Conjura contra el rey Felipe PRÓLOGO. LA HONRA EN JUICIO
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Conjura contra el rey Felipe

Conjura contra el rey Felipe

Por Juan Pedro Cosano

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PRÓLOGO. LA HONRA EN JUICIO

P RÓLOGO

L A HONRA EN JUICIO

La noticia de la celebración de ese juicio en la Sala de Alcaldes de Casa y Corte había corrido por Madrid con velocidad inaudita, como saeta salida del arco, o como corzo ante la jauría, concitando la atención de ricos y pobres, de próceres y villanos: no todos los días se sentaba en el banquillo de los acusados un hidalgo que presumía de tan larga alcurnia.

El runrún de que un caballero linajudo iba a enfrentarse a la justicia del rey se había extendido por la ciudad, en efecto, como fuego en rastrojos: primero había sido un cuchicheo en los mentideros de San Felipe; luego, una conversación en voz baja en las gradas de la plaza; después, los bisbiseos jocosos en mercados y lonjas; más tarde, secreteos susurrados entre sonrisas jactanciosas en los corredores del alcázar, como diciendo que aquello se veía venir.

Cuando la villa y corte quiso darse cuenta, el asunto estaba en boca de todos, aunque cada cual lo contara a su manera y ninguno, como con estas cosas ocurría, con entera verdad.

Un hidalgo que frecuentaba la corte y sus camarillas.

Una doncella virgen, y hermosa además, hija de un rico mercader.

La honra perdida y el vientre abultado.

Epístolas comprometedoras.

Amenazas e intimidaciones.

¿Qué más podía hacer falta para que todos esperasen ese juicio como agua de mayo?

En ese día de la primavera del año del Señor de 1578, cuando, en el exterior, la lluvia, apenas un molesto sirimiri, disfrazaba de gris la mañana abrileña, la sala de vistas de la cárcel de Corte, situada entre el Salvador y la calle del Verdugo —altos techos, bancos corridos de madera, el olor de los calabozos cercanos que se mezclaba con el de los legajos y la tinta—, que tanto servía de prisión como de sala de justicia, estaba como granos en mazorca, llena a reventar desde muy temprano.

Nobles e hijosdalgo, gentilhombres y pecheros, juristas y curiosos, oidores de oficio y murmuradores de vocación atestaban la amplia sala de húmedas paredes.

Nadie quería perderse esa vista que se celebraba en la Sala de Alcaldes de Casa y Corte.

No por el delito en sí —que en Castilla, por desgracia, no era nuevo—, sino por el nombre del acusado.

Rodrigo de Sandoval.

Hidalgo de abolengo, caballero célebre por sus habilidades en los juegos de cañas, hombre bien recibido en palacio, estaba, quien hoy se sometía a la justicia real, habituado a tratar con ministros y secretarios y no era un desconocido para las altas instancias del reino en determinadas ocasiones de servicio.

Castellano viejo, con ancestros en León y Burgos, se vanagloriaba de descender del conde de la Bureba y del mismísimo Fernán González, y de estar emparentado con Francisco de Borja, duque de Gandía y general de la Compañía de Jesús, muerto en loor de santidad unos años atrás.

Tal pretendida prosapia no le había llenado la faltriquera de escudos y ducados, ni le había proporcionado tierras ni señoríos ni mayorazgos, pero sí le había facilitado el acceso a la corte y proveído de un carácter altanero y de una desmedida afición a los gustos de la carne.

Su presencia en aquel banco, en el lugar de los reos, bajo la mirada del tribunal, por más que no pudiera extrañar en vista de sus continuas diabluras, producía una extraña sensación de desajuste, de desarreglo, como si algo que pertenecía al orden elevado de los privilegios cortesanos hubiese sido arrastrado, sin transición, al terreno áspero de la justicia ordinaria.

Vestía de negro, con una corrección que mal casaba con los hechos por los que era enjuiciado, pero sin rastro de abatimiento.

Su postura era erguida, casi altiva, y en su rostro no había más señal de inquietud que una leve tirantez en la comisura de los labios, como si le disgustara más la incomodidad del lugar que el riesgo que corría.

Y eso que en el envite le iban la libertad y la hacienda.

Detrás, los bancos del público bullían de impaciencia y de emoción, y los murmullos mal contenidos tardaron en apagarse una vez que el mazo del juez presidente de la sala, el alcalde Cristóbal Villafañe y Rueda, reclamó silencio y orden a los asistentes.

El escribano del crimen, ataviado con oscuro ferreruelo, con voz rauca y fúnebre, como si, adelantándose a los acontecimientos, ya estuviese dando lectura a una sentencia condenatoria, relacionó los cargos de que se acusaba a Sandoval: haber cometido delito de estupro por engaño en la persona de Beatriz de Salcedo, hija de un mercader enriquecido al calor de los contratos de Indias, y delito de amenazas graves.

Sandoval, según rezaba el escrito del fiscal, había dado promesa de casamiento a la doncella, que era virgen, y, valiéndose de tal ardid, pues no estaba en su ánimo matrimoniar con ella, había disfrutado de sus favores y la había dejado preñada.

Lo que suponía un atentado no solo contra el pudor y la honra de Beatriz, sino mayormente y por encima de todo contra el honor de los hombres emparentados con ella.

Entre ellos, el rico comerciante que era su padre, de quien más de un grande era cliente.

Hechos que se habían visto agravados, como si de por sí ya fueran poco espinosos, por las amenazas y conminaciones que Sandoval, a través de unas epístolas primero, y de unos propios después, había hecho llegar a la damisela agraviada para que no revelara la identidad de quien le había roto el sello e hinchado el talle.

El fiscal pedía para el reo pena de cincuenta azotes, dos años de servicio en el presidio de Alhucemas, posterior extrañamiento de la corte durante cinco años a un mínimo de diez leguas y la obligación de indemnizar a la Salcedo con cien ducados de dote, cien reales por asistencia del parto y cincuenta ducados por daños, incluida la lactancia y la asistencia del niño que estaba por venir.

La defensa, ejercida por el célebre letrado Ascensio López, que años después impulsaría en Madrid la creación del colegio de los abogados madrileños, solicitaba su libre absolución con todos los pronunciamientos favorables.

El fiscal interrogó breve y someramente al reo Sandoval, a quien trató con exquisita deferencia.

Ejercía la acusación el licenciado Gregorio de Andújar, que debió de haber nacido con el siglo, si no antes.

Senil y achacoso, tenía los ojos nublados por unas espesas cataratas que le obligaban a usar una lupa enorme, a pesar de las antiparras que se balanceaban sobre el puente de su nariz de alquitara, encendida por el mal de la rosácea, aunque las malas lenguas decían que era por su afición a los mostos.

Villafañe, mientras oía al fiscal balbucear, entre tos y tos, entre esputo y esputo, sus preguntas mal hiladas y peor planteadas, tuvo que engullirse el decir para no poner en un brete al añoso y obtuso jurista y no sacarle los colores, aun cuando se lo mereciera, pues estaba dejando que se le fuera vivo un sujeto al que un fiscal mínimamente hábil levantaría la máscara de inmediato y lo sacaría a la vergüenza.

El abogado Ascensio López, en cuya habla aún se adivinaban sus orígenes portugueses, era hombre de verbo fácil y tono seguro, de esos que creen que la fuerza de un argumento reside tanto en su potencia como en su abundancia.

Interrogó a su cliente con precisión y fue apostillando todo cuanto le había favorecido en el interrogatorio de la acusación.

Tras la declaración del reo testificaron dos criados de la casa de la denunciante, ubicada en la calle del Arenal. Ambos reconocieron a Sandoval y afirmaron que lo habían visto rondar la vivienda y, en un par de ocasiones, hablar con la denunciante, su ama doña Beatriz.

—Y en esas conversaciones, ¿observó vuestra merced disgusto o complacencia en el semblante de su señora? —les preguntó a ambos el abogado López, con su voz aterciopelada y su perenne sonrisa.

—Pues... no sé —respondió uno de los fámulos—. Ni una cosa ni la otra. Estaba... normal, ¿no?

—Doña Beatriz —contestó el segundo— es dama afable y educada, señor, así que yo diría que conversó con el..., ejem..., con el caballero aquí presente —añadió, señalando con la barbilla a Sandoval, sentado ahora junto a su abogado— de manera considerada.

—Así pues —adujo el letrado—, vuestra señora era educada en las conversaciones con quienes departían con ella, ¿es así?

—Así es, señor.

—¿Y lo hacía a menudo? Departir, me refiero. Conversar cuando paseaba o cuando iba al mercado.

—Pues claro. A su edad, es lógico, ¿no cree vuesarced?

—Por supuesto que sí. Y eso no es prueba de que estuviera siendo ultrajada o amenazada, ¿verdad? ¿O es que había algo en las conversaciones que mantuvo con mi cliente que así lo indicara?

—Pues no sabría deciros...

Por último, entró en la sala la denunciante, Beatriz de Salcedo.

Era una muchacha que, sin ser una beldad, tenía algo que deslumbraba.

Su rostro no era de los que detienen la mirada por su belleza, pero sí de los que la retienen por su expresión, en la que cohabitaban la promesa y la inocencia.

Tenía los ojos oscuros, grandes y profundos, y su mirada hacía que el tiempo se detuviera.

En esos ojos luminosos se mezclaban ahora el temor y la firmeza, como si en su interior se librase una lucha silenciosa entre el deseo de callar y la necesidad de decir.

Vestía con la corrección modesta de su estado de buena esperanza: saya de paño verde oscuro, sin bordados, ajustada en el talle y cayendo en pliegues sobrios hasta los zapatos, disimulando sin éxito la preñez; corpiño que ceñía su vientre hinchado, bien abrochado; mangas estrechas con pequeños encajes.

Sobre los hombros llevaba una mantilla de lana fina, más por resguardo en ese día húmedo que por adorno, que caía hacia delante como si quisiera ocultar también el vientre prominente o protegerla de las miradas ajenas.