Conjura contra el rey Felipe 4. EL PRÍNCIPE CAUTIVO #3
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4. EL PRÍNCIPE CAUTIVO #3

Carlos, los ojos fruncidos, la frente sudorosa, la boca seca, se quedó contemplando a su padre mientras este se alejaba pasillo abajo, hacia sus dependencias en el alcázar.

Se giró luego, se encogió de hombros, incapaz de desvelar el significado de esas palabras oscuras de su padre, y se dirigió a su vez hacia sus aposentos.

No pensaba leer, hacía días que no leía; una partida de cartas con su madrastra Isabel de Valois lo aguardaba antes del almuerzo.

Felipe estuvo todo el día de ese sábado encerrado en su despacho.

Trató de diversos temas con Diego de Espinosa y Arévalo, presidente del Consejo de Castilla tras el fallecimiento del marqués de Mondéjar, y para quien el rey había solicitado del papa Pío V el capelo cardenalicio.

Durante muchas horas trataron de asuntos relacionados con la Junta de Galeras, los procesos inquisitoriales más relevantes, la situación del juicio, cuya resolución se demoraba desde hacía años, contra el arzobispo Bartolomé de Carranza, antaño hombre de la mayor confianza del rey y hogaño preso en el castillo de Sant’Angelo, en Roma, acusado de herejía; la creación de la Junta Magna de Indias, las revueltas en Flandes y un sinfín de cuestiones más.

El domingo 18 de enero, Felipe pasó la mayor parte del tiempo en la cama.

Cosa rara en él, trabajador infatigable.

«Encuentro a este rey muy metido en sus asuntos y que no pierde una hora, estando todo el día entero sobre sus papeles», había dicho de él el embajador francés poco después de que comenzase a gobernar.

«El rey trabaja con tanta diligencia, sin tener recreación, que no hay oficial en el mundo, por diligente que sea, que esté tanto metido en su oficio como su majestad.

Es lo que dicen sus ministros y parece ser la verdad», escribiría poco después el embajador veneciano al dux de la Serenísima.

Hoy, sin embargo, estuvo todo el día encamado, encerrado en su alcoba, pretextando una indisposición.

Al anochecer se levantó y ordenó a sus gentilhombres de cámara que lo vistieran con media armadura: peto, espaldilla, guardabrazos y gorjal.

Pidió su espada, que le fue entregada por hombres trémulos que jamás habían asistido a ceremonia como aquella, sabedores de que no se trataba de una justa ni de un juego de cañas, sino de algo mucho más grave, por la expresión adusta y rigurosa del rey y por la hora intempestiva.

Pidió luego a su secretario que diera aviso a Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli y su sumiller de corps; a Antonio de Toledo, su caballerizo mayor; a Gómez Suárez de Figueroa, duque de Feria, y a Gonzalo Chacón, a quienes avisó de sus planes.

También estaban sobre aviso Rodrigo de Mendoza y otros gentilhombres de cámara del príncipe que estaban de servicio aquella noche, a quienes se habían cursado instrucciones para que dejaran abierta la puerta de sus aposentos, apagaran todas las luces, sacaran de allí todas las armas que hubiere y desalojaran a los guardias que Carlos solía tener cada noche consigo para su protección.

Felipe también alertó a dos cortesanos, Pedro Manuel de Manrique y Diego de Acuña, para que estuvieran apercibidos ante cualquier contingencia, así como a dos ayudas de cámara, a los que ordenó se proveyeran de martillos y clavos.

Por último, dio aviso al dominico fray Antón de Tudela, de la capilla del príncipe, y al médico Francisco Velasco.

A las once de la noche, Felipe de España, vestido con su media armadura y empuñando su tizona, seguido por el reducido séquito dispuesto, se dirigió, sin antorchas ni velas, a los aposentos de su hijo el príncipe Carlos. En un silencio que ni los de los sepulcros igualaban.

Llegados a la cámara del primogénito del rey, el soberano de España y sus caballeros entraron sin venia y sin miramientos.

El dominico y el médico se quedaron fuera, esperando ser solicitados si la salud espiritual o física del príncipe así lo requería.

Carlos, que se hallaba en la cama y medio amodorrado, se enderezó al oír los ruidos de quienes penetraban en su alcoba —los sonidos metálicos de la armadura del rey, los chasquidos de los hierros que portaban, las respiraciones agitadas, algún escabel que fue derribado...

— e intentó echar mano de la espada que tenía siempre dispuesta junto a su lecho y del arcabuz, con su carga de pólvora y una bala preparada para ser disparada de inmediato, que en todo momento tenía cerca y que no habían podido ser retirados antes conforme a las instrucciones del rey.

Mas se enredó entre las sábanas y permitió que quienes acompañaban a su padre se apoderaran de ambas armas.

—¡¿Qué quiere vuestra majestad?! —gritó Carlos, patético, sentado en el lecho, con su gorro de dormir, cuando vio a su padre, vestido de hierros, contemplándolo, a los pies de su cama, con una mezcla de conmiseración e ira—. ¡¿Qué hora es esta?! ¡¿Quiéreme vuestra majestad matar o prender?!

—Ni una cosa ni la otra, príncipe —respondió el rey con una calma impropia. Y, dirigiéndose a los criados que portaban clavos y martillos, ordenó—: Cegad todas las ventanas y aseguradlas de modo que no se puedan abrir.

Carlos saltó con torpeza de la cama, desordenado el cabello bajo el gorro de noche, los ojos alienados, dejando al descubierto, bajo su camisón de batista, sus piernas escuálidas.

Y con la dificultad de su contrahechura, miró por dónde escapar y, como no hallara lugar libre, corrió hacia la chimenea, dispuesto a arrojarse al fuego.

Fue Antonio de Toledo quien lo evitó, sujetándolo.

—¡¿Vuestra majestad me quiere atar como si estuviera loco?! —chilló, debatiéndose entre los brazos del caballerizo mayor—. ¡Sabed que yo no estoy loco, sino desesperado!

—Lo que infunde la desesperación no es valor ni coraje, sino delirio. Y es en el delirio donde vive vuestra alteza.

—¡Me queréis matar, pues!

—Sosegaos, príncipe —respondió Felipe con una flema que mal disimulaba su conmoción interior y su profundo desconsuelo—, y entrad en la cama, pues todo lo que ahora se hace es por vuestro bien y remedio.

—¡Soy vuestro hijo! ¡No podéis hacer esto! ¡Soy vuestro hijo legítimo, vuestro heredero! ¡No me debéis la prisión, sino un reino! ¡A mí la guardia! ¡A mí el Consejo! ¡Traición! ¡Traición!

—Nada conseguiréis con esa actitud, alteza —insistió su padre, y todos se maravillaban de que no se le quebrase la voz—. Debéis calmaros y obedecer. Os repito que todo cuanto hago es por vuestro bien.

—¡Ha sido el bastardo quien le ha hablado de mí a vuestra majestad, ¿verdad?

! —Y continuaba forcejeando entre los brazos de Toledo y Éboli, con su escasa fuerza; la saliva brotaba a grumos de su boca febricitante—.

¡Ha sido don Juan quien ha llenado de embustes la cabeza de vuestra majestad!

¡Quiere mi herencia, señor! ¡Ambiciona lo que por ley de Dios y del reino me pertenece!

—Señores —ordenó el rey a sus cortesanos—, cumplid lo mandado.