Conjura contra el rey Felipe 4. EL PRÍNCIPE CAUTIVO #4
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4. EL PRÍNCIPE CAUTIVO #4

Entre Antonio de Toledo y el príncipe de Éboli metieron al príncipe en la cama. El duque de Feria dio instrucciones para retirar armas, objetos cortantes, cinturones y cuerdas del aposento, todo cuanto el desquiciado hijo primogénito del rey de España pudiera utilizar para herir o para herirse.

Felipe, mientras sus hombres aseguraban a su hijo en el lecho, recorrió el aposento y recogió cuantos papeles allí halló, así como el cofre con treinta mil escudos de oro del que Juan de Austria le había hablado en El Escorial.

Luego, con paso firme pero con una pena oscura en el alma, y convencido de que había hecho lo que debía hacerse, lo que el pasado, el presente y el futuro del reino le demandaban, salió de la estancia, ahíto de dolor.

Cuando se cruzó con el médico Velasco le solicitó que entrara a visitar a su hijo, pues lo había visto con la respiración agitada y los pulsos desbordados, pidiéndole que le diera algo que lo calmara.

También pidió al dominico Antón de Tudela que accediera a la cámara para el consuelo espiritual del preso.

Mandó que, hasta nueva orden, el príncipe fuera atendido por dos criados solamente, que se reforzaran las ventanas y que hubiera una guardia permanente en la puerta.

—Que nadie entre aquí sin mi licencia —fueron las últimas palabras que el rey pronunció antes de adentrarse en el pasillo que lo devolvería a sus habitaciones. Allí comunicó la penosa nueva a su esposa Isabel de Valois, que, a pesar de su cercanía con su hijastro, entendió las razones de su esposo.

El alcázar, aquella noche, veló entre susurros de pánico, murmullos de incredulidad y la certeza de que, para el rey Felipe, España y su imperio eran más importantes, infinitamente más importantes, que su propio hijo.

***

Poco después, Felipe licenció a los servidores de Carlos y, para que todos supieran de lo irreversible de su decisión y de la prisión de su hijo, trasladó a este a la misma torre vieja del alcázar en que su padre el emperador había tenido cautivo al rey Francisco I de Francia tras su humillante derrota en la batalla de Pavía.

Era un aposento de treinta pies en cuadra, en el que al príncipe no le faltaba de nada, excepto el bien que más anhelaba, la libertad.

El rey encomendó a Ruy Gómez, a Chacón y a otros tres cortesanos de su confianza que mantuvieran a su hijo bajo estricta vigilancia noche y día, sin que nadie más pudiera ni entrar ni salir de su prisión.

Felipe no pudo proteger a su hijo de la vesania y del desvarío, pero sí pretendió proteger su nombre.

No quiso, por eso, explicar al mundo el porqué del arresto del príncipe, lo que, contradictoriamente, hizo que mil rumores y hablillas corrieran por la corte de Madrid y de todas las capitales de Europa.

Hubo quien dijo que Carlos se entendía con los flamencos, especialmente con el barón Montigny, y que pretendía dar muerte a su padre el rey.

Otros, que quería matar a Ruy Gómez y a los principales ministros de su majestad.

Otros, que el príncipe, con la ayuda de Juan de Austria y de los príncipes italianos y del emperador Maximiliano, estaba dispuesto a rebelarse contra el rey Felipe.

Hubo hasta quien afirmó que se entendía con su madrastra, Isabel de Valois.

La verdad solo la sabía su padre y su más cercano círculo: no podía dejar el reino en manos de un príncipe enajenado.

Cuando fue preguntado si sometería a su hijo a proceso o si dispondría en cualquier tiempo su libertad, el rey respondió: «No encerré al príncipe para poner fin al desorden de su conducta o reformar su carácter, pues este medio de enmienda fracasaría como todos los anteriores.

Por consiguiente, resulta de un modo bien claro que mi objeto consiste en poner remedio definitivo a los males que podían venir durante el resto de mi vida y, sobre todo, después de mi muerte.

Lo que se ha hecho no es temporal, y en adelante no habrá mudanza alguna».

El 24 de julio del año del Señor de 1568, poco más de seis meses después de su prisión, el desdichado príncipe murió en su celda del alcázar.

Acuciada su sed por las cuartanas, bebía cada día entre seis y ocho azumbres de agua con nieve, que bastarían para matar a mil hombres de acero, y se le habían cerrado las vías del estómago, por lo que apenas comía.

Felipe había estado pendiente de su estado y de sus necesidades, pero ni una sola vez visitó a su hijo en la torre.

Era demasiado el dolor que tales visitas le habrían provocado.

El rey, cuando supo de la muerte de su hijo primogénito, se recluyó en un monasterio y ordenó a sus súbditos y a todos los madrileños que «hagáis la demostración de lutos y otras cosas que en estos casos se acostumbra y suele hacer».

Y su orden se cumplió al pie de la letra, pues el pueblo acudió en masa al primer sepelio real que se celebraba en Madrid desde que el rey la designara capital del reino.

Y miles de personas desfilaron en procesión, junto a cada cofradía, cabildo y convento, desde el alcázar hasta Santo Domingo el Real, donde don Carlos, príncipe de España, recibió cristiana sepultura.