16. Lo que de verdad daba miedo
LO QUE DE VERDAD DABA MIEDO
Los tres días de silencio fueron, para Marlin, los más largos desde que había llegado a Vórtice Comunicación.
Se presentó en la oficina cada mañana con la misma puntualidad de siempre, revisó informes, asistió a reuniones, mantuvo la apariencia de normalidad que tanto había practicado durante toda su vida.
Pero por dentro, algo se había desplazado de un modo que no sabía cómo nombrar: la certeza incómoda de que, una vez más, había estado a punto de elegir la soledad conocida antes que el riesgo de una felicidad que no sabía si merecía.
Fue Cova, sorprendentemente, quien terminó dándole el empujón que necesitaba, interceptándolo un jueves junto a la máquina de café con una franqueza que solo ella se permitía con los superiores.
—¿Sabes lo que más me ha costado siempre entender de Aroa?
—le dijo, sin ningún preámbulo—. Que es la persona más valiente que conozco a la hora de defender su trabajo, y la más cobarde a la hora de creer que se merece que la quieran bien.
Lleva toda la vida pensando que tiene que ganarse el amor a base de méritos, como si fuera un ascenso más.
Y lo que necesita, lo único que de verdad necesita, es a alguien que le demuestre que no hace falta ganárselo. Que basta con ser ella.
—Eso no responde a por qué me lo cuentas a mí.
—Te lo cuento porque, en cierto modo, tú tienes el mismo problema, solo que al revés.
Ella cree que tiene que merecerse el amor.
Tú crees que no puedes tener, a la vez, un trabajo que valga la pena y a alguien que te espere en casa.
Los dos os estáis boicoteando por el mismo miedo, disfrazado de dos maneras distintas.
Y la única diferencia es que ella, al menos, tuvo el valor de decírtelo a la cara.
Marlin se quedó pensando en aquellas palabras durante el resto del día, incapaz de concentrarse en nada que no fuera la imagen de Aroa marchándose de su piso tres noches atrás, con esa mezcla de dolor y determinación que tan bien conocía porque él mismo la llevaba dentro desde que tenía memoria.
Aquella noche, en lugar de escribirse una postal más para un futuro incierto, decidió hacer algo que no había hecho nunca: escribir una para Aroa.
Querida Aroa: llevo toda la vida pensando que solo podía tener una cosa buena a la vez.
Un trabajo, o un hogar. Éxito, o alguien esperándome.
Nunca las dos. Y creo que llevaba tanto tiempo esperando ese fracaso que, en cuanto vi la posibilidad de tenerlo todo, hice exactamente lo que sé hacer mejor: sabotearlo antes de que pudiera decepcionarme.
Rechacé Múnich esta mañana. No por ti, aunque también por ti.
Lo rechacé porque he entendido, por fin, que el hogar que llevo buscando desde que tengo memoria no está en ninguna ciudad nueva, ni en ningún puesto más alto.
Está donde estés tú. Y si eso significa quedarme en Vórtice, currando cada día contigo en la planta once, discutiendo por estrategias de campaña y aprendiendo, poco a poco, a no tener miedo de lo bueno, entonces es exactamente donde quiero estar.
Al día siguiente, dejó la postal sobre el escritorio de Aroa, sin decir una palabra, y se marchó a su despacho con el corazón latiéndole con una intensidad que no recordaba haber sentido ni siquiera en la reunión más tensa de toda su carrera.
Diez minutos después, Aroa apareció en la puerta de su despacho con la postal en la mano y los ojos brillantes.
—¿Has rechazado Múnich?
—Esta mañana. Antes de leer tu cara de sorpresa, para que conste, así que no puedes acusarme de haberlo hecho para impresionarte.
—Marlin, era la oportunidad de tu vida.
—No —dijo él, levantándose y rodeando la mesa hasta quedar frente a ella—.
La oportunidad de mi vida está aquí. Llevo semanas dándole vueltas y la conclusión es tan sencilla que me avergüenza haber tardado tanto en verla: puedo ser director general en Múnich, solo, con un despacho enorme y un silencio insoportable los domingos.
O puedo quedarme aquí, con un puesto más modesto, y tener, por primera vez en mi vida, algo que de verdad se parezca a un hogar.
Y resulta que la decisión, vista así, no es tan difícil.
Aroa dejó la postal sobre la mesa con el mismo cuidado reverente con el que había dejado, meses atrás, la de Ámsterdam, y se acercó a él sin decir nada más, porque algunas cosas, había aprendido en los últimos meses, se dicen mejor sin palabras.