Conflictos de interés 14. Domingos con nombre propio
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14. Domingos con nombre propio

DOMINGOS CON NOMbrE PROPIO

Con el paso de las semanas, la relación entre Aroa y Marlin dejó de ser un secreto a voces para convertirse en algo mucho más sencillo y, a la vez, mucho más nuevo para ambos: una costumbre compartida, construida a base de pequeños gestos que ninguno de los dos había practicado demasiado antes de conocerse.

Marlin descubrió, por ejemplo, que los domingos por la tarde —esos domingos cuyo silencio, según le había confesado a Aroa aquella primera noche sincera en la terraza, pesaban más de lo que debían— dejaban de resultarle insoportables cuando los pasaba junto a ella, cocinando recetas que ninguno de los dos dominaba especialmente bien, viendo películas que Aroa elegía siempre por el argumento y que Marlin terminaba, contra todo pronóstico, disfrutando más de lo que admitía en voz alta.

Aroa, por su parte, descubrió que Marlin, lejos del hombre inalterable que proyectaba en la oficina, tenía una vena doméstica insospechada: regaba con una dedicación casi ritual la planta de su piso —la misma que había mencionado que probablemente estaba a punto de morir, y que, para sorpresa de ambos, había empezado a recuperarse desde que Aroa se pasaba por allí con más frecuencia—, y guardaba, en un cajón que no enseñaba a nadie, una colección de postales de ciudades que nunca había visitado, escritas a sí mismo con una letra pequeña y cuidada, como recordatorios de lugares a los que algún día pensaba ir, aunque fuera solo.

—¿Por qué te escribes postales a ti mismo? —le preguntó Aroa una tarde, encontrando el cajón por casualidad mientras buscaba un cargador.

Marlin se puso ligeramente colorado, algo que Aroa jamás habría imaginado posible en un hombre que dirigía comités enteros sin pestañear.

—Es una tontería de la infancia. En el segundo centro de acogida en el que estuve, había una educadora que nos animaba a escribirnos cartas a nosotros mismos, para el futuro.

Decía que era una manera de demostrarnos que alguien, aunque fuéramos nosotros mismos, se preocupaba por lo que nos pasara más adelante. Nunca dejé de hacerlo del todo.

Aroa sintió que el corazón se le encogía de un modo que ya no tenía nada que ver con la irritación de los primeros días, sino con una ternura que la sorprendía cada vez que Marlin le abría, sin proponérselo, una nueva rendija hacia su infancia.

—¿Puedo leer alguna?

Marlin dudó un segundo, pero finalmente asintió, y sacó del cajón una postal amarillenta con una imagen de los canales de Ámsterdam.

Querido Marlin:

Espero que algún día, cuando vuelvas a leer esto, hayas encontrado un lugar al que llamar hogar.

No un piso ordenado ni un trabajo importante. Un lugar donde alguien te espere de verdad.

Aroa dejó la postal sobre la mesa con un cuidado casi reverente, como si temiera que las palabras pudieran romperse.

—Creo que lo has encontrado —dijo, en voz baja.

—Empiezo a pensarlo yo también.

Fue en esas semanas cuando Aroa decidió, con más nervios de los que había sentido en cualquier reunión de comité, presentarle a Marlin a sus padres.

La comida tuvo lugar un domingo en Segovia, en la casa familiar donde Aroa había crecido escuchando, con una regularidad agotadora, comentarios sobre lo mucho mejor que le habría ido de haber estudiado Derecho como su hermano.

Marlin, para su sorpresa, se manejó con una soltura inesperada: preguntó al padre de Aroa por su jubilación reciente con un interés que no parecía fingido, ayudó a la madre a recoger la mesa sin que se lo pidieran, y, en un momento de la sobremesa, defendió con una firmeza tranquila el trabajo de Aroa frente a un comentario desafortunado de su hermano sobre «lo de la publicidad, que total, cualquiera puede hacerlo».

—Cualquiera no puede liderar una cuenta de quince millones de euros mientras rediseña por completo el posicionamiento de una marca centenaria en cuatro días, con perdón —dijo Marlin, con una cortesía que no restaba ni un ápice de contundencia a la frase—.

Vuestra hija es, sin ninguna exageración, la profesional más completa con la que he trabajado nunca.

Y lo digo como su jefe antes de decirlo como su pareja.

El hermano de Aroa se quedó momentáneamente sin palabras, algo que no ocurría con frecuencia, y su madre, con una expresión que Aroa no recordaba haber visto nunca dirigida hacia ella en toda su vida, dijo simplemente:

—Bueno, pues me alegro de que alguien por fin se dé cuenta.

De vuelta en el coche, mientras dejaban atrás el acueducto de Segovia, Aroa apoyó la cabeza en el hombro de Marlin, sintiendo una calidez que no tenía nada que ver con la calefacción del vehículo.

—Gracias por lo de antes —dijo—. Con mi hermano.

—No hace falta que me des las gracias por decir la verdad.

—Ya, pero significa mucho. Llevaba toda la vida esperando que alguien de mi familia me defendiera así. Y al final ha tenido que venir un director de cuentas neurótico de ojos de hielo a hacerlo.

—Ya no soy tan de hielo, ¿no crees?

—No —admitió Aroa, sonriendo contra su hombro—. Ya no.