5. EL SÍMBOLO OCULTO
E L SÍMBOLO OCULTO
Felipe II llenó un vaso con el agua de la jarra que siempre estaba dispuesta sobre su escritorio y bebió largamente.
Rezó en silencio para que el agua purificara su ánimo, estremecido tras los recuerdos de aquellos días infaustos de diez años atrás.
Se dijo, empero, que la vida continuaba, y que no podía permitir que aquella visita de Gaspar de Quiroga y las noticias de que había sido portador interfirieran en sus obligaciones.
Durante un rato, intentó enfrascarse de nuevo en sus papeles y en sus legajos, contestar billetes de sus ministros —los respondía escribiendo en su propio margen sus órdenes—, peticiones y memoriales de sus vasallos, cartas de embajadores y el rosario de asuntos que cada día se amontonaba sobre su mesa.
Al cabo, dejó sobre el tapete la pluma y se arrellanó en su asiento, incapaz de concentrarse en sus rutinas.
Se masajeó las sienes y, cuando la tensión le disminuyó un punto, abrió de nuevo el cajón donde la había guardado bajo llave y extrajo la carta anónima que le había llevado el arzobispo de Toledo.
Volvió a leerla, una, dos, tres veces.
¿Quién, por la Virgen Santísima, pretendía dañarlo de aquella manera?
¿Cómo era posible que alguien en el reino pudiera acusarlo, a él, rey devoto, piadoso y recogido, de dar muerte nada más y nada menos que a un príncipe de España, a su propio hijo?
¿Cómo era posible?
¿Y qué pretendía ese malhadado, fuera quien fuese?
Volvió a leer la carta, más que para imbuirse de nuevo de su deleznable contenido, para examinar la caligrafía, intentando identificarla.
Era una letra escrita con tinta negra, de buena calidad, como de buena calidad era el papel, fabricado con fibras de lino y algodón, tan habitual en la corte.
Estudió la caligrafía, pulcra, de trazos firmes, pulso decidido, sin tachaduras ni faltas.
Las vocales redondeadas, las astas picudas de las consonantes altas, los puntos circulares sobre las íes, los rasgos anulares de las consonantes bajas, la perfecta alineación de las letras intermedias.
A lo máximo que pudo llegar fue que era una caligrafía masculina, de hombre.
No estaban en esas letras los rasgos distintivos de la caligrafía femenina, la delicadeza, la organización y la meticulosidad de la mano de la mujer, los trazos más pequeños, las formas curvas y las líneas suaves.
Comenzó a examinar los billetes, cartas y memoriales que se apiñaban en su despacho, buscando semejanzas en sus caligrafías. Y vio analogías, parecidos y similitudes en todas y en ninguna. Tantas como desemejanzas y disimilitudes.
Desazonado, volvió a dejar los papeles sobre su escritorio de cualquier manera, se reclinó en su asiento de nuevo y comenzó a repasar su nómina de ministros, cortesanos y secretarios buscando entre ellos a quien pudiera haber escrito aquel malaventurado anónimo.
La primera persona, el primer nombre que se le vino a la cabeza fue el de Antonio Pérez.
Este, en 1553, había sido nombrado secretario del príncipe Carlos, y, aunque no había protestado en público la decisión del rey de encerrar a su hijo, no era ni mucho menos descabellado pensar que albergara hacia su antiguo señor sentimientos de afecto y estima y que, por tanto, hubiera lamentado su muerte y deseado castigar a quien reputase culpable, si es que acaso pensaba, lo que ni siquiera sabía ni era justificado, que Carlos no había fallecido de muerte natural, como los médicos diagnosticaron.
Pero de ahí a especular que pudo ser el rey el responsable de su óbito había un trecho insalvable.
Pérez era, además, desde la muerte de su padre Gonzalo, secretario de Estado del monarca para los asuntos del Mediterráneo y durante muchos años había sido de los principales consejeros del rey y una de sus personas más cercanas, pues este reconocía su inteligencia y su buen instinto para los negocios del reino.
Cierto era que la muerte de Juan de Escobedo, secretario de Juan de Austria, había trastocado el estado de las cosas y que cada vez eran más los rumores que corrían en la corte acusando a Antonio Pérez de estar detrás de la muerte de Escobedo, asunto que tan bien conocía Felipe, pues no era ajeno a él en absoluto.
Razón, entre otras, por la que la confianza del rey en su secretario iba menguando cada día, pues entendía que, por su propio bien, le convenía alejarse cada vez más de Pérez para no verse involucrado, más de lo que ya estaba, en sus negocios.
Y acaso Pérez estuviera desencantado por esa lejanía del rey, del que tan cerca había estado.
Pero ¿de ahí a acusarlo de ordenar la muerte de su propio hijo?
¿Y ahora, diez años después?
¿Para qué? ¿Por qué?
¿Qué iba a obtener Pérez de esa acusación?
Al pensar en Antonio Pérez le vino de inmediato a la cabeza el nombre de Ana de Mendoza y de la Cerda, la viuda de su añorado Ruy Gómez de Silva, sumiller de corps y amigo de la infancia del rey, y por cuyo matrimonio había alcanzado el título de princesa de Éboli.
Era, según se decía, mujer muy cercana a Pérez, y había quien afirmaba que compartían algo más que una buena amistad.
Felipe, sin darse cuenta, chasqueó los labios al pensar en la princesa y le costó un tiempo de reflexión llegar a una conclusión sobre su carácter y pensamiento.
Se dijo al cabo que esa mujer era una criatura hecha de orgullo, inteligencia y heridas mal curadas.
En ella convivían dos fuerzas: la ambición sin límites de quien se sabe excepcional y la inseguridad profunda de quien ha sido objeto de murmuración desde niña.
Su belleza —acentuada por el misterio del parche sobre su ojo derecho, tal vez herido por el florete de un paje durante su infancia, según ella mantenía, o tal vez usado simplemente para disimular el estrabismo que algunos señalaban que padecía— le dio poder, pero también la condenó a depender siempre de la mirada ajena.
En el fondo, pensó el rey, Ana de Mendoza vivía en un perpetuo estado de desafío: al mundo, a la corte, a sí misma.
Su relación con Felipe había sido siempre compleja: quizá lo admirase y, en cierto modo, lo envidiara; temía su frialdad, pero anhelaba su atención; decía servirle, pero nunca lo obedecía del todo.
Había algo indómito en ella, una chispa de rebeldía que ni la etiqueta ni el peligro lograban sofocar.
Sabía seducir sin entregarse, manipular sin mover un dedo, esperar sin rendirse.
Y ahora era Antonio Pérez quien, según se decía, había sucumbido a sus encantos.
Intentó buscar razones por las cuales la princesa pudiera haber escrito o haber ordenado que un escribano redactase el anónimo, y no las halló.
¿Quién más podría estar detrás del anónimo?
¿El duque de Alba?... Era ya un anciano, y, aunque durante la campaña de los Países Bajos habían mantenido muchas y muy crudas diferencias, lo había sido todo con el emperador y con Felipe: mayordomo mayor de ambos, miembro de los Consejos de Estado y de Guerra, gobernador de Milán, virrey de Nápoles, general en Flandes...
Era verdad que el rey, siguiendo los consejos de su padre contenidos en sus «Instrucciones secretas», nunca le había permitido adentrarse del todo en la gobernación del reino, pero no podía concebir que Alba le pudiera ser desleal.
Ahora, regresado de Flandes, donde había batallado bravamente contra los rebeldes flamencos, participaba en consejos militares y asuntos cortesanos, aunque ya estaba envejecido y enfermo.
Y, como hoy, seguía ejerciendo de cuando en vez, cuando se hallaba en Madrid, su dignidad de mayordomo mayor.
Era verdad que el asunto de su hijo Fadrique, condenado al exilio por negarse a desposar a Magdalena de Guzmán, a quien había dado palabra de matrimonio, había tensionado aún más las relaciones entre el duque y el rey, y que la cuestión no solo no estaba resuelta ni mucho menos, sino que todo indicaba que iba a empeorar gravemente.
Pero no veía a Alba detrás de ese anónimo.
No era su estilo, su forma de actuar. Era, el duque, hombre que siempre había ido por derecho y sin tortuosidades.
¿Su secretario particular Mateo Vázquez?
¡Absurdo! Era clérigo y, sobre todo, la suerte de Vázquez estaba ligada a la del soberano, y nada sería sin este.
Nada ganaba, pues, perjudicando a su rey.
Él y solo él era quien ocupaba el ámbito reducido e íntimo del monarca, que evitaba que todo pasase por los consejos o estuviera sujeto a otros controles.
¿Gabriel de Zayas? Completamente inconcebible.
Había entrado al servicio del rey, como oficial de su secretaría, apenas con veinte años, al tiempo de su tonsura clerical; lo había acompañado a Inglaterra cuando su boda con María Tudor y llevaba junto a él desde entonces.
Tanto, que Felipe llegó a nombrarlo su albacea testamentario.
En este tiempo ocupaba la Secretaría de Estado para los asuntos de Francia y los de las cortes del emperador e Inglaterra.
¿Qué iba a ganar poniendo a su señor en un aprieto?
Máxime ahora, cuando su antigua amistad con Pérez estaba seriamente deteriorada.
¿Quién más?
Fue repasando uno a uno a sus nobles y ministros, y en todos los casos la respuesta era la misma.
No, no, no. Vive Dios que no.
A ninguno de ellos veía detrás del anónimo. Ninguno de ellos tenía razón para desear el menoscabo de su rey. Ninguno, hasta donde él sabía, albergaba sentimientos contra su señor.