Conjura contra el rey Felipe 4. EL PRÍNCIPE CAUTIVO #2
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4. EL PRÍNCIPE CAUTIVO #2

—Su alteza me enseñó un cofre que guarda en sus habitaciones con muchos miles de escudos de oro y me aseguró disponer de letras de cambio por otros muchos miles de ducados de banqueros extranjeros.

Me ha asegurado igualmente que cuenta con algunos apoyos de nobles y grandes, pero dudo que sea cierto, majestad.

Al menos, no supo o no quiso darme nombre alguno de esos pretendidos adeptos.

Si se confió a mí no fue porque conjeturara que yo simpatizaría con su propósito, sino porque necesita de las galeras reales bajo mi mando para pasar a Italia.

Le pedí veinticuatro horas para comunicarle mi decisión, señor, pero algo advirtió en mi conducta que le hizo desconfiar.

Me llamó de vuelta a sus aposentos e intentó darme muerte, majestad.

El rey se removió en su asiento, incrédulo.

—¿Cómo decís?

—Que intentó matarme, señor. En cuanto aventuró que mi intención, lejos de facilitar su designio, era venir a El Escorial a dar cuenta a su majestad, debió de enajenarse aún más de su natural.

Tenía un arcabuz dispuesto, amartillado, e hizo intención de disparar.

Afortunadamente, uno de sus gentilhombres de cámara, alarmado por lo que su amo pudiera hacer con esa arma aderezada, había descargado el arcabuz, por lo que, aunque apretó el gatillo nada más verme de vuelta, ningún daño me causó.

Fuera de sí, sacó su puñal y se me abalanzó.

Pude detenerle y arrebatarle la daga. El alboroto llamó la atención de varios de los asistentes que sirven la cámara de su alteza y pudieron reducirlo.

—Se llevó la mano al bolsillo de su jubón y sacó un estilete—.

Esta es el arma, majestad, con que don Carlos intentó acuchillarme.

Juan de Austria tendió la daga a su hermano Felipe, mas este no la asió. La dejó, pues, en el escritorio, a la vista de la actitud remisa de su señor.

—Os agradezco vuestra visita, don Juan, y la confidencia. Ya podéis retiraros.

—Si su majestad, en este trance, necesita mi ayuda...

—No es necesario, gracias. Retiraos, os lo ruego.

Juan de Austria contempló largamente a su hermano. Abrigó por él un sentimiento difuso, mezcla de admiración y de lástima: admiración, por la resolución que había en su mirada; lástima, porque sabía que esa misma resolución habría de causarle grave daño.

Cuando el capitán general de la mar —cargo para el que Felipe lo había recién nombrado, ya por fin convencido el rey de que su hermanastro no estaba hecho para la carrera eclesiástica a la que estaba predestinado: el padre de ambos, el emperador Carlos, había dispuesto en su testamento, con respecto a su hijo bastardo poco tiempo antes reconocido, que deseaba que «de su libre y espontánea voluntad tomase hábito en alguna religión de frailes reformados», pero no estaba hecho ese joven para los hábitos y las liturgias, sino para las armas y las empresas de guerra— hubo abandonado la cámara de trabajo en El Escorial de su majestad Felipe II, señor de Castilla y de Aragón, de Nápoles y de Sicilia, de México y del Perú y de Filipinas, y defensor de la Europa católica frente al Turco y el luteranismo, el rey mandó llamar a Antonio de Toledo, su caballerizo mayor.

—Regresamos a Madrid —le dijo.

—¿Cuándo, majestad?

—Ahora mismo, cuando los aposentadores lo tengan todo dispuesto.

Y ordeno que no se pierda un solo minuto en los preparativos y que se aderecen los más veloces caballos.

Dad aviso a mi esposa doña Isabel de Valois.

Que prepare a las infantas Isabel y Catalina, que partimos hacia Madrid de inmediato.

Lo que he de hacer, aunque no será de mi contentamiento, no admite demora, y nada tarda tanto en llegar como aquello que nunca se empieza.

***

Desde El Escorial, Felipe, junto con su esposa e hijas y los caballeros que le habían acompañado a San Lorenzo el Real, regresaron al alcázar, pasando por El Pardo, la misma tarde del viernes día 16 de enero del año del Señor de 1568.

Contaron quienes viajaron con él que, durante las muchas horas del trayecto, el rey no despegó los labios; iba, dijeron, tan embebido en sus pensamientos que todos dieron por hecho que se fraguaba en su mente una decisión de gran trascendencia para el reino.

Aunque pocos, por no decir ninguno, pudieron aventurar su materia.

Porque el rey ni había consultado ni había compartido con nadie sus designios.

Ni siquiera con su esposa Isabel de Valois.

La mañana del sábado 17 de enero, el rey, muy tranquilamente y sin demostración alguna de disgusto, mandó llamar a su hijo Carlos, invitándolo a oír misa con él en la capilla del alcázar.

Allí, ambos, rodeados de sus principales y sin alteración alguna, escucharon las palabras del páter que, sin saber de los acontecimientos que se avecinaban y glosando el Evangelio del día —la llamada de Jesús a Leví, luego conocido como Mateo, un recaudador de impuestos, y su posterior comida con publicanos y pecadores—, habló de que Dios no busca solo a los justos, sino también a los enfermos espirituales para sanarlos, ofreciendo perdón y una nueva vida.

—¿Qué planes tiene su alteza para hoy? —preguntó Felipe a su hijo cuando la misa hubo acabado.

—Ninguno, majestad. Tengo lectura pendiente.

El rey de España contempló a su heredero: sus hombros disimétricos, su pecho hundido, la leve joroba de su espalda, su tartamudeo, su mal color tal vez producido por estar sufriendo otra de esas fiebres cuartanas que no lo habían abandonado desde pequeño, y mantuvo la mirada fija en sus ojos hasta que los del príncipe se encontraron con los de su padre.

Mas los retiró al punto, como si las pupilas de este pudieran herir las suyas, o como si temiera que pudieran penetrar hasta su entendimiento y revelar sus propósitos.

—¿Y su majestad? —preguntó, gagueando las sílabas—. ¿Tendrá partida de caza?

—Me aguarda trabajo —respondió el monarca.

Contempló de nuevo largamente a su hijo; vio sus labios resecos, por la sed constante que la fiebre le producía, sus ojos huidizos, su frente perlada de sudor a pesar de que la mañana era fría, y, a la vez que le irrogó un dolor infinito, esa contemplación le hizo ratificarse en la decisión que había alcanzado el día anterior en El Escorial.

Una decisión concienzudamente madurada durante las semanas anteriores.

La visita de su hermanastro Juan de Austria y las nuevas que con él traía solo habían sido el detonante, la chispa que prende en la pólvora durante mucho tiempo almacenada.

El incienso seguía suspendido en la nave como un velo espeso, y la luz fría de la mañana se filtraba por los ventanales altos, trazando líneas de polvo dorado.

Felipe II caminaba despacio hacia la sacristía; Carlos lo seguía medio paso detrás.

Aceleró su caminar torpe hasta ponerse a la altura de su padre.

—¿Os ha gustado el sermón, majestad?

—Ha sido muy oportuno. Ha hablado del perdón y de la paciencia.

—La paciencia es virtud de quienes pueden esperar, señor, ¿no creéis? —repuso el príncipe; una sonrisa le brotó en la esquina del labio derecho que hizo que el ojo del mismo lado le bizqueara.

Felipe no se detuvo.

—La paciencia es preparación, no pasividad —reparó el monarca—. A veces es el único modo de llegar a un fin sin perderse en el camino.

Carlos levantó la vista hacia una de las ventanas, donde el sol de invierno encendía el azul envejecido del vidrio.

—¿Y no sucede, padre —insistió el príncipe, volviendo a tartamudear—, que quien es... espera demasiado acaba vi... viendo cómo otros toman su lugar?

Felipe giró levemente la cabeza, estudiándolo.

—El lugar que corresponde a cada uno, alteza, no se consume por el tiempo. Lo consume la imprudencia.

Carlos entrelazó las manos detrás de su espalda torcida como si intentara sofocar un temblor. Tardó en responder al comentario de su padre y, cuando lo hizo, tartamudeó repetidamente

—Im... im... imprudencia es, en efecto, actuar antes de tiempo, ma... majestad. Pero también lo es no actuar nunca.

Felipe detuvo el paso y enfrentó a su hijo, dura la mirada como el acero.

—Lo es —dijo—. Por eso conviene discernir no solo el momento... sino el modo.

Carlos levantó ahora la mirada hacia su padre, sorprendido por la extraña suavidad del tono, a pesar de la dureza de sus ojos.

—¿Y cuál es el modo, se... según vuestra majestad?

El rey meditó un instante antes de responder.

—Mirando siempre por el interés del reino y por el interés de Dios.

Carlos esbozó una sonrisa amarga que no llegó a sus pupilas.

—Estoy de acuerdo, señor, pero hay veces en que también hay que mirar por uno mismo, ¿no pensáis igual, majestad?

Felipe sostuvo su mirada.

—Hay cosas peores que la herejía. Es el caso de aquel para quien todo se reduce a su propio interés. ¿Y cómo podría mirar por el interés de sus vasallos quien solo piensa en el propio?

Carlos respiró hondo, como si el aire frío de la iglesia repentinamente pesara.

—Yo solo quiero —dijo, volviendo a bizquear— lo mejor para vuestra majestad, porque sé que lo mejor para vuestra majestad será lo mejor para mí mismo. Pero, en fin, majestad, no nos pongamos trascendentales, ¿verdad? Comamos, bebamos, gocemos, que mañana moriremos.

Felipe respondió sin elevar la voz.

—Mañana será un día lúcido. Para todos.

El príncipe asintió lentamente, como quien acepta una frase cuyo sentido no entiende del todo, o prefiere no entender.

Salieron juntos al patio. El sol brillaba tímidamente con una calma cruel, demasiado serena para la inquietud que ambos llevaban dentro. La campana tocó tercia, ajena a que aquella sería la última misa que aquellos dos hombres compartirían.

—Quedad con Dios —se despidió el rey, y se apartó luego.