era maciza, sombría y tosca, sin ventanas, con solo un par de saeteras que habían sido enrejadas antes del encierro de Carlos.

Estaba construida con grandes sillares irregulares que mostraban cicatrices de humedad y tiempo.

Desde el exterior se levantaba como un bloque oscuro, más estrecho y menos ornamentado que el resto del alcázar, con esas aspilleras pequeñas que apenas dejaban entrar la luz.

En su interior, los pasillos eran angostos y fríos, con un eco característico que amplificaba cualquier paso, y que hacía imposible la discreción.

La estancia donde fue encerrado el príncipe Carlos era una cámara alta, gélida, de unos treinta pies en cuadra, con el techo de vigas de madera ennegrecida.

Las paredes desnudas, unas estanterías, el suelo de tablones gastados, una chimenea pequeña, una cama sencilla y una mesa de madera áspera componían el mobiliario.

Felipe se acercó a los estantes y, con un pujo de emoción, vio que aún quedaban allí algunos libros de su hijo.

Pasó un dedo sobre los lomos pulverulentos y fue leyendo sus títulos: Vita Christi , de Isabel de Villena, en la edición publicada en Barcelona con xilografías; La vida de Carlomagno , de Einhart; El caballero determinado , libro que había sido el preferido de su abuelo el emperador; Relación de la christiana rogativa , de un tal Juan Ruiz de Angulo...

Acarició los libros, bellamente encuadernados en piel de becerro, y se preguntó, de forma tal vez extravagante, por qué esos ejemplares, tan hermosos, habían quedado abandonados allí, en ese aciago torreón, y no habían sido saldados, junto con los demás bienes del príncipe, en la partición de su testamento.

Se acercó luego al lecho donde su hijo había pasado sus últimos días, palpó las sábanas, acartonadas, heladas, cualquier aroma que hubieran albergado perdido por el paso inexorable del tiempo.

Se aproximó después al pequeño escritorio de madera basta que estaba a un lado de la cama, con su tapete de madera sin pulir, y allí no vio más que algunos folios amarillentos, un tintero con la tinta seca y unas plumas de ave marchitas y tiesas, lánguidas las plumillas que antes, hacía tanto tiempo, le habían dado adorno y prestancia.

Y se preguntó, sobrecogido, estremecido: «¿Esto es todo lo que ha quedado de mi hijo?

¿Esto es todo lo que ha quedado de un príncipe de España? ».

Se asomó, poniéndose de puntillas, a la saetera enrejada, y se dijo que cuán escaso había sido el paisaje que le había sido permitido —¡que él le había permitido!

— a Carlos, apenas los tejados empinados de la zona de servicio del alcázar, unos viejos corrales y el arranque del foso, y una cinta estrecha y verdinosa del Manzanares.

Aspiró con fuerza el aire cálido de septiembre que entraba por la estrecha saetera y regresó a la habitación, buscando aquello que había venido a buscar: «...

en los aposentos donde el príncipe fue encerrado, antes de que expirase, está grabado este símbolo antiguo, signo que aparecerá de nuevo, pues se avecinan nuevas muertes».

Se acercó a los muros de la torre, palpó las paredes, frías a pesar del clima cálido del exterior, dejó que las yemas de sus dedos, ajadas tras tantos años de empuñar cálamos y pasar horas y más horas, sin descanso, entintando papeles, billetes y memorandos, dando respuesta a todas las dudas del reino, que infatigablemente recaían día tras día sobre él, se deslizaran sobre la piedra insensible; buscó, así, tentando y acariciando la roca muda, el símbolo oculto, ese hermético emblema que aparecía en la carta recibida, esa marca recóndita y críptica que, tal vez, pudiera arrojar un halo de luz sobre la oscuridad del misterio que se encerraba en el anónimo que Gaspar de Quiroga le había llevado, lanzando a sus pies, como si fuera un presente deletéreo, un problema más a la miríada de problemas que aquejaban al imperio.