1. LA BATALLA DE ALCAZARQUIVIR #3
Con una mano sobre los Evangelios, Enrique juró mantener los fueros y privilegios del reino.
Su voz era firme, pero carecía del fuego juvenil de su sobrino Sebastián.
Cuando, tras el alzado del pendón, el heraldo gritó el tradicional: «¡Real, real, por el muy alto y muy poderoso señor el rey don Enrique, nuestro señor!
», el anuncio no provocó el júbilo que se recordaba cuando el joven rey caído en Alcazarquivir había sido aclamado, ni cuando, mucho antes, el rey Juan ciñó la corona; el grito del heraldo se perdió en las bóvedas de piedra, seguido por un suspiro colectivo de incertidumbre.
Cuando el arzobispo se acercó con la corona, portándola en sus manos alzadas, un silencio funesto se instaló en la iglesia lisboeta.
—Por la gracia de Dios...
Las palabras rituales comenzaron a fluir, conocidas, repetidas, asentadas en la memoria de los presentes. Pero, para Enrique, aquel sonido llegaba como desde lejos, filtrado, casi irreconocible.
Notó en las sienes un frío glacial cuando el oro de la corona se aposentó sobre su cabeza.
Cerró los ojos un instante y sintió un vacío inmenso: no en el presente, que estaba allí, tangible, pesado, sino en el futuro.
Porque el futuro, para un rey, no es lo que él ha de vivir, sino lo que ha de dejar y a quién ha de dejárselo.
Y él no tenía nadie a quien dejar lo que ahora se le entregaba: su amada patria, Portugal.
No tenía hijos. Ningún heredero. Ninguna línea que prolongara su nombre más allá de su muerte. Había sido tan buen clérigo, que ni hijos bastardos tenía.
Había pasado su vida al servicio de la Iglesia, en la disciplina del celibato, en la renuncia a lo que ahora, de pronto, se revelaba como indispensable: una esposa, un heredero. Lo que entonces había sido virtud, era ahora carencia.
Sintió, por primera vez de forma clara, el peso de esa ausencia.
No era un pensamiento nuevo. Había estado allí, latente, desde que se supo del desastre de Alcazarquivir, en las conversaciones con consejeros, en los informes que llegaban, en las miradas que escondían palabras y evitaban pronunciar lo evidente.
Pero en aquel momento, con la corona aún ajustándose a su frente, ese pensamiento adquirió una consistencia definitiva.
Portugal necesitaba un heredero.
Y él no podía dárselo.
O, al menos, no en las condiciones en que había vivido hasta entonces. No ostentando el capelo cardenalicio.
Un leve estremecimiento recorrió su cuerpo.
No de miedo, exactamente. Más bien un escalofrío en la conciencia.
La conciencia de que, de no cambiar el estado de las cosas, su reinado no sería un tiempo de gobierno, sino de tránsito.
De que cada decisión que tomara estaría orientada no a consolidar su poder, sino a determinar quién lo heredaría.
Tuvo la sensación de que, más que un guía del porvenir, era un albacea testamentario.
Los cánticos cesaron.
Un silencio solemne llenó de nuevo el templo.
Enrique inclinó la cabeza, como si rezara, pero sus pensamientos no estaban del todo en la oración.
Había otra idea, aún imprecisa, que comenzaba a tomar forma.
Una posibilidad.
La había considerado antes, en abstracto, como se consideran las cosas que parecen, por definición, improbables. Pero ahora, en aquella circunstancia, adquiría una urgencia distinta.
El celibato.
La dispensa.
El matrimonio.
No era una cuestión menor. Ni baladí. No era, en modo alguno, una decisión que pudiera tomarse sin consecuencias profundas. No solo para él, sino para la Iglesia misma. Un cardenal que solicitaba al papa licencia para contraer matrimonio... no era un asunto que pudiera resolverse con ligereza.
Y, sin embargo, ¿qué era más importante?
¿La observancia de una norma... o la supervivencia de un reino?
Alzó la vista hacia el altar.
Allí, en la distancia, la cruz se recortaba contra la luz. Permanecía inmóvil, ajena a las dudas humanas, a las urgencias políticas, a las necesidades del tiempo. Era, en cierto modo, lo contrario de lo que él representaba en aquel momento.
Tenía que decidir.
No ese día, no en aquella hora, pero pronto.
Rogó por la inspiración divina.
Tendría que escribir a Roma. Tendría que exponer su caso, no como el deseo de un hombre, sino como la necesidad de un rey. Tendría que pedir lo que, hasta entonces, no había necesitado: una exención.
Una dispensa.
Sintió el peso de la palabra antes de pronunciarla siquiera en su pensamiento.
Dispensa.
No como una consecuencia de su voluntad, sino como un instrumento de gobierno.
Cuando la ceremonia concluyó, se levantó con la ayuda de sus asistentes.
Le pareció que tenía los huesos débiles, a punto de desmoronarse como un muro mal construido.
Los nobles portugueses y los embajadores extranjeros se acercaron, uno a uno, a rendirle homenaje.
Inclinaban la cabeza, besaban su mano, pronunciaban fórmulas de lealtad que sonaban iguales en todos los labios.
Enrique respondía con palabras breves, con una sonrisa más breve aún.
Pero, en su interior, el pensamiento persistía.
Sí, pronto habría de tomar una decisión que mudaría por completo su vida.
Pronto habría de escribir a Roma pidiendo dispensa de sus votos eclesiales, cardenalicios. Suplicando que se le autorizara a contraer matrimonio y engendrar un hijo. Un heredero.
Portugal no podía quedar a merced de la incertidumbre.
Aunque para ello tuviera que pedir a Roma lo que nunca antes había pedido.
Aunque para ello tuviera que dejar de ser lo que había sido durante toda su larga y severa vida.