Conflictos de interés 18. La pregunta que Marlin nunca se atrevió a ensayar
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18. La pregunta que Marlin nunca se atrevió a ensayar

LA PREGUNTA QUE MARLIN NUNCA SE ATREVIÓ A ENSAYAR

Fue Cova, una vez más, quien sin saberlo puso en marcha los últimos acontecimientos de esta historia, al anunciar en una comida de departamento que se casaba con su pareja de toda la vida en primavera, en una finca a las afueras de Toledo, y que esperaba, por supuesto, que Aroa fuera su madrina.

—Menuda boda os vais a montar —comentó Aroa aquella noche, todavía con la emoción de la noticia—. Cova lleva planificando esa boda mentalmente desde que tenía dieciséis años. Tiene hasta una carpeta con el nombre de las flores que quiere en cada mesa.

—¿Y tú? —preguntó Marlin, con un tono que a Aroa le pareció, en ese momento, simplemente curioso—. ¿Tienes tú alguna carpeta secreta de bodas soñadas desde los dieciséis?

—Dios, no. Con dieciséis años lo único que planificaba era cómo esconder la nariz en las fotos de clase. Las bodas me parecían territorio de gente con vidas mucho más resueltas que la mía.

—¿Y ahora?

Aroa se quedó mirándolo, notando algo extraño en la pregunta, una intención que no terminaba de identificar del todo.

—Ahora ya no me escondo en las fotos —dijo, con una sonrisa—. Y supongo que, si alguna vez llegara el momento, no me importaría planificar una. Aunque fuera sin carpeta.

Marlin no dijo nada más aquella noche, pero durante las semanas siguientes, Aroa empezó a notar en él una serie de comportamientos extraños que, en cualquier otro contexto, habría atribuido sin dudarlo a algún proyecto laboral secreto: llamadas breves que cortaba en cuanto ella entraba en la habitación, una carpeta nueva —de verdad, física, de las de cartón— que guardaba bajo llave en el cajón de las postales, conversaciones telefónicas en las que mencionaba, en voz baja, el nombre de su madre, a la que Aroa nunca había oído nombrar antes de esas llamadas y de la que solo sabía, vagamente, que vivía en un pueblo de Asturias y que la relación entre ambos era, como la mayoría de las relaciones familiares de Marlin, complicada y poco explorada en voz alta.

La sorpresa llegó un sábado de mayo, exactamente un año y dos meses después de aquella primera reunión en la que Marlin había entrado en la sala con sus ojos de hielo y su lista de errores.

Aroa, convencida de que iban a pasar el día haciendo la compra semanal y viendo una de esas películas que Marlin siempre terminaba disfrutando más de lo que admitía, se encontró en cambio con que él la llevaba, con una excusa poco convincente sobre «un sitio nuevo que quiero enseñarte», hasta un pequeño mirador en la Casa de Campo desde el que se veía todo Madrid extendido bajo un atardecer casi excesivamente perfecto para lo que Aroa, en ese momento, todavía no sabía que estaba a punto de suceder.

—Marlin, esto es precioso, pero pareces a punto de vomitar. ¿Estás bien?

—Llevo tres semanas ensayando lo que quiero decirte —dijo él, con una risa nerviosa que no encajaba nada con el hombre imperturbable que dirigía comités sin pestañear—.

Y cada vez que lo ensayo suena peor, así que, como ya hice una vez contigo, voy a decirlo directamente, sin ensayo, esperando que salga mejor así.

—Eso mismo dijiste la noche que me esperaste a la puerta de la oficina.

—Y funcionó bastante bien aquella vez, así que voy a repetir estrategia.

—Se puso serio, de esa manera suya tan particular que combinaba vulnerabilidad y determinación sin que ninguna de las dos cosas anulara a la otra—.

Aroa, cuando te conocí, pensaba que la única familia que iba a tener en la vida era la que había perdido antes de cumplir los doce años, y que lo mejor que podía hacer era no volver a intentarlo, para no arriesgarme a perder otra.

Llevo toda mi vida adulta construyendo una versión de mí mismo que no necesitara a nadie, precisamente porque necesitar a alguien, en mi experiencia, siempre había terminado en abandono.

Y entonces llegaste tú, discutiendo conmigo por una propuesta de campaña, negándote a dejarte intimidar por nadie, y sin darme cuenta empecé a construir, contigo, exactamente lo que llevaba toda la vida convencido de que no merecía tener: un hogar.

No un piso ordenado. Un hogar de verdad, con alguien esperándome, con una planta que sobrevive porque hay alguien más además de mí para acordarse de regarla los días que se me olvida.

Sacó entonces del bolsillo la pequeña caja que Aroa, en su nerviosismo creciente, no había visto llegar.

—No tengo una familia biológica a la que presentarte con orgullo, ni una historia de infancia bonita que contarte en las cenas navideñas.

Pero tengo esto: la certeza absoluta de que quiero construir contigo la familia que nunca tuve.

La que elegimos, no la que nos toca. Y me encantaría, si tú quieres, que empezáramos oficialmente a construirla juntos. Aroa Ferrer, ¿quieres casarte conmigo?

Aroa, con los ojos llenos de lágrimas que no intentó disimular ni un segundo, se rio y lloró casi a la vez, una combinación que solo Marlin, entre todas las personas que había conocido en su vida, era capaz de provocarle con tanta facilidad.

—Sí —dijo, sin necesidad de pensarlo, sin el más mínimo rastro de la duda que meses atrás la habría paralizado ante cualquier decisión que involucrara etiquetas, comités o miedo al qué dirán—. Sí, Marlin. Mil veces sí.

Cuando él le puso el anillo en el dedo, con las manos temblándole más de lo que un director de cuentas neurótico jamás habría admitido en horario laboral, Aroa pensó que, si alguien le hubiera dicho, aquel primer lunes de marzo en que había odiado a Marlin Voss con la precisión de quien ya sabe exactamente qué palabras usaría para decírselo a la cara, que un año después estarían aquí, en aquel mirador, prometiéndose una vida entera juntos, se habría reído en su cara sin ningún tipo de piedad.

Y sin embargo, ahí estaban.