PRÓLOGO. LA HONRA EN JUICIO #2
El fiscal Andújar la interrogó sin levantar la vista de sus legajos, breve y confusamente.
La joven, intentando dar sentido a las preguntas desflecadas del acusador, reconoció con voz firme a Sandoval como el padre del hijo que llevaba en su vientre y como quien había incumplido su promesa de matrimonio y como quien la había amenazado gravemente si revelaba su identidad.
—«Tened a raya la lengua si amáis la vida». Esas fueron sus palabras, señor —afirmó la joven, buscando, sin encontrarla, la mirada del fiscal.
—¿Cuántas veces yació vuestra merced con mi cliente? —preguntó a continuación el abogado de Sandoval, con labios de azúcar que escondían una lengua de espada.
—¿He de responder a eso, señoría? —preguntó a su vez la muchacha al alcalde de Casa y Corte, azarada.
—Habéis de hacerlo, señora —reconoció Cristóbal Villafañe, a duras penas—. Es una pregunta legítima. Responded, os lo ruego.
—Dos veces —aseguró la damita.
—La vez primera —prosiguió el letrado del reo—, ¿medió promesa de matrimonio?
—Así fue. Juró don Rodrigo que me desposaría y por eso accedí al fin a sus requerimientos.
—No fuisteis forzada, pues...
—No hubo fuerza física, si a eso os referís, pero el engaño ¿no es otra forma de violencia? Y más malvada, si cabe. Y engaño hubo, señor.
—Eso decís vos.
—Eso digo.
—Muy bien —insistió Ascensio López—. Así pues, según decís, en la primera ocasión en que yacisteis con don Rodrigo medió promesa de casamiento. ¿Y en la segunda, señora? ¿Qué promesa os hizo? ¿Tal vez cubrir de oro las paredes de vuestra alcoba? ¿O facilitaros el elixir de la eterna juventud?
—No, no... Solo su palabra de que nos casaríamos.
—Pero eso fue la primera vez que os ayuntasteis. Y yo os pregunto por la segunda vez. ¿Qué promesa os hizo entonces?
—No entiendo, señor.
—Pues es muy clara mi pregunta, señora.
—La segunda vez no me prometió nada nuevo, señor. Pero él había jurado llevarme al altar.
—Así pues, entiendo que en la segunda ocasión no medió promesa alguna, ¿no es así?
—La promesa de matrimonio no es fe dada que se lleve el viento, ni hoja que cae del árbol y desaparece. Lo que la lengua firmó, el alma lo guarda.
—¿He de entender que si mi cliente lo hubiese deseado, hubieseis yacido con él una tercera vez, y una cuarta, y una quinta... sin exigir nueva promesa?
—Vuestro cliente, señor abogado, es de los que siembran palabras para segar olvidos.
En su exposición final, el fiscal Gregorio de Andújar se limitó, en dos frases mal hilvanadas y sin convicción alguna, a reiterar su solicitud de pena, sin más.
El abogado López, en cambio, hiló un extenso discurso, trufado de latines, rebosante de citas de leyes y cánones, para solicitar la absolución de su defendido.
—Antes de que el juicio quede visto para sentencia —intervino Villafañe cuando todos esperaban que diera por finalizada la sesión—, tengo algunas preguntas para el reo.
El abogado López frunció las cejas, extrañado; no era habitual que el alcalde presidente de la sala interviniese tras las alocuciones finales de las partes. El fiscal, por su parte, ajeno a la incidencia, saboreaba una cazcarria recién extirpada del orificio izquierdo de su nariz bulbosa.
—¿Es ello procedente, señoría? —interpeló el abogado—. El juicio ya ha finalizado.
—Es procedente, abogado —afirmó el alcalde—.
El juez puede intervenir en cualquier momento para hacer las precisiones que crea conveniente.
Y, puesto que no lo he declarado visto para sentencia, el juicio no ha finalizado.
Y lo que aquí se ventila tiene su aquel.
En Castilla, donde el pecado puede confesarse y, con suerte, absolverse, la honra, una vez perdida, no se recobra jamás.
—¿Están todos los señores alcaldes de acuerdo con el señor presidente? —requirió el letrado la opinión de los otros cuatro alcaldes de Casa y Corte que integraban el tribunal.
Los cuatro, aunque ciertamente sorprendidos por la intervención de su colega, nada usual, asintieron. No era cuestión de manifestar disensiones en la justicia del rey.
Era Cristóbal Villafañe y Rueda hombre de presencia sobria, de figura enjuta y rostro serio, ojos inquietos y reflexivos, en el que la edad —ni joven ni aún declinante— había dejado ya esa huella que no es desgaste, sino sabiduría, la conciencia de que el tiempo que pasa, al mismo tiempo que quita unas cosas, da otras.
—Señor de Sandoval —se dirigió Villafañe al reo; su voz era clara, de verbo sonoro y limpio—, niega vuestra merced haber dado palabra de matrimonio a doña Beatriz de Salcedo, ¿es así?
—Así es —afirmó el reo, poniéndose en pie—. Lo que ella me dio, me lo dio por gusto y de grado, y no por compromiso ni esperando aquello que yo no le había jurado dar.
—El señor fiscal no os ha preguntado por las epístolas que obran en la sumaria como prueba documental. ¿Sabéis a qué cartas me refiero?
—Sí, lo sé.
—Son cartas en las que el remitente promete matrimonio a doña Beatriz. Y hay otros billetes, posteriores, en los que se la amenaza gravemente si revela la identidad del padre del hijo que espera. ¿Escribisteis vos esas cartas?
—No, señoría.
—¿Son falsas, pues?
—Eso afirmo.
—¿Y quién ha podido falsificarlas?
—Quien haya querido perjudicarme.
—¿Y con qué fin?
—Con el de arruinarme.
—Arruinaros... ¿cómo?
—En mi honra.
Villafañe sostuvo su mirada.
—Curioso —dijo, moviendo levemente la cabeza— que quien dice temer por su honra no repare en la ajena.
Un runrún admirativo recorrió la sala. Los otros alcaldes se miraron unos a otros, sin saber cómo iba a terminar la escena, de la que su colega no les había prevenido.
—¿Reconocéis como vuestra la letra —insistió Villafañe— de las cartas que obran en la sumaria?
—No la reconozco —respondió el hidalgo con serenidad.
—¿Y la firma que como la vuestra figura?
—Lo niego.
—Está bien. —Tomó a continuación entre sus manos los pliegos que descansaban sobre la mesa.
Pareció examinarlos con curiosidad, uno a uno, escrutando el papel, las firmas que los signaban, las rúbricas que los suscribían.
Todo con mucha parsimonia. Estaba la sala en un pasmo, con un silencio de iglesia.
Luego, los exhibió, sosteniéndolos con la mano en alto—.
Aquí, señor de Sandoval, se da a doña Beatriz de Salcedo palabra de matrimonio.
En esta carta, por ejemplo —añadió, eligiendo ahora una de las epístolas, y leyendo luego—, se dice textualmente: «Digo yo, Rodrigo de Sandoval y de León, que de mi grado y entera voluntad, sin apremio de persona alguna, os doy y entrego libre y voluntariamente mi palabra de casamiento, prometiendo como caballero y cristiano de tomaros por mi legítima mujer y consorte... ». ¿No escribisteis vos estas palabras?
—No lo hice. Jamás.
—Y en esta otra —dijo el juez, eligiendo otra de las cartas— se afirma que, en caso de que doña Beatriz de Salcedo sostuviese que sois vos el padre del hijo que espera, «vuestro nombre correrá por Madrid como corre el viento por los campos, y no habrá muro ni recogimiento que os guarde del juicio de los hombres».
Y en esta otra —escogió otro pliego de la mesa—, oíd, se dice: «Si osáis mentar mi linaje como autor de vuestra falta, haré que vuestra voz sea enterrada antes de que la criatura vea la luz».
Algunos rostros en el público se crisparon; otros se inclinaron hacia delante, como si quisieran oír mejor lo que sucedía en la sala de justicia.
Villafañe depositó las epístolas sobre la mesa del tribunal.
—Decidnos, don Rodrigo —insistió, sin elevar la voz y cruzando ambas manos sobre el tapete—, ¿no son vuestras estas palabras?
—No lo son, ya se lo he dicho a su señoría. Yo no escribí eso.