Conjura contra el rey Felipe EPÍLOGO #3
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EPÍLOGO #3

No todo fue de color de rosa. Poco después de la victoria en Lisboa, la reina Ana de Austria moría en Badajoz de un catarro maligno.

Fue el 26 de octubre de 1580, cuando acompañaba a su esposo en la campaña y establecimiento de su autoridad tras la incorporación de Portugal a la monarquía.

La muerte de su reina recordó, una vez más, a Felipe que, incluso en los momentos de mayor grandeza, el destino no concede al hombre un triunfo sin pérdida.

Así, mientras el imperio se ensanchaba y la Corona de Portugal venía a añadirse a las de Castilla y Aragón, el rey veía quebrarse en lo más íntimo de su vida aquello que ninguna conquista podía sustituir, y la victoria quedó desde entonces marcada por ese contraste entre la expansión del poder y el dolor silencioso de una pérdida irreparable.

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El papa Gregorio apoyó sin ambages las disposiciones de Felipe con respeto al país vecino.

No solo, tras el juicio al rey prudente, dirigió un breve al cardenal Enrique ordenándole investigar la pretendida legitimidad de Antonio de Crato, sino que luego, fallecido el rey portugués, y con Felipe ya dueño de su corona, promulgó un segundo breve en el que bendecía su conquista y reconocía sus derechos.

Gregorio XIII, Papa, al amado hijo Felipe, Rey Católico de las Españas, salud y bendición apostólica.

Puesto que la divina providencia ordena los reinos y principados de los hombres para la tranquilidad de los pueblos y la conservación de la fe católica, Nos, atendiendo a los derechos sucesorios relativos al Reino de Portugal y a los gravísimos peligros de discordias civiles que podrían surgir de una dominación incierta, contemplamos con paternal solicitud la feliz reducción de dicho reino a vuestra obediencia.

Hemos sabido, en efecto, que os habéis movido no por ambición privada, sino por legítimo título sucesorio y por celo de la religión católica, a fin de defender dicho reino de sediciones, cismas y peligros exteriores, restituyendo a sus pueblos la paz y la estabilidad.

Por ello rogamos a Dios omnipotente que se digne dirigir y prosperar vuestros esfuerzos para la conservación de la fe, de la unidad de la Iglesia y de la paz pública; y os impartimos a vos y a los reinos de vuestra corona la bendición apostólica.

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Para Antonio, prior de Crato, no existió ni piedad ni clemencia, pues Felipe no olvidó sus insidias ni sus crímenes, y puso precio a su cabeza.

Asediado por Sancho Dávila, consiguió escapar de Lisboa en dirección a Oporto.

Desde allí huyó a Francia y se refugió más tarde en las Azores, desde donde pretendió continuar la resistencia contra España con el apoyo de ingleses, franceses y holandeses.

No obstante, una escuadra mandada por el marqués de Santa Cruz ocupó las islas, alejando a una flota de hugonotes franceses que el prior había conseguido organizar.

Derrotado y humillado, Antonio regresó a París, temiendo que, al igual que ocurriera con Guillermo de Orange, los buscadores de recompensas le dieran caza y lo mataran.

Por esa razón huyó a Inglaterra, donde fue acogido por la Jezabel inglesa, la reina Isabel.

Todos sus intentos de regresar a Portugal al frente de un ejército fracasaron miserablemente.

Tras malbaratar las últimas joyas de la Corona portuguesa que había rapiñado en su huida, pasó sus últimos días en la pobreza, malviviendo de la misérrima pensión que le otorgó Enrique IV de Francia.

Murió el día 26 de agosto de 1595.

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Tras la conquista de Portugal, Felipe se convirtió en el más poderoso monarca que vieran los siglos.

En la unión de las dos Coronas ibéricas, Felipe vio no solo la consumación de un derecho dinástico, sino una obra de providencia: la península entera, bajo una sola mano, ordenada al servicio de una misma fe y proyectada hacia los mares que ambos reinos habían explorado durante generaciones.

Fue, así lo vio Felipe, el triunfo de la verdad sobre la insidia y el cumplimiento de un deber largamente asumido, al mismo tiempo que la aceptación de una carga sin parangón.

Con Portugal, el Imperio español se extendía desde Castilla hasta Perú y México y hasta las rutas del Índico, desde Lisboa hasta Goa y Macao, incorporando a su órbita una red comercial y marítima que convertía a la Corona en árbitro de los océanos.

Era la imagen de un poder sin precedentes, una geografía casi universal en la que el sol parecía no ponerse jamás.

Pero junto a esa grandeza venía también la responsabilidad de gobernar un entramado más complejo, de conciliar leyes, intereses y tradiciones distintas, de sostener un equilibrio delicado entre la unidad política y la diversidad de sus reinos.

En la memoria de Felipe, aquella unión quedó como una victoria necesaria, pero también como un momento en el que la historia le exigió más de lo que cualquier hombre puede dar.

Porque con Portugal no solo heredaba un trono, sino un destino: el de custodiar una monarquía que ya no era solo peninsular ni europea, sino universal, y que pedía de él la misma vigilancia incansable que había marcado toda su vida.

Así, su victoria fue a la vez coronación y carga, plenitud y exigencia, la confirmación de su poder y, al mismo tiempo, la medida de la soledad del más prudente rey que los tiempos jamás vieran.