3. LA CARTA ANÓNIMA
L A CARTA ANÓNIMA
Cuando las puertas del despacho se cerraron tras el arzobispo de Toledo, el duque de Alba quedó a la espera de alguna disposición de su señor. El rey, empero, con un gesto fugaz de la mano, le ordenó que se retirara.
—Como gustéis, majestad —dijo el duque—. Pensé que tal vez deseabais comentarme algo de la visita de don Gaspar.
El rey negó con la cabeza y el duque, tras aguardar unos segundos por si cambiaba de opinión, abandonó la cámara de trabajo de su soberano.
Felipe tomo el anónimo de su mesa, lo desdobló, pero, como si se arrepintiera o como si temiera volver a leer su contenido íntegro, lo dejó caer de nuevo sobre el tapete.
Se levantó y regresó al ventanal desde el que se dominaba buena parte de Madrid.
Apoyó la frente sobre el cristal, frío pese a la calidez de esa mañana septembrina, y la frialdad del vidrio alivió en parte la tensión que lo embargaba y alivianó la palpitación descompasada de la vena de su sien.
Sus pensamientos retornaron a su hijo Carlos, muerto hacía ahora poco más de diez años, en la cárcel en que él mismo había mandado convertir sus aposentos en el alcázar, primero, y la torre vieja después.
¿Qué edad tendría ahora el desdichado Carlos?
¿Treinta y cuatro? ¿Treinta y cinco? Recordó que había nacido en el mes de julio anterior al Concilio de Trento de 1545, y que su nacimiento había supuesto la muerte, unos días después, de su madre, María Manuela de Portugal.
Carlos tendría ahora, pues, treinta y tres años.
¡Y cuán desdichado había sido durante toda su vida!
Una vida de enfermedades, de esas cuartanas persistentes que habían hecho que todos lo trataran con una condescendencia que a la postre había corrompido su carácter.
Una vida marcada por su contrahechura, la espalda algo jorobada, los hombros disimétricos y una pierna más corta que la otra, lo que al cabo le produjo aquella fatal caída en Alcalá que le dañó aún más un cerebro ya de por sí perjudicado desde su nacimiento.
Una vida de excesos, de desmesuras, poniendo constantemente en peligro su buen nombre y el de la casa real.
Una vida que no podía ser la del heredero del mayor imperio que jamás vieran los tiempos.
Pero... ¡que nadie pensara que aquello que hizo, aquello que ordenó, la prisión de su propio hijo, lo hizo por su gusto o beneficio!
¡Lo hizo, como todo lo que en su vida llevó a cabo, por el bien de España, por el bien del imperio y de los tiempos venideros!
¡Qué más habría querido él que su hijo, Carlos, su primogénito, hubiese sido un joven cabal y de hombros recios capaces de soportar el peso de la corona y de la púrpura!
¡Qué más habría querido él que su hijo hubiese sido un hombre sensato, reflexivo y cuerdo, en quien poder descansar el peso enorme del futuro!
Y lo había intentado, bien lo sabía Dios.
Lo puso bajo la tutela de Honorato Juan, que había sido uno de sus preceptores, que lo imbuyó del amor a la lectura y las artes.
Había compartido con él partidas de caza y jornadas de pesca cuando sus obligaciones se lo permitieron.
En su testamento de 1557 dispuso que su hijo Carlos gobernara los Países Bajos, así como España y los territorios de ultramar, tras su muerte.
Cuatro años después, convocó a sus principales vasallos de Castilla que, en solemne ceremonia, juraron lealtad a Carlos, de quince años de edad entonces, como príncipe heredero.
Repartió limosnas, liberó a presos por deudas, organizó misas, para celebrar la curación de su hijo tras la caída en Alcalá de Henares, cuando estudiaba en la universidad de allí.
Cuando Carlos no pudo asistir por sufrir nuevos ataques de cuartanas a las Cortes de Aragón, intentó convencer a sus nobles para que lo reconocieran, in absentia , como heredero del trono.
Lo sentó a su lado, como príncipe, en la apertura de las Cortes de Castilla.
Hasta el emperador Carlos, el padre de Felipe, confió en el futuro y capacidad de su nieto cuando se encontró con él a su regreso a España de uno de sus continuos viajes e insistió a su hermana Catalina, entonces reina regente de Portugal, para que reconociera a Carlos como heredero de la Corona portuguesa en caso de que su otro nieto, Sebastián, muriese sin descendencia, lo que ahora, a la postre, se había producido.
Le dio un lugar en los Consejos de Estado y de Guerra, permitió que estos altos órganos se reunieran en sus aposentos y dejó claro que él, su hijo primogénito, príncipe de España, mandaba completamente en los asuntos a debate y que quería que se le obedeciera sin discusión.
Lo introdujo en los asuntos del país y del imperio, le facilitó grandes sumas de dinero, le impuso el Toisón de Oro...
Había hecho todo cuanto estaba en su mano.
Todo cuanto podía y debía.
¿Qué más podía hacer un padre?
Pero no. Todo había sido para nada. Todo había sido en vano.
Aquel niño que en su más tierna infancia gozaba asando liebres vivas y que incluso llegó a cegar, por mera diversión, a los caballos del establo real y a azotar a una moza por puro gusto, se había convertido en un joven desequilibrado, en un muchacho enajenado capaz de cualquier atrocidad: arrojar a un paje por la ventana porque su conducta le había molestado; en otra ocasión, quiso hacer lo propio con Juan Estévez de Lobón, su guardajoyas, porque le había desaparecido un billete; apuñaba a sus criados por cualquier nadería; amenazó con acuchillar a su mayordomo Fadrique Enríquez por una insignificancia; iba cada noche a la mancebía de la villa, cerca de la puerta de Guadalajara, donde se comportaba con mucha arrogancia y ninguna dignidad; cuando la tercera esposa de Felipe, la reina Isabel de Valois, parió una niña, Carlos, feliz de que no hubiera sido un varón que le hiciese sombra, se disfrazó de morisco y ordenó un simulacro de batalla frente al alcázar para después dirigirse, acompañado de jóvenes cortesanos, a emborracharse en todas las tabernas y garitos de Madrid; espiaba las reuniones reservadas del rey detrás de las puertas; era capaz de derrochar cientos, miles de escudos en las más ridículas apuestas, que hacía a diario...
Felipe siempre había querido pensar que eran las cuartanas las que producían el desequilibrio de su hijo y las que le habían afectado de forma irremediable su capacidad mental.
Pero ahora, y cada vez con más intensidad, se planteaba si todo no era consecuencia de una innata mezquindad, de una malicia ingénita que no sabía de quién podía haber heredado Carlos.
No. Por muy hijo suyo que fuese, Felipe no podía dejar el imperio en manos de ese joven perverso que podría dilapidar en unos meses lo que su familia había construido durante decenios, siglos tal vez.
Y no le quedó más opción, con un dolor tremendo de su corazón, que hacer lo que hizo.
Decisión terrible cuya necesidad se vio corroborada por los papeles hallados en los aposentos del príncipe, papeles que indicaban que Carlos se proponía fugarse del país y quién sabe si rebelarse contra la autoridad real.
El desdichado, en su desvarío, no estaba dispuesto a esperar a su tiempo. Tiempo que, por su propia insanidad, por su propia vesania, jamás le hubiese llegado.
No.
No tuvo más remedio que hacer lo que hizo.
Pero nada tuvo que ver en su muerte, eso también lo sabía Dios.
Y ahora, sin embargo, ese anónimo, esa carta que el arzobispo de Toledo había traído hasta el alcázar parecía insinuar o, más que insinuar, sostener que Carlos había muerto o a manos o por orden de él, su padre.
¡Qué gran verdad encerraban aquellas palabras del Señor Jesús!: «El mal no es lo que entra en la boca del hombre, sino lo que sale de ella».
Regresó a su escritorio, asió la carta que Gaspar de Quiroga y Vela le había dejado, se colocó sobre el puente de la nariz sus antiparras, comprobó que la misiva estaba sin fechar y sin rubricar, observó su caligrafía que delataba a su autor como un hombre culto y ordenado, y leyó de nuevo su contenido.
Cuando, tras la lectura, que volvió a desquiciarlo, consiguió respirar arregladamente, tomó la carta en el puño y la arrugó, dispuesto a arrojarla al fuego.
Se arrepintió, empero, y la alisó, la volvió a doblar y la guardó bajo llave en el cajón donde conservaba las «Instrucciones secretas» que, en sus primeros años de gobierno, cuando su padre viajaba constantemente por Europa y él quedaba al frente del país siendo un jovenzuelo de edad parecida a la de su hijo difunto, le había entregado el emperador.
Instrucciones que hablaban de que el dinero siempre debe postergarse ante la honra y la reputación; de que los negocios se habían de tratar con muchos de sus vasallos y no con uno solo, «porque, aunque es más descansado, no os conviene»; de que no era bueno que los grandes se adentraran en exceso en la gobernación; de que, en las dudas, siempre había de atenerse a lo más seguro, que era Dios; de que había que poner la conciencia por encima de los negocios...
Instrucciones que él había querido compartir con su hijo Carlos, en vano, pues no tenía oídos el desdichado príncipe para la cordura sino para el desmedimiento.
Intentó calibrar las consecuencias de aquel anónimo.
No le preocupaba lo que pudiera hacer el Santo Oficio.
La Suprema no podía ni investigarlo, ni juzgarlo, ni someterlo a proceso, ni exigirle testimonio.
Felipe, como cualquier monarca católico, estaba fuera del alcance de la Inquisición.
El rey solo respondía ante Dios. Era verdad que la Inquisición podía actuar, si no contra él, sí a su alrededor , y eso generaba un poder indirecto de cierto peligro.
Pero mucho se cuidarían el arzobispo y los inquisidores de intentar causarle daño: el Santo Oficio dependía del monarca, que era quien nombraba al inquisidor general, quien confirmaba, suspendía o limitaba los procesos, quien tenía bajo su autoridad regia las cárceles, los bienes y las confiscaciones que se ordenasen.
La Santa Inquisición actuaba «en nombre del rey y para servicio del rey», y un proceso contra Felipe habría sido, además de impensable, una blasfemia política, un acto de traición y un hecho jurídicamente inhacedero y teológicamente inconcebible.
No. Nada tenía que temer del Santo Oficio.
Pero sí de sus vasallos y de sus iguales. De sus poquísimos iguales, si es que alguno lo era.
En esos tiempos, un rey gobernaba por concesión divina —el rey imperaba por voluntad de Dios y, por lo tanto, debía rendir cuentas solo ante Él—, pero también por autoridad moral.
A un rey le era exigible la reputación, el mayor de sus bienes.
A un rey le era exigible una conducta personal ejemplar —por eso el pobre Carlos jamás habría podido reinar—, la integridad y la honestidad en todas las facetas de su vida.
A un rey le era obligado actuar con rectitud, transparencia y cercanía con sus vasallos, preservando el prestigio de la institución y actuando como un símbolo de unidad y moderación, lo que habría de generar la confianza y el respeto de sus súbditos.
Ser acusado de parricidio —el crimen más detestado, equiparable al pecado de Caín—, y aunque esa acusación fuera solo en modo de rumor, de hablillas susurradas en las esquinas de los salones, pondría en entredicho su reputación y en duda su virtud, su conciencia y su derecho divino a la Corona.
Aunque nadie pudiera juzgarlo, la sombra de esa acusación —¡haber dado muerte a su propio hijo!
— quedaría para siempre sobre su nombre, y eso era letal en un monarca sacralizado.
Un rey tenía que ser padre de su pueblo, de sus siervos, y, si no era buen padre de su propio hijo, ¿cómo podría serlo del reino?
¿Y fuera de España? ¿Qué sucedería si el rumor, esa acusación anónima, se extendiera allende las fronteras del imperio?
Sería una hecatombe.
Los franceses, siempre dispuestos al quebranto de su vecino del sur, se relamerían en su gozo nada más lo supieran. Francia usaría esa calumnia para desacreditar a España, para negociar alianzas con portugueses y flamencos, para debilitar la influencia hispana en Italia.
En Inglaterra, de la que Felipe fue rey hasta la muerte de María Tudor, su segunda esposa, se construiría al instante la imagen de un rey tirano y asesino de su propio hijo para propaganda protestante.
Y volverían a recordarse los autos de fe en los que María y él quemaron en la hoguera a miles de infieles en los tiempos en que el rey de España reinó en aquella brumosa isla.
Y, al amparo del infundio, se justificarían ataques marítimos, asaltos a puertos y colonias de Indias y un apoyo decidido a la siempre levantisca Flandes.
Para los flamencos, los rebeldes flamencos, el bulo sería un regalo: «Si mata a su propio hijo, ¿qué no hará con nosotros?». Y a partir de ahí se duplicarían las revueltas y las algaradas que podrían decidir el signo de la guerra.
En Portugal, el rumor tendría unas consecuencias nefastas: abierta como estaba la crisis sucesoria tras la muerte de Sebastián y a la espera de la inminente muerte del cardenal Enrique, si Felipe era considerado parricida, si su moral se ponía en duda, si su figura y su reputación quedaban manchadas, las facciones portuguesas que no deseaban que el trono de Portugal fuese ocupado por el rey de España dispondrían de nuevos argumentos para rechazarlo como candidato legítimo a la sede real del país vecino.
Sí, sería una autentica hecatombe, la destrucción total de su prestigio dentro y fuera del país.
Lo peor, sin embargo, no sería ese menoscabo, el daño para el reino fuera y dentro de sus fronteras.
Lo peor sería el quebranto que el propio Felipe sufriría en su concepción de sí mismo.
Él era un hombre profundamente devoto. Que se le acusara de matar a su hijo —aunque él supiese que era falso— afectaría a su conciencia, a su fe, a su identidad como padre y a su mirada ante Dios. Y eso, para alguien tan religioso como el rey católico, era peor que el juicio humano.
¿Cómo se había podido llegar a eso, Santísima Virgen de Atocha?
Se esforzó, por más que le doliese, por recordar aquel tiempo, intentando encontrar en esos recuerdos una explicación a esa acusación injusta.
Y fue así que se le derramó en la mente la memoria de aquellos fatídicos días de enero de 1568, aquellos días que, aun diez años después, podían cambiar para siempre el futuro de España y el destino del rey.