Conjura contra el rey Felipe 2. LA VISITA DEL INQUISIDOR #3
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2. LA VISITA DEL INQUISIDOR #3

Sí. Hubo testigos. Algunos ya han muerto; otros morirán porque también han de pagar sus culpas, pues fueron cómplices de la mano que apagó aquella vida.

Como he dicho, en los aposentos donde el príncipe fue encerrado, antes de que expirase, está grabado este símbolo antiguo, signo que aparecerá de nuevo, pues se avecinan nuevas muertes.

Guárdese esta carta, porque es aviso del cielo y memorial de la culpa. Y no olvidéis que quien lleva sobre sí la corona lleva también sobre sí el peso de un parricidio.

Por caridad de las almas y salud del reino, investigad lo que muchos callan.

La verdad clama.

Un servidor temeroso de Dios que no osa firmar su nombre por temor a perder el alma y la vida

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Felipe se quedó, durante unos instantes interminables, en silencio, conmocionado, incapaz de levantar la vista de aquellas letras terribles, más lívido que nunca.

Aquello no era una insinuación, sino una imputación en toda regla, una acusación sin ambages, una denuncia en forma ante el Santo Oficio.

Alguien lo acusaba de haber dado muerte a su propio hijo. Del más terrible de los crímenes.

Tuvo que inspirar con fuerza varias veces para evitar que alguna vena se le desgarrase, tanta era su tensión en ese momento.

—¿Ha leído alguien más este... este papel?

—No, majestad —respondió Quiroga—. Lo recibí en mano de un familiar con el lacre intacto. Lo guardé sin mostrarlo a nadie. Sabía que este documento concierne solo a vuestra majestad.

—¿Tenéis idea de quién lo ha escrito?

—No, señor. Nadie lo firma.

—¿Por qué no se me ha dirigido directamente a mí? ¿Por qué mandarlo a vuestra eminencia?

—No soy capaz de adivinarlo. Tal vez —se atrevió a decir— para que no quede oculto.

—¿Y conjeturáis su propósito?

El clérigo asió la carta de la mesa y la examinó detenidamente, como si observándola de esa manera pudiera desentrañar su significado.

—Pienso, majestad, que es obra de un desequilibrado —aseguró el arzobispo finalmente—.

Nadie en su sano juicio podría sostener lo que en este billete se afirma.

Es una locura. A no ser que... que sea la calumnia perversa de un enemigo, el intento calculado de sembrar discordia en el corazón del reino.

La voluntad de atentar contra vuestro crédito y vuestra reputación.

No sé qué más deciros, señor. —El rey alargó la mano, solicitando de nuevo la carta al prelado—.

Os hago entrega del original, majestad —dijo Quiroga, extendiendo el anónimo hacia el rey.

Este lo tomó y, como si pesara, lo dejó caer sobre el tapete de la mesa—.

Una copia permanecerá en poder de la Suprema.

Aunque os aseguro que nadie más que yo tendrá acceso a ella.

Felipe levantó la mirada. Sus ojos eran dos brasas ardientes.

—¿Por qué guardar una copia?

—Es lo procedente. La Inquisición ha recibido una denuncia y debe seguir su rito. No podemos hacer como si nunca hubiese existido. Una copia, al menos, ha de quedar en los archivos del Santo Oficio.

—¿Insinuáis que hay verdad en estas líneas?

El arzobispo sostuvo la mirada real sin titubear.

—Lo que me preocupa no es que haya verdad en esas palabras, que no la hay, como bien sé, sino el propósito que esconden.

Porque, como os he dicho antes, majestad, tal vez sea obra de un loco, pero también pudiera ser que quien haya escrito esa carta albergue un propósito que busca vuestro perjuicio, señor, y, con él, el perjuicio del reino.

Pero la Inquisición no puede ignorar una acusación así, por absurda que sea, si corre el riesgo de propagarse.

No se os escapa que lo que afecta a vuestra real persona también afecta a la Iglesia, de la que sois principal defensor.

—Sabéis que la Inquisición no tiene poder alguno sobre la persona del rey.

—Lo sé.

—¿Qué pensáis hacer con... con esto entonces? —preguntó Felipe, señalando el anónimo que, como un reptil venenoso, yerto ahora pero de imprevisible acometida, acechaba desde el tapete del escritorio del rey.

—Nada, majestad. Archivaremos la copia y punto y final. No habrá proceso, no habrá indagatoria, no habrá nada.

—Os lo advierto, monseñor —y la mirada del rey de España era ahora afilada como una gumía; su voz, dura como el yunque; sus palabras, que retumbaron en la estancia a pesar de ser pronunciadas en voz baja, como el martillo sobre la superficie de hierro de la bigornia—: si alguien pretende abrir la tumba de su alteza...

, de mi hijo..., será la suya la que se cierre.

El arzobispo permaneció en silencio e inmóvil. Felipe se levantó sin ceremonia y tocó la campanilla.

—Id con Dios —dijo.

—Y quedad vos con Él, majestad.

Se abrió la puerta y apareció en el umbral la figura del duque de Alba.

Gaspar de Quiroga y Vela, arzobispo de Toledo e inquisidor general del reino, inclinó la cabeza y dio dos pasos atrás, sin dejar de contemplar el rostro duro de Felipe.

Luego, se giró y abandonó la cámara de su rey, que quedó examinando la carta anónima que, sin que él aún lo supiera, iba a marcar, de ahí en adelante y de modo indeleble, el rumbo de su reinado.