2. LA VISITA DEL INQUISIDOR
L A VISITA DEL INQUISIDOR
—Ha llegado su eminencia, majestad.
El rey católico, Felipe de España, segundo de los de ese nombre, levantó la vista de los papeles, legajos y rescriptos que atestaban el escritorio de su despacho de la fachada occidental del alcázar.
La fijó en los ojos oscuros y envejecidos de su mayordomo mayor, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, tercer duque de Alba.
Examinó su rostro anguloso, delgado y severo, como si cada línea hubiese sido tallada por los mismos rigores que habían marcado su vida militar.
Y aun desconociendo, al igual que él, la razón de esa visita, vio en el semblante surcado de arrugas del duque la misma preocupación que en esos instantes turbaban su ánimo.
Porque la insistencia del inquisidor general en mantener una entrevista urgente y reservada con el soberano no era anuncio de nuevas gratas.
Le hizo un gesto al duque dando venia para que introdujera a la visita, que fue correspondido por un ademán de asentimiento de Alba, que se retiró de inmediato de la estancia.
Felipe sabía que disponía de unos minutos de reflexión pues, para llegar hasta su cámara de trabajo, tendría la visita que recorrer un largo camino.
Pasaba este por cuatro recintos: primero habría de subir la escalera principal hasta el gran salón, y lo haría con pasos vacilantes, y desde allí alcanzaría la sala pequeña.
Desde la saleta habría de llegar hasta la antecámara y luego al salón de espera o antecamarilla, que comunicaba con los aposentos privados del rey.
Sucesivas centinelas de ujieres y ayudas de cámara vigilaban el tránsito de los visitantes por todos aquellos lugares.
Y sabía que el paso del arzobispo era demoroso y tardo por su avanzada edad.
Felipe se levantó de su sillón y se acercó al ventanal de su despacho.
Se contempló en el vidrio veneciano y se dijo que la vida pasaba irremisiblemente.
Frunció el ceño con cierta tristeza cuando la vidriera le devolvió su reflejo: su cuerpo enjuto, alargado como las sombras que proyectaban las arquitecturas que él mismo mandaba levantar.
No había grasa en su porte; todo era hueso, fibra, contención.
Su rostro afilado, de líneas duras y casi geométricas, parecía haber sido cincelado por un escultor que detestase la blandura.
La barba, pequeña y cuidadosamente recortada, ya estaba pespunteada de hebras grises, producto tanto de la edad —había cumplido los cincuenta y un años el pasado mayo— como del desgaste que causaba gobernar un mundo donde no existía el reposo.
La piel, muy blanca, hablaba de una vida entre papeles, despachos y vigilias nocturnas más que en partidas de caza y campamentos militares.
Apreció sus ojos, de un gris acerado, que seguían siendo su arma más temible.
No necesitaba elevar la voz para imponer su autoridad: una mirada suya bastaba para descolocar a un embajador o quebrar la seguridad de un ministro.
A su edad, su mirada había perdido el brillo de la juventud, pero había ganado algo mucho más inquietante: una metódica frialdad, una capacidad de observar sin pestañear, de medir silencios, de evaluar almas como si fuesen mapas.
Se quitó del traje, con un gesto preciso de la mano, una minúscula pelusa blanca, un trozo de papel, posiblemente.
Como siempre, vestía, salvo la gola blanca, oscuridades perfectas: terciopelos negros, jubones sin una arruga, como si el propio orden de la vestimenta fuese parte de su política.
No había en su imagen concesión alguna a la jovialidad.
Pero sí una energía silenciosa, una especie de tensión contenida, la de un hombre que trabajaba en la sombra hasta que las velas morían y que pensaba y discurría constantemente, sin tregua, incluso cuando su cuerpo clamaba descanso.
Llevó la vista más allá, hacia la lontananza, y contempló Madrid a sus pies.
Abrió la ventana y dejó que el aire limpio que llegaba desde el valle le llenara los pulmones.
Observó el Manzanares, sus aguas verdosas, estrecho y poco caudaloso, serpenteando por la vega frondosa; la Casa de Campo, el coto de caza, sus arboledas, sus praderas, los pequeños caminos que ascendían suavemente; y en la lejanía, los primeros relieves de la sierra de Guadarrama, en el horizonte iluminado por la claridad del día.
La serenidad que propiciaba la contemplación del paisaje se veía enturbiada por la inquietud de su espíritu.
¿A qué venía esa solicitud urgente de audiencia del inquisidor general?
No era tiempo de mayores problemas, ya los había de sobra en el reino y en el mundo, tantos que solo un ánimo tan firme como el del rey de España podía afrontarlos sin abatirse: el reciente asesinato de Juan de Escobedo, secretario personal de su hermanastro Juan de Austria; el desastre de Alcazarquivir, donde había muerto el rey Sebastián de Portugal, sobrino del rey; la sempiterna crisis económica del país, que aún sufría las secuelas de la bancarrota de hacía tres años y la presión de los enormes intereses que había que pagar a banqueros genoveses y alemanes por los empréstitos concedidos; el recrudecimiento de la guerra en Flandes, donde los tercios, a pesar de la aplastante victoria sobre el ejército protestante en la batalla de Grembloux, no acababan de derrotar definitivamente a los rebeldes...
Sí, no eran pocos los problemas que afectaban al rey y al reino en ese año del Señor de 1578.
Y, a pesar de ello, ahora, esa visita inesperada y urgente...
Regresó al despacho y rebuscó entre sus papeles la esquela pidiendo audiencia de Gaspar de Quiroga y Vela, arzobispo de Toledo, inquisidor general del reino y, según se decía, futuro príncipe de la Iglesia.
Dio con ella entre los libros de cuentas, los memoriales de ministros y secretarios, las actas del Consejo de Estado, los cuchillos para el papel, los tinteros, los cordeles y cintas, las tablillas enceradas y la correspondencia de embajadores que abarrotaban el tapete de cuero verde de la mesa del rey.
La desplegó y volvió a leer la petición de audiencia del inquisidor: «...
un asunto de la más extrema urgencia y gravedad, una cuestión que puede poner en peligro la estabilidad del reino y la salud física y espiritual de su majestad...
». Esa era, según se leía, la razón por la que el anciano eclesiástico solicitaba ser recibido perentoriamente por el rey.
«... un asunto de la más extrema urgencia y gravedad...».
¿Qué podría ser, voto a bríos?
Murmuró Felipe una prez silenciosa, pidiendo perdón por sus votos, a los que tan poco dado era. Pero ¿qué era lo que provocaba la visita del inquisidor general?
Se dijo que, ante la duda, solo cabía la resolución.
Hizo sonar la campanilla, dando venia para que se hiciera pasar al visitante, que ya estaría en la antecamarilla, al despacho real.
Tomó asiento, se alisó una arruga inexistente del jubón, se ajustó la gola, puso ambas manos cruzadas sobre los papeles de su mesa y quedó a la espera.
Se abrió la puerta de la estancia, fue anunciada la presencia del anciano eclesiástico y un aroma de senectud, apenas disimulado por el olor del incienso y la colonia, invadió el aposento.
Su eminencia reverendísima Gaspar de Quiroga y Vela entró en el despacho, se detuvo justo donde la alfombra acababa e inclinó el cuerpo en una reverencia que no le hacía perder la dignidad pero que reconocía la autoridad temporal del monarca.
Este se levantó, saludó al prelado con un gesto de la cabeza y lo invitó a tomar asiento, haciéndolo él a continuación.
Hasta entonces, no se habían dicho ni una palabra.
El duque de Alba aguardó de pie junto a la puerta, esperando la orden de su señor, si quedarse o dejar a solas a ambas dignidades.
El rey hizo un gesto con la testa que Fernando Álvarez de Toledo, después de tantos años al servicio de su casa, entendió a la perfección, aunque lo contrarió.
Inclinó levemente la cabeza, se giró y cerró la puerta a sus espaldas.
—Reverendísimo señor —murmuró entonces el rey.
—Majestad —respondió Quiroga.
Durante unos minutos, aunque incómodos e impacientes, intercambiaron fórmulas y una conversación trivial.
Al cabo, cuando esa conversación formularia se agotó, y fue enseguida, se hizo el silencio en el despacho real.
Felipe observó sin disimulo al arzobispo, como queriendo adivinar en su expresión la índole de la nueva de que era portador.
Pero su rostro permanecía inescrutable. Altivo siempre, incluso en presencia de su rey.
Examinó su semblante, de dura apariencia, marcado por los años y por la gravedad de los cargos que desempeñaba.
Su frente despejada, surcada por arrugas verticales, que hablaban de una vida dedicada a la vigilancia del alma ajena y, quizá, al examen implacable de la propia.
Sus ojos, oscuros y hundidos bajo cejas espesas, que tenían una expresión que mezclaba severidad y lucidez: esa mirada típica de quienes habían escuchado demasiadas confesiones y oído demasiados pecados.
Su nariz, afilada y recta, que confería al conjunto un aire de autoridad natural.
La barba corta, gris, perfectamente dibujada, que subrayaba su dignidad eclesiástica.
Nada en su rostro manifestaba debilidad.
Y nada en él revelaba el motivo de su petición de audiencia.
Incapaz de sostener durante más tiempo la incertidumbre, quebró el silencio el rey de España.
—Habéis pedido audiencia urgente por una razón de gravedad —dijo—. Hablad, pues.
El arzobispo, obtenida la venia del rey como el protocolo ordenaba, se llevó una mano al pecho, como si quisiera proteger el documento que escondía bajo la ropa. Su atuendo —gola blanca, sotana negra, esclavina sobria— era impecable, sin ostentación innecesaria.