17. Un año después
UN AÑO DESPUÉS
El aniversario de la campaña de Lúmina Cosmética se convirtió, casi sin que nadie lo planeara oficialmente, en una tradición dentro de Vórtice Comunicación: una pequeña celebración interna para recordar el proyecto que, según se contaba ya como leyenda de oficina, había estado a punto de costarles la cuenta más importante del año y había terminado, en cambio, redefiniendo tanto la estrategia de la marca como la vida de dos de sus empleados.
Aroa llevaba ya diez meses como subdirectora de Cuentas, un cargo que había ejercido con una solvencia que incluso los más escépticos del comité —Diego, evidentemente, ya no contaba entre ellos— habían terminado por reconocer sin reservas.
Bajo su dirección, el departamento había crecido, había incorporado a dos juniors a quienes trataba, deliberadamente, con la generosidad de reconocimiento que a ella tanto le había costado recibir durante sus primeros años: nunca presentaba una idea sin decir de quién era, nunca dejaba que el mérito de nadie se perdiera en un plural corporativo sin rostro.
Marlin, por su parte, había rechazado dos ofertas más —una de Londres, otra de Ámsterdam, esta última con una ironía que no dejó de comentar durante semanas dado el contenido de cierta postal en su cajón— y se había concentrado en consolidar Vórtice como la agencia de referencia del sector, con una filosofía de dirección radicalmente distinta a la que había mostrado su primer día en la planta once: reuniones donde cada mérito se atribuía por nombre, evaluaciones de desempeño que dejaban de sentirse como interrogatorios y empezaban a sentirse, por primera vez en la historia de la empresa, como conversaciones reales.
—¿Sabes lo que más me sorprende de todo esto?
—le dijo Aroa una noche, mientras cenaban en la terraza del piso que habían terminado alquilando juntos, uno lo bastante grande para que la planta de Marlin —ya completamente recuperada, casi frondosa— tuviera sitio de sobra junto a la ventana—.
Que el mismo hombre que hace un año era incapaz de decir mi nombre en una reunión sin sonar a fichero de recursos humanos, ahora es la persona más generosa que conozco a la hora de reconocer el trabajo de los demás.
—Tuve una profesora excepcional.
—¿Ah, sí? ¿Quién?
—Una mujer con una nariz preciosa y una tozudez todavía más preciosa, que se negó, desde el primer día, a dejarse tratar como una línea más en mi lista de tareas.
Aroa se rio, apoyando la cabeza en su hombro con la misma naturalidad de siempre, esa naturalidad que ya no le sorprendía y que, sin embargo, seguía agradeciendo cada día como si fuera nueva.
—¿Te arrepientes de algo? —preguntó ella, después de un rato de silencio cómodo—. De todo esto, quiero decir. De haberte quedado.
Marlin se quedó pensando la respuesta con la seriedad que ponía en todo, incluso, o sobre todo, en las preguntas que de verdad importaban.
—Me arrepiento de una sola cosa —dijo finalmente—. De haber tardado tanto en darme cuenta de que odiarte el primer día fue, con diferencia, la señal más clara de que ibas a importarme más que nadie que hubiera conocido antes.
—Eso ha sonado sospechosamente a otro de tus cumplidos raros.
—Es que soy un hombre de cumplidos raros. Ya deberías saberlo a estas alturas.
—Lo sé —dijo Aroa, sonriendo contra su hombro—. Y es, sin ninguna duda, mi cosa favorita de ti.