Conjura contra el rey Felipe PRÓLOGO. LA HONRA EN JUICIO #3
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PRÓLOGO. LA HONRA EN JUICIO #3

—Está bien —asintió el alcalde de Casa y Corte, con un fruncimiento de los labios, como de frustración o fracaso, que tranquilizó al reo.

Villafañe, no obstante, la voz ahora más viva, prosiguió—: Una última cuestión, don Rodrigo.

Como habréis podido ver, en las cartas figuran, bajo la rúbrica de su autor y en lacre rojo, el sello de este: un escudo de armas y las letras «R» y «S» anudadas. ¿Es vuestro el sello, señor?

—Es parecido, pero no es el mío. Es una burda falsificación —aseveró Sandoval, más nervioso ahora.

—¿Ah, sí?

—Eso he dicho.

Villafañe señaló la mano diestra del reo, que tenía cruzada a la altura del vientre sobre la siniestra. En su dedo anular lucía un grueso anillo de plata con un lapislázuli engastado en el que llevaba grabados sus emblemas.

—¿Seríais tan amable de dejarme un instante vuestro anillo?

Dudó Sandoval, que desenlazó las manos y se las llevó a la espalda, en un torpe intento de esconderlas. Miró a su abogado, como requiriendo auxilio.

—¡Esto es algo completamente irregular, señoría! —protestó Ascensio López, poniéndose en pie ante la mesa de la defensa.

—¿Por qué lo es, abogado?

—Pues... pues... porque... porque... ¡porque el juicio ya ha acabado, por eso!

—El juicio no ha acabado, pues no ha sido declarado visto para sentencia, como antes he dicho.

Y según la Partida III del rey Alfonso el Sabio, como bien deberíais saber, letrado, el juez tiene el deber y el poder de interrogar de oficio.

Puede hacer preguntas directas a las partes para aclarar la duda, yendo más allá de lo que los abogados hubieran planteado.

Al igual que puede cotejar pruebas y juzgar por albedrío.

No hubo réplica por parte del defensor, que quedó como suspenso, de pie ante su mesa.

—Sentaos, abogado, os lo ruego —indicó Villafañe, calma la voz. Y dirigiéndose a uno de los alguaciles que estaban en la estancia para preservar el orden—: Alguacil, traedme el anillo que lleva el reo en su mano diestra.

El ministril se acercó a Sandoval, quien hizo intento de resistirse.

Mas al ver que el alguacil se llevaba la mano a la vara y que otro justicia se acercaba para ayudar a su camarada, se avino al requerimiento y permitió, sumiso, algo derrotado ya, que, no sin cierto esfuerzo, pues tenía los dedos gordezuelos por las buenas manducas con que cada día se regalaba, el funcionario le sacara el anillo del dedo anular.

—Traedlo aquí, alguacil —ordenó Villafañe.

El alcalde de Casa y Corte tomó el sello de manos del ministril y lo observó detenidamente.

Tenía primorosamente repujado el escudo de armas de los Sandoval —una banda de sable sobre campo de oro— y grabadas las letras «R» y «S» en un nudo.

Se humedeció el dedo en saliva y frotó después con el dedo humedecido la superficie del sello, para que la cera no se quedara adherida a la piedra.

Luego, dispuso un papel en blanco sobre la mesa y, sobre él, encendió una velita y acercó su llama a una barra de lacre, y la calentó hasta que la cera mezclada con trementina de Venecia cayó en un grueso goterón sobre el papel inmaculado.

Después, presionó el anillo con fuerza sobre la gota de lacre caliente y esperó unos segundos antes de retirarlo.

Al levantarlo, el escudo y las letras de Sandoval quedaron perfectamente esculpidos en relieve sobre el legajo.

Finalmente, comparó la impresión con el sello de las cartas que obraban en la sumaria y, uno por uno, fue mostrando ambos, el sello recién impreso y las epístolas, a los otros alcaldes del tribunal, quienes, tras examinarlos cuidadosamente, emitieron un veredicto unánime:

—Es el mismo sello.

La sentencia, redactada por Villafañe y firmada sin alterar ni una coma por los otros cuatro alcaldes de Casa y Corte, llegó cinco días más tarde: condenaba a Rodrigo de Sandoval a las penas solicitadas por la acusación.

«La honra —dejó escrito en su resolución— no es patrimonio de unos pocos, sino fortuna de todos».

Al acabar el juicio, Cristóbal Villafañe permaneció unos instantes en su sitio.

Observó la sala que se vaciaba, los gestos entusiasmados del público que la abandonaba, las palabras que ya comenzaban a deformar lo ocurrido.

Sabía —como todos en Madrid sabían— que la verdad no se quedaba en los tribunales.

Que salía a la calle, se mezclaba con intereses diversos, se vestía de rumor y regresaba convertida en otra cosa, según la conveniencia de cada cual.

Pero ya eso no era problema de él. Él había cumplido cuanto le concernía.

Se levantó al fin.

Al cruzar el umbral, la luz del patio lo alcanzó de lleno. Inspiró despacio. Pensó, sin detenerse en ello, en lo frágil que era la reputación. En lo fácil que resultaba quebrarla. Y en cómo, a veces, una simple carta bastaba para hacer tambalear lo que parecía más firme.

Aún no lo sabía.

Pero pronto habría de enfrentarse a un caso en el que habría una carta y una reputación en juego, un caso en el que no estaría sobre el tapete la honra de una mujer ni el crédito de un hombre.

Sino algo más alto.

Mucho más alto.

El nombre, el crédito y el futuro de un rey.