2. LA VISITA DEL INQUISIDOR #2
—Señor —comenzó—, lo que traigo hasta vuestra majestad no es de mi agrado, pero es mi obligación como arzobispo y como inquisidor general traéroslo. Lo recibí hace dos noches y enseguida pedí audiencia a vuestra majestad. No podía tenerlo bajo mi techo sin ponerlo en conocimiento de mi rey.
Felipe frunció apenas el ceño, un gesto mínimo, casi involuntario.
—Decid, pues.
Quiroga extrajo de un bolsillo interior de su sotana un pliego doblado en cuatro. El lacre, sin sello alguno, estaba roto; el papel inmaculado, de haber sido tocado por escasas manos.
—Ha llegado a la Suprema una carta anónima —dijo el arzobispo—. Contiene una acusación de tal gravedad que no era posible ignorarla.
Felipe clavó la mirada en el clérigo, al mismo tiempo que en silencio elucubraba acerca de cuál podía ser el contenido de esa misiva anónima que tanto turbaba a Quiroga.
Durante unos segundos estuvo barajando posibilidades, pero no hubo ninguna por la que se decantara.
Ninguna que justificara esa circunspección del clérigo que parecía vaticinar una calamidad.
Sus ojos, oscuros, inmóviles, aguardaron.
—Leedla —ordenó al fin.
El prelado desdobló la carta con movimientos lentos, casi litúrgicos, como si se tratara del paño que cubre el cáliz sagrado. Respiró hondo antes de comenzar.
—«Muy reverendo señor en Cristo: no me mueve a escribir sino el deseo de que la verdad, sepultada tantos años...».
Felipe alzó una mano.
—No es necesario que la leáis entera. Obviad las fórmulas. Id al meollo de la cuestión. A eso que tanto os afecta, por lo que se ve.
El arzobispo buscó el párrafo. Miró al rey, como dudando, para decidirse al fin. Su voz se volvió más tenue y leyó:
—«... sepa vuestra eminencia que el príncipe don Carlos, el hijo primogénito del rey Felipe, no murió por enfermedad ni flaqueza natural, sino por voluntad de quien debía ampararlo. Por el designio de su propio padre».
Un silencio espeso anubló el despacho real.
Por unos instantes, en la mente del rey de España refulgió la imagen, el recuerdo de su hijo Carlos, unigénito de su primera esposa María Manuela de Portugal.
Durante esos segundos, vislumbró la figura de su hijo muerto, su rostro fino, casi puntiagudo, la piel muy clara, casi traslúcida, en la que destacaban sus ojeras y una expresión febril, caótica acaso, que nunca terminaba de apagarse.
Vio una vez más sus ojos brillantes, nerviosos, agitados, con una expresividad dolorosa, como si su mente nunca encontrara sosiego.
Un ramalazo de dolor recorrió de arriba abajo al rey Felipe.
Parpadeó, para alejar de sí ese recuerdo, o tal vez para apartar de sí ese dolor.
Una pregunta, sin embargo, pajareó por su mente: ¿a qué sacar ahora la muerte de su hijo, ocurrida diez años atrás?
—Continuad.
—Señor —repuso el arzobispo—, ¿no prefiere leerla vuestra majestad?
—Continuad —insistió el monarca, que no quería tener que usar sus antiparras delante del clérigo, mostrar la debilidad de su vista cansada por tantas horas de lecturas. Y sin ellas apenas era capaz de leer nada.
Quiroga carraspeó, para aclararse la voz, y continuó con la recitación de los párrafos esenciales del anónimo:
—«...hubo testigos de las órdenes dadas por el rey, decretando la muerte de su hijo, de las palabras inmisericordes que sellaron la suerte del desdichado príncipe.
Y el símbolo antiguo, el que figura al pie de estas letras, también grabado en su prisión, anuncia juicio sobre quien derrama sangre inocente... ».
Levantó la mirada el páter y volvió a doblar la carta en cuatro.
—Creo que eso es todo, majestad —dijo—. Os he leído lo esencial de su contenido. Se acusa a vuestra majestad de la muerte de vuestro hijo, su alteza el príncipe Carlos, que con Dios esté, como veis. Y se anuncian nuevas muertes.
Felipe II mantuvo la mirada fija en un punto vacío, entre él y el arzobispo. Cuando habló, su voz, de bajo tono como en él era habitual, era, pese a todo, un hilo de hierro.
—¿A qué símbolo se refiere?
—Vedlo vos mismo, majestad.
Tendió la carta al rey, que, ahora sí, se colocó sobre el puente de la nariz sus antiparras de carey. Ya no tuvo reparos en exhibir el agotamiento de sus ojos. Y vio, al pie de la carta, el símbolo que le había sido anunciado:
♄
Le costó a Felipe levantar la mirada de esa figura extraña, impenetrable. La alzó al cabo y la clavó en los ojos antiguos del inquisidor.
—¿Qué significa...? —Y golpeó con el dedo índice la carta depositada sobre la mesa—. ¿Qué significa esto? Este emblema...
—Lo ignoro, señor. Para mí es tan hermético como para vuestra majestad.
Tomó la carta el rey, se ajustó las antiparras, otra vez sin temor a que el inquisidor general fuera consciente de su vista defectuosa, y leyó el texto entero del anónimo:
Muy reverendo señor en Cristo,
No me mueve a escribir sino el deseo de que la verdad, sepultada tantos años bajo obligados y convenientes silencios, salga al fin a la luz y se descubra el crimen hasta ahora silenciado por manos poderosas.
Porque si los príncipes de la Tierra obran en tinieblas, ¿quién responderá por las almas que gobiernan?
Sepa vuestra eminencia que el príncipe don Carlos, el hijo primogénito del rey Felipe, no murió por enfermedad ni flaqueza natural, sino por voluntad de quien debía ampararlo.
Por el designio de su propio padre. Sepa vuestra reverencia que el príncipe don Carlos, heredero de estas Coronas, no murió por la fiebre que los médicos declararon, ni por la nieve que ingería, ni por su natural debilidad, sino por mano de quien debía haberle dado protección, por mano de aquel que reina en estas tierras y que hace que cuando pronuncio su nombre la tinta se resista y la mano tiemble.
El rey Felipe.
Hubo testigos de las órdenes dadas por el rey, decretando la muerte de su hijo, de las palabras inmisericordes que sellaron la suerte del desdichado príncipe.
Y el símbolo antiguo, el que figura al pie de estas letras, también grabado en su prisión, anuncia juicio sobre quien derrama sangre inocente.