Conjura contra el rey Felipe 4. EL PRÍNCIPE CAUTIVO
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4. EL PRÍNCIPE CAUTIVO

E L PRÍNCIPE CAUTIVO

Felipe, al verlo, se sorprendió, una vez más, de lo diferentes que eran a pesar de ser hijos del mismo padre.

Diferencias que no eran tanto en lo físico como en lo anímico, en lo emocional.

Uno, un paradigma de la juventud, de la vitalidad, de la pujanza; otro, el canon de lo sobrio y lo severo, un dechado de contención y prudencia.

—Con vuestra venia, majestad. Y disculpad mi insistencia en ver a vuestra majestad, pero es un asunto en verdad delicado, y de suma urgencia.

—Tomad asiento, hermano.

Así lo hizo. Ambos, Juan de Austria y su hermanastro Felipe, rey de España, aguardaron en silencio hasta que los ruidos de las obras de El Escorial cesaran en el exterior, tal como el rey había ordenado a su ayuda de cámara al introducir la visita.

Solo en la iglesia que se estaba levantando había veinte grúas de dos ruedas, unas bajas, otras altas, y, sobre estos tablados y andamios que subían al cielo, todo era una pura vocería de órdenes e instrucciones: «¡Guinda!

», «¡Amaina!», «¡Vuelve!», «¡Revuelve!», «¡Torna!

», «¡Estira!», «¡Para!», «¡Tente!», y el ruido de los carros, el mugido de los bueyes, los crujidos de las grúas, los chirridos de las máquinas, las voces de los alarifes.

De pronto, repicó una campana, y en cuestión de segundos los ruidos cesaron por completo.

—Decidme, don Juan —invitó entonces el rey a su visitante.

—Es sobre vuestro hijo Carlos, señor.

Felipe cerró los ojos un instante brevísimo, como lo hace el floretista que sabe que es inevitable la estocada.

Luego, observó a su hermanastro, extremadamente serio.

Últimamente, nada que se refiriera a su primogénito el príncipe tenía trazas de serle grato.

Lejos de ello, cada nueva que se le traía acerca de él era un puñal en el corazón de su padre.

Y tan agudo y tan hiriente que llevaba días Felipe, convencido ya de que las largas conversaciones mantenidas para que mejorara su conducta y hábitos eran inútiles, dándole vueltas a la cabeza sobre qué hacer con su hijo.

A quien ni siquiera su compromiso matrimonial con su prima Ana de Austria había atemperado su desmedimiento.

Y en la cabeza del rey se abría paso a cada momento con mayor claridad una idea que tanto lo aterrorizaba como le llevaba a la mente la certeza de que no había otra solución posible.

Felipe había pasado las Navidades en El Escorial con su esposa Isabel y con sus hijas las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela.

Su hijo Carlos había permanecido en Madrid por voluntad propia.

Había usado ese tiempo, además de para despachar los asuntos del reino, que no tenían fin, para supervisar las obras del monasterio que ya se prolongaban desde hacía cinco años y cuya finalización ni siquiera se intuía, tan grande era la empresa, y había decidido prolongar su estancia allí para ganar un jubileo plenísimo el día de los Santos Inocentes y para vivir las fiestas de la Epifanía.

Su confesor, fray Bernardo de Fresneda, había aprovechado la presencia del monarca en San Lorenzo para consagrar la iglesia pequeña del monasterio, y allí estaba cuando le fue anunciada la llegada de su hermanastro Juan de Austria.

Durante ese mes largo que llevaba en El Escorial, había abordado intensamente, en la soledad de su propia conciencia, el destino de su hijo Carlos, las noticias de cuyos desvaríos le llegaban prácticamente a diario.

Aunque, intuyó mirando la expresión solemne y afligida, hasta el punto del desasosiego, de Juan, ninguna de la gravedad y trascendencia de las que este era portador.

Cuatro días antes, el 13 de enero, había rogado a todas las iglesias y conventos de Madrid que rezaran por su rey, a todas las horas canónicas y en todas las misas, «pidiendo a Dios que lo inspirara y guiara en cierta deliberación y plan que tenía pensado».

Anuncio que dio mucho que hablar en los mentideros a los correveidiles de la corte, aunque ni uno solo pudo averiguar la realidad que escondía.

Y vislumbró que aquella reunión con su hermanastro iba a desencadenarlo todo.

—Decidme.

Juan de Austria, hijo ilegítimo del emperador Carlos V y de Bárbara Blomberg, una dama alemana hija de un peletero de Ratisbona, y por tanto hermano de vínculo simple del rey católico, tenía un porte que destacaba incluso entre cortesanos acostumbrados al brillo de la nobleza.

Desprendía un carisma, una energía y una viveza que contrastaban fuertemente con la personalidad rígida y circunspecta de su hermano Felipe.

Aunque de estatura media, tenía el vigor que dan la juventud —cumpliría veintitrés años de ahí a pocos días—, las jornadas de armas y el ejercicio físico.

Su rostro era armonioso, de cejas arqueadas que hacían que sus ojos, oscuros e intensos, con un brillo de entusiasmo que provocaba la adhesión de sus soldados y el favor de las damas, destacaran poderosamente en el conjunto de sus rasgos regulares.

Tenía los pómulos marcados; la mandíbula, firme, sin la exageración prognata de los Habsburgo; la nariz, recta; los labios, carnosos y proporcionados; el cabello, castaño y liso, peinado con desenfadada elegancia.

Su mirada era franca y a veces temeraria.

Vestía un jubón en terciopelo verde ricamente bordado, con calzas rellenas y acuchilladas en el mismo color, y cuello de lechuguilla.

También su indumentaria lo diferenciaba del rey, siempre serio y grave, siempre vestido de riguroso negro.

—Vengo del alcázar, señor —anunció Juan—, y lo hago con dolor de mi corazón, pues no es grata la tarea que aquí me trae. Se me ha situado entre la espada y la pared, majestad, entre dos fidelidades, y tengo claro cuál ha de prevalecer.

Y permaneció unos instantes en silencio, como queriendo dar tiempo al monarca para que apreciara la trascendencia de las palabras que se veía obligado a pronunciar.

—Hablad.

—Señor, me veo en la dolorosa obligación de dar a vuestra majestad noticia de los planes de vuestro hijo Carlos. Ayer me hizo llamar a sus aposentos para comunicármelos y decidí que no podía pasar ni un día sin que mi rey los supiera.

Felipe llevó la mirada hacia el ventanal de su cámara de trabajo que daba al Patio de los Evangelistas de El Escorial.

Contempló el cielo gris, la mañana fría y húmeda, lluviosa.

Miró las paredes de ese cuarto, sencillas, casi desnudas.

Bajó la vista luego y la depositó sobre los papeles de su escritorio de nogal, sobre los memoriales, los mapas de Italia, de Flandes, de las rutas marítimas, algunos desplegados sobre la madera, otros enrollados en tubos de cuero.

¿De verdad —se preguntó en silencio— valían la pena tantas horas de trabajo, tantos afanes, tantos desvelos, tanta sangre vertida y tantos dineros gastados para mantener el imperio, si quien habría de heredarlo, la carne de su carne, solo le acarreaba pesadumbres y amarguras?

Supo que lo que a continuación dijera su hermanastro Juan iba a sellar la suerte de su hijo.

—Continuad.

—Es una locura, majestad.

—Dejad, don Juan, que eso lo decida yo. Proseguid.

—El príncipe Carlos, señor —continuó Juan de Austria; en su voz había auténtica tristeza, pues sabía las consecuencias que se iban a seguir de sus palabras para quien había sido su amigo en la juventud, su camarada de correrías en la Universidad de Alcalá junto a Alejandro Farnesio, otro recién incorporado a la familia, hijo de Margarita de Austria, también fruto ilegítimo de Carlos V; para su compañero de aquellos tiempos dichosos solo enturbiados por las locuras del príncipe, que ya entonces comenzó a dar muestras de su extravío—, acaricia un pensamiento descabellado.

Pretende huir de España, majestad. Es su deseo, que él mismo me ha comunicado solicitando mi ayuda, pasar con las galeras a Italia, y desde allí presentarse ante el emperador Maximiliano, vuestro primo, con la pretensión de contraer matrimonio con su hija doña Ana, vuestra sobrina.

Y quién sabe qué más después, qué otros pensamientos descabalados alberga.

Está enfermo, majestad. Vuestro hijo no está bien. Solo así puede explicarse su desvarío.

El rey tuvo que hacer un esfuerzo para que la voz le brotara firme.

—¿Quién, en la corte, conoce y comparte los designios del príncipe?

—No piense ni por un momento vuestra majestad que me complace contaros lo que ahora os relato.

Ningún mal le deseo a su alteza el príncipe, vuestro hijo y sobrino mío.

Pero creo que es mi obligación poner en conocimiento de vuestra majestad todo lo que pueda causarle grave daño.

El príncipe ha remitido esquelas a potentados de Nápoles, Sicilia, Milán y Flandes, pidiendo empréstitos para sus planes y prometiendo favores y mercedes, y todo ello pone en entredicho la estabilidad del reino y el buen nombre de su majestad.

—Respóndame vuestra señoría a la pregunta que le he hecho. ¿Quién, en la corte, conoce y comparte los designios del príncipe?

—No creo que nadie, de entre vuestros vasallos, os sea desleal, señor.

Es verdad que hay algunos jóvenes talentosos que rodean a su alteza.

Me refiero, majestad, a don Cristóbal de Moura, don Juan de Idiáquez, don Juan de Silva y don Juan de Borja, que suelen reunirse con don Carlos en la alcobilla de sus aposentos.

La «Academia del Príncipe», la llaman. Y aunque a veces hablan, según he podido saber, de cómo sustentar la privanza y de cómo negociar en corte, la mayor parte del tiempo la consumen jugando apuestas o hablando de mujeres, poesía, guerra y caballería.

No creo que ninguno de estos señores aliente o incite el descarrío de don Carlos.

—¿Cómo de adelantado tiene su cálculo?