19. La boda de Cova (y lo que pasó después)
LA BODA DE COVA (Y LO QUE PASÓ DESPUÉS)
La boda de Cova, como era de esperar dada la carpeta de dieciséis años de planificación mental, resultó ser un despliegue impecable de buen gusto en una finca a las afueras de Toledo, con luces colgando entre olivos centenarios y un menú que la propia Cova había degustado personalmente en cuatro restaurantes distintos antes de decidirse.
Aroa, como madrina, pronunció un brindis que arrancó lágrimas a media mesa, incluida la propia novia, y que terminó, para sorpresa de nadie que los conociera un poco, con una mención especial a Marlin.
—Y a este hombre —dijo Aroa, alzando la copa hacia él, sentado entre el padre de Cova y un primo segundo que llevaba toda la noche intentando ligar sin éxito— quiero darle las gracias por enseñarme algo que tardé demasiado tiempo en aprender: que se puede ser ambiciosa y vulnerable a la vez.
Que el amor de verdad no te hace más pequeña.
Te hace, si el otro es la persona correcta, mucho más grande de lo que ya eras.
Marlin, con los ojos visiblemente húmedos —algo que jamás se había permitido en ninguna reunión de comité— levantó su copa en silencio, incapaz por una vez de encontrar las palabras adecuadas, y se conformó con un gesto que dijo, sin necesidad de discurso, todo lo que sentía.
Bailaron esa noche hasta que les dolieron los pies, entre las risas de compañeros de Vórtice que llevaban meses observando su relación con una mezcla de curiosidad y cariño genuino, y en algún momento, entre canción y canción, Marlin la llevó de la mano hasta un rincón más tranquilo del jardín, lejos de la música y las luces.
—Tengo que contarte algo —dijo, con esa seriedad suya que Aroa ya sabía distinguir de la seriedad de trabajo—. He hablado con mi madre. La de Asturias.
Aroa se quedó callada, consciente de la magnitud que aquella frase tenía para él.
—Llevábamos quince años sin hablar de verdad.
Desde que me marché a estudiar y decidí, básicamente, que era más fácil no tener esa conversación pendiente sobre por qué no pudo quedarse conmigo cuando yo era pequeño, sobre los centros de acogida, sobre todo lo que pasó.
Pero desde que estamos juntos, desde que he empezado a entender que se puede construir un hogar incluso después de haberlo perdido, he pensado que quizá merecía la pena intentar entender también la otra parte de la historia.
Y la he llamado. Va a venir a la boda, si al final decidimos celebrar una boda de verdad y no solo un compromiso íntimo entre los dos.
—Marlin, eso es enorme.
—Lo es. Y da mucho miedo. Pero he decidido que ya no quiero seguir construyendo mi vida evitando todo lo que me da miedo. Contigo he aprendido que casi nunca merece la pena.
Aroa lo abrazó entonces con una fuerza que pretendía transmitir todo lo que las palabras, en ese momento, no le alcanzaban para decir, y se quedaron así, abrazados bajo los olivos de Toledo, mientras la música de la boda de Cova seguía sonando de fondo, ajena por completo a la pequeña revolución silenciosa que acababa de ocurrir entre ambos.
—Por cierto —añadió Marlin, con un tono que intentaba, sin mucho éxito, sonar casual—.
También he estado informándome sobre programas de acogida familiar.
No para ahora, ni siquiera para dentro de un año necesariamente.
Pero algún día, cuando estemos listos, me gustaría que consideráramos ser familia de acogida para algún niño o niña que esté pasando por lo que yo pasé.
Sé lo que se siente al no tener a nadie.
Y me gustaría ser, para alguien, la persona que a mí me habría gustado tener entonces.
Aroa, con los ojos llenos de lágrimas por segunda vez esa noche, asintió sin necesidad de pensarlo.
—Me parece la idea más bonita que he oído nunca —dijo—. Y cuenta conmigo. Para eso, y para todo lo demás.