1. LA BATALLA DE ALCAZARQUIVIR #2
Era la táctica de la media luna que el enfermo Abd al-Malik y sus generales habían diseñado, una trampa perfecta para la formación rígida de los portugueses.
Mientras estos se agrupaban en un gran cuadro compacto típico de la infantería europea de la época, el sultán marroquí, tras el primer amago de retirada y desorden, extendió sus cuarenta mil jinetes en una línea larguísima y curva cuyos extremos empezaron a avanzar más rápido que el centro, rodeando a su enemigo.
Gracias a que el terreno era una llanura abierta, la caballería ligera marroquí pudo galopar por los flancos portugueses sin resistencia, ya que Sebastián solo tenía mil quinientos jinetes para proteger sus costados.
En poco tiempo, las puntas de la media luna se unieron a la espalda del ejército portugués, cortándoles la retirada hacia el río y la costa.
Una vez rodeados, los marroquíes no cargaron de frente contra las picas, sino que utilizaron a sus arcabuceros y jenízaros para disparar desde todas las direcciones hacia el centro del cuadro.
Los portugueses, apelotonados, eran un blanco fácil para la artillería y la fusilería.
Los caballos, heridos, comenzaron a caer, arrastrando a sus jinetes en un caos horrendo.
El orden inicial se transformó en desbarajuste, miedo y confusión.
Las órdenes dejaron de oírse. Cada unidad comenzó a luchar por su cuenta.
Cuando el pánico cundió y las filas portuguesas se rompieron, la caballería marroquí entró a cuchillo.
Los soldados que intentaron romper el cerco para huir se encontraron con el río al-Makhazin a sus espaldas, que en ese momento estaba crecido por la marea, provocando ahogamientos masivos.
Sebastián, pese a todo, siguió combatiendo, repartiendo espadazos y alaridos, con un impulso juvenil y suicida.
Pese a saber que la batalla estaba perdida, rechazó rendirse.
Se hizo con un tercer caballo, tras haber perdido los dos primeros, y cargó directamente contra las filas enemigas al grito de «¡La libertad solo se pierde con la vida!
». Fue visto por última vez combatiendo como un titán rodeado de enemigos.
Su cuerpo fue recuperado días después, pero estaba tan desfigurado que muchos portugueses se negaron a creer que fuera él.
A su lado, el depuesto Mulay Mohammed trató de huir cuando la suerte estuvo echada.
Se lanzó al río, intentando salvar la vida en una retirada desesperada.
Allí encontró la muerte, ahogado en las aguas que había esperado cruzar como vencedor.
Los soldados del sultán recuperaron su cadáver, lo desollaron y rellenaron su piel con paja para exhibirlo como trofeo por las ciudades de Marruecos.
Por eso pasó a la historia como al-Maslukh: el Desollado.
Abd al-Malik, por su parte, tampoco pudo disfrutar de la victoria.
Murió en su litera de mando al poco del inicio del combate, vencido por la enfermedad que lo consumía, justo después de dar las órdenes de despliegue.
Sus ayudantes más cercanos, temiendo que el ejército se desmoralizara al saber que el sultán había muerto, ocultaron su óbito.
Durante toda la batalla, fingieron que su príncipe seguía vivo, llevando órdenes falsas de su parte y manteniendo las cortinas de su litera cerradas.
Los soldados lucharon y vencieron creyendo que él los dirigía.
Cuando el combate terminó, el campo era un desorden de cuerpos, armas y estandartes caídos.
Y los tres reyes, muertos.
Los supervivientes portugueses, apenas un millar de hombres, desorganizados y exhaustos, intentaron retirarse, pero las rutas estaban cortadas.
Muchos fueron capturados. Otros murieron en la huida.
La nobleza portuguesa, que había acudido en masa a la campaña de su joven rey, quedó diezmada.
Casas enteras perdieron a sus herederos en un solo día.
Fue, en efecto, una catástrofe.
No fue solo una derrota militar. Fue el inicio de un cambio en el equilibrio político de Europa y del mundo.
En aquella mañana turbia de agosto, entre el polvo, el humo y la sangre, comenzó a dibujarse, aunque nadie lo supiera aún, el destino de dos Coronas.
***
Lisboa, 28 de agosto de 1578
La iglesia de San Vicente de Fora, el templo donde estaban enterrados casi todos los reyes de la dinastía de Braganza y muchos de la dinastía Avís, corazón espiritual de la monarquía portuguesa, estaba en penumbra.
No era por falta de luz, que entraba, tamizada, por los altos ventanales, sino por la naturaleza misma del acto que en ella se celebraba.
No era una coronación al uso, no había en aquel día el júbilo ferviente de las sucesiones ordenadas ni el clamor de los pueblos que vitorean a su rey en la plenitud de sus fuerzas.
Había tan solo una resignación que rozaba lo fúnebre en un acto de urgencia y luto.
Como si, en vez del ascenso al trono de un hombre, se estuviera certificando la muerte de un imperio.
Porque quien iba a ceñirse la corona portuguesa no era un príncipe joven, ni un guerrero victorioso, ni un heredero largo tiempo esperado.
Era un anciano. Un anciano enfermo, herido de muerte.
Y, además, cardenal de la Iglesia de Roma y, por tanto, impedido para engendrar un hijo que garantizara el futuro del reino.
Pero no había más alternativas. Tras el desastre de Alcazarquivir, al ser el último varón legítimo de la dinastía Avís, su coronación como rey era la única vía para evitar un vacío de poder inmediato.
No había lugar, pues, para grandes celebraciones.
El país estaba en bancarrota, gran parte de la nobleza había muerto o estaba cautiva en Marruecos, casi no quedaban nobles jóvenes para portar los estandartes; los que habían integrado la procesión de entrada en la iglesia eran ancianos o parientes lejanos de los que habían quedado sepultados en las arenas de Marruecos.
Y el nuevo rey tenía sesenta y seis años y una salud muy frágil.
Enrique I de Portugal aguardaba de pie, ligeramente encorvado, con las manos apoyadas en el báculo que había llevado durante años como señal de su dignidad eclesiástica.
Sus dedos, largos, huesudos, moteados de manchas pardas, adelgazados por la edad, se aferraban a la madera más por necesidad que por ceremonia.
Su temblor, leve pero constante, era una aciaga constatación de que su tiempo ya había pasado.
Vestía todavía el hábito de cardenal. La púrpura, que durante décadas había sido signo de su rango en la Iglesia, parecía ahora demasiado pesada para sus hombros y símbolo de la falta de porvenir.
A su alrededor, los grandes del reino, los pocos que quedaban tras la derrota, guardaban silencio.
Había en sus rostros respeto, sin duda, pero también inquietud.
Algunos, más jóvenes, desviaban la mirada con frecuencia, como si temieran encontrar en los ojos del nuevo rey la confirmación de aquello que ya sospechaban: que Portugal no tenía delante un futuro, sino un destino aciago e ineluctable.