1. LA BATALLA DE ALCAZARQUIVIR
L A BATALLA DE A LCAZARQUIVIR
La mañana se levantó pesada sobre las llanuras próximas al río Lucus, con una luz turbia que no terminaba de definirse entre el polvo y la bruma y que apenas si refulgía sobre las armaduras y los arneses.
Era un amanecer de esos en los que el aire parece contener ya el presagio de lo que ha de suceder, un amanecer que habría preferido seguir siendo noche.
A lo lejos, la ciudad que los cristianos llamaba Alcazarquivir y los moros Ksar el-Kebir se adivinaba entre las palmeras, las pequeñas dunas y las casas bajas y blancas, sin que nada hiciera pensar que pronto, en unas horas, habría de convertirse en un inmenso osario.
Sebastián, rey de Portugal, de tan solo veinticuatro años, hijo del príncipe Juan y de Juana de Austria, hermana del rey de España Felipe, se había propuesto conquistar el norte de África, empresa que se había convertido en su gran obsesión.
Su espíritu cruzado y aventurero le exigía encabezar una gran coalición contra los infieles y veía en la conquista de Marruecos una misión divina para expandir la fe católica y el Imperio portugués.
Aunque muchos en su país le habían desaconsejado tan arriesgada campaña —entre ellos Francisco de Aldana, el capitán español que su tío Felipe le había enviado para informarle de los riesgos— y pese a que su propio tío le había recomendado extremar la prudencia —la virtud más preciada para Felipe de España—, el joven e impetuoso Sebastián vio llegada la ocasión propicia cuando el depuesto sultán marroquí Mulay Mohammed le pidió ayuda para recuperar su trono, que le había sido usurpado por su tío Abd al-Malik con apoyo otomano.
Sebastián vio esa petición de auxilio como el pretexto perfecto para intervenir, dar satisfacción a sus ansias de conquista y establecer un protectorado portugués en la zona.
Tres ejércitos habían convergido en aquel lugar como si una mano invisible los hubiese atraído hacia un mismo punto y hacia un mismo destino.
Tres voluntades, tres legitimidades enfrentadas, tres formas de entender el poder y el mundo.
Por un lado, el joven y temerario Sebastián I de Portugal, al frente de un ejército de diecisiete mil hombres, entre ellos la flor y nata de la nobleza portuguesa y un contingente considerable de soldados castellanos, italianos y alemanes.
Junto a él, el depuesto sultán Mulay Mohammed, que confiaba en recuperar su corona gracias al auxilio cristiano.
Frente a ellos, el ejército del sultán reinante, Abd al-Malik I de Marruecos, hombre experimentado, formado en el exilio otomano, que había aprendido en Estambul no solo las artes de la guerra, sino también la paciencia y el cálculo militar.
El terreno, praderas y llanuras aluviales fértiles y llanas, situadas entre dos ríos, el Lucus y su afluente, el al-Makhazin, ideales para la caballería pero peligrosas si no se controlaban los flancos, no favorecía a los portugueses: su espacio de maniobra era limitado y no tenían hacia dónde expandirse lateralmente.
Y, lo peor, su única vía de escape hacia la costa, de necesitarla, estaba bloqueada por el agua.
Sin embargo, Sebastián había decidido avanzar.
No era hombre de repliegues. Ni de dudas.
Estaba convencido de que la superioridad de sus arcabuceros y de su artillería y el favor de Dios bastarían para derrotar a los infieles.
Creía que los marroquíes huirían ante una carga frontal, sin importar si el terreno era abierto o si estaba rodeado de ríos.
Sus generales, más versados en las artes militares —Diego de Sousa, Sebastián de Távora, Diego López de Sequeira...
—, le advirtieron que la llanura era una trampa para la infantería frente a la caballería mora, que, aunque ligera, era muy superior en número, mejor conocedora del terreno y más habituada a esos parajes traicioneros.
Sebastián, llevado por su carácter impetuoso, interpretó estos consejos como cobardía, reprendió a sus generales y persistió en su idea de seguir adelante y en su decisión de atacar a toda costa.
El ejército portugués —estandartes al viento, oriflamas multicolores, pendones enhiestos, mesnadas curtidas en mil escaramuzas, caballos nerviosos y piafantes, curas y frailes encomendando a Dios con cánticos y rezos la suerte de esos valerosos soldados— estaba dispuesto en orden de batalla, presentando una imagen de solidez y de poderío que podía engañar a quien no supiera mirar más allá de las meras apariencias.
Las compañías portuguesas se mezclaban con los soldados castellanos, disciplinados y silenciosos, veteranos de los tercios de Flandes e Italia, y con la caballería pesada, cuyos coseletes, testeras, pretales y gruperas brillaban, ahora sí, bajo el sol que poco a poco se alzaba y disolvía la bruma del alba.
Había en aquella hueste una confianza casi juvenil, una fe en la victoria que provenía tanto del entusiasmo contagioso de su rey como de la convicción de que Dios no podía abandonarlos ante los infieles mahometanos.
El rey Sebastián comandaba el ala izquierda de la caballería lusa.
Vestía armadura completa, la borgoñota con la visera levantada, peto a prueba de plomo, gorjales, hombreras y escarcelas de acero bruñido, y su figura destacaba entre los suyos por la riqueza de su equipo y por la intensidad de su presencia, que trasminaba fervor y arrebato.
En su porte había algo más que juventud: una mezcla de ardor religioso y de obstinación que lo hacía parecer invencible, inmune al peligro.
Para él, ese su bautismo de fuego no era solo una campaña, sino una empresa casi sagrada.
Aunque cuatro años antes había desembarcado en Ceuta y Tánger, aquello fue más una serie de escaramuzas y reconocimientos que una batalla de verdad.
Era esta, la de Alcazarquivir, la primera vez que se probaba en la lid, el lugar donde habría de ganar sus primeras espuelas.
La primera línea del ejército estaba compuesta por aventureros portugueses, comandados por Cristóbal de Távora, y por voluntarios y mercenarios españoles, alemanes e italianos.
El ala izquierda de caballería pesada tenía al frente al propio rey, y el ala derecha al duque de Aveiro.
La segunda línea de infantería estaba al mando de Vasco da Silveira, y la tercera línea de infantería, la retaguardia, era capitaneada por Francisco de Távora.
La artillería se posicionó, sobre todo, en primera línea.
El sultán depuesto Muley Mohammed aportó un contingente de unos seis mil soldados marroquíes leales a su causa, principalmente caballería ligera.
Al otro lado, el ejército de Abd al-Malik aguardaba el ataque de su contrincante con la confianza que da una superioridad numérica aplastante: casi cincuenta mil soldados; entre ellos, cuarenta mil jinetes de caballería ligera, sumamente móviles, y diez mil arcabuceros, incluyendo jenízaros y renegados europeos.
Disponía de treinta y cuatro piezas de artillería que nada tenían que envidiar a las portuguesas.
Al frente del ejército se hallaba el propio Abd al-Malik, enfermo y debilitado, algunos decían que ya moribundo, que había sido llevado al campo de batalla en litera.
Desde allí estaba dispuesto a dirigir las operaciones con una lucidez que desmentía su estado.
La batalla comenzó con el avance de las líneas portuguesas, al son de tamboras y clarines, entonando la «Salve, Regina», firmes, progresando al unísono, como si cada paso estuviera marcado por un compás invisible.
Los soldados españoles coreaban a pleno pulmón canciones populares que recordaban las victorias de la Reconquista contra los moros.
Los arcabuces tronaron, primero de forma aislada, luego en descargas más continuas.
El humo comenzó a levantarse como si el campo de batalla se hubiese incendiado, difuminando las figuras, convirtiendo la llanura en un espacio incierto donde los hombres se reconocían más por los gritos que por la vista.
El ejército de Sebastián resistió bien el primer envite, gracias sobre todo a la fortaleza de sus mercenarios que, bragados en las guerras de Italia y Flandes, permitió que las tropas lusas mantuvieran la formación incluso cuando la caballería ligera marroquí comenzó a hostigarlos desde los flancos.
Pero aquella resistencia tenía un límite.
El terreno, el calor, la distancia de las líneas de retirada, todo jugaba en su contra.
La caballería portuguesa cargó. Fue una carga hermosa y terrible, como lo son siempre las que parten de la convicción de la victoria.
Los caballos, cubiertos de hierro, avanzaron con un estruendo que parecía sacudir la tierra misma.
Por un momento, el enemigo cedió. Las líneas marroquíes se abrieron, retrocedieron, se desordenaron.
Pero todo estaba calculado.