15. La oferta de Múnich
LA OFERTA DE MÚNICH
El obstáculo final, el que estuvo a punto de deshacer todo lo construido, llegó en septiembre, disfrazado de buena noticia.
Un grupo de comunicación con sede en Múnich, uno de los más grandes de Europa, se puso en contacto con Marlin para ofrecerle la dirección general de su división ibérica: un puesto que suponía, sin discusión posible, un salto profesional enorme, con un salario que triplicaba el actual y un nivel de responsabilidad que pocas veces se ofrecía a alguien tan joven.
La única condición era la mudanza, al menos durante los dos primeros años, a la sede central en Alemania.
Marlin se lo contó a Aroa una noche, con la misma cautela con la que trataba cualquier tema que temiera pudiera desestabilizar lo que habían construido.
—No he dicho que sí —aclaró de inmediato, casi antes de terminar de explicar la oferta—. Ni siquiera sé si voy a considerarlo en serio.
—¿Por qué no ibas a considerarlo? Es una oportunidad enorme, Marlin. El tipo de oferta que la gente espera toda una carrera y nunca llega a recibir.
—Porque significaría dejar Vórtice. Dejarte a ti, al menos durante un tiempo, si no decides venirte conmigo. Y no sé si estoy dispuesto a hacer eso.
Aroa sintió que se le formaba un nudo en el estómago, una versión distinta pero igual de familiar del miedo que había sentido meses atrás con los rumores de Diego: el miedo a que, una vez más, su vida y su carrera terminaran subordinadas a las decisiones de otra persona, aunque esa persona la quisiera con la sinceridad que Marlin le había demostrado.
—No quiero que rechaces la oportunidad de tu vida por mí —dijo, con más firmeza de la que sentía—. Eso terminaría pesándonos a los dos, tarde o temprano.
—¿Y qué propones? ¿Que me vaya a Múnich y mantengamos algo a distancia, cruzando los dedos para que sobreviva?
—Propongo que lo hablemos como adultos, no que decidas unilateralmente rechazarlo pensando que me estás protegiendo de algo.
La conversación, que había empezado con la mejor intención por ambas partes, degeneró en la primera discusión seria desde que estaban juntos oficialmente.
Marlin, con el instinto de quien lleva toda la vida esperando que las cosas buenas se le escapen entre los dedos, empezó a construir, casi sin darse cuenta, un argumento defensivo que sonaba sospechosamente parecido al miedo puro:
—Quizá el problema es que no me imagino un futuro en el que consiga las dos cosas a la vez —admitió finalmente, en voz baja, más para sí mismo que para ella—.
Un trabajo que valga la pena y a alguien esperándome en casa.
Nunca he tenido las dos cosas. Ni siquiera me atrevo a creer que sea posible tenerlas juntas.
—Eso es exactamente lo que me dijiste sobre las postales, Marlin. Que escribías para un futuro en el que alguien te esperara de verdad. ¿Y ahora que ese futuro está aquí, delante de ti, con nombre y apellidos, vas a sabotearlo tú mismo antes de que tenga ocasión de pasar?
—No lo estoy saboteando. Estoy siendo realista.
—Estás teniendo miedo, que es distinto. Y lo entiendo, créeme que lo entiendo mejor que nadie, porque yo he pasado media vida anticipando el fracaso antes de que ocurriera para no tener que sufrir la sorpresa.
Pero si de verdad quieres esto, si de verdad quieres lo que dices que quieres, vas a tener que dejar de decidir por los dos basándote en lo que más miedo te da a ti.
Marlin no respondió. Y aquella noche, por primera vez desde que habían empezado a estar juntos, Aroa se marchó a su piso en lugar de quedarse en el de él, dejando entre ambos un silencio que ninguno supo, durante los tres días siguientes, cómo romper.