13. La decisión del comité
LA DECISIÓN DEL COMITÉ
La sala de juntas de dirección general nunca le había parecido a Aroa tan grande como aquella mañana de miércoles, mientras esperaba, sentada frente a los seis miembros del comité, a que le comunicaran una decisión que llevaba cuatro años deseando escuchar sin atreverse del todo a esperarla.
—Aroa —empezó la directora general, una mujer de gestos parcos que Aroa apenas había tratado en persona más de dos o tres veces en todo ese tiempo—, el comité ha revisado tu trayectoria, los resultados de la cuenta de Lúmina, y la manera en que gestionaste la situación con Diego Salazar. Ha sido una decisión unánime.
Hizo una pausa que a Aroa le pareció eterna.
—Felicidades, subdirectora de Cuentas.
Aroa sintió que el aire se le escapaba de los pulmones de golpe, una mezcla de alivio y orgullo tan intensa que por un momento no confió en su propia voz para responder. Cuando por fin habló, lo hizo con una firmeza que le sorprendió a ella misma.
—Gracias. No les voy a decepcionar.
—Ya nos has demostrado que no lo harás —respondió la directora general, con una sonrisa que en ella era, según le habían advertido, un gesto casi excepcional—.
Una última cosa. Sabemos que existe una relación personal entre tú y el director Voss.
No es asunto del comité regular la vida privada de sus empleados, siempre que se garanticen los protocolos adecuados de transparencia en la evaluación de resultados, algo que, dado lo ocurrido con Diego, tenemos motivos de sobra para confiar en vosotros dos.
Solo os pedimos discreción profesional, no secretismo.
Hay una diferencia importante entre ambas cosas.
Aroa asintió, todavía procesando la magnitud de lo que acababa de escuchar: no solo el ascenso que llevaba años persiguiendo, sino también, de un modo que no esperaba, una forma de reconocimiento hacia su relación con Marlin que no tenía nada que ver con el juicio temido, con la etiqueta que Diego había querido colgarle, sino con una confianza profesional que ella misma, con hechos y no con explicaciones, se había ganado.
Salió de la reunión flotando en una nube que solo se disipó parcialmente cuando, al llegar a su planta, encontró a Cova esperándola con una expresión de ansiedad que no disimulaba en absoluto.
—¿Y bien? ¿Y bien? ¡No me tengas así!
—Subdirectora de Cuentas —dijo Aroa, y la sonrisa que se le dibujó en la cara fue tan grande que le dolieron las mejillas.
Cova soltó un chillido que hizo que media planta se asomara por encima de los paneles, y la abrazó con una fuerza que casi la tira al suelo.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que ibas a conseguirlo, con o sin Voss de por medio!
—Con Voss de por medio, para que conste. Y me parece bien que sea así.
Marlin la esperaba en su despacho, fingiendo mal que no había pasado toda la mañana pendiente del reloj, y cuando Aroa entró y le mostró, sin necesidad de palabras, la sonrisa que llevaba dibujada desde la sala de juntas, él se levantó de la silla y la abrazó con una intensidad que dejaba claro que aquel abrazo llevaba mucho tiempo esperando su turno.
—Sabía que lo conseguirías —dijo contra su pelo—. Desde el primer día que discutiste conmigo sobre la propuesta de Lúmina y me dejaste claro, sin ninguna duda, que no pensabas dejarte pisar por nadie. Ni siquiera por mí.
—Sobre todo por ti.
—Sobre todo por mí, sí. Menos mal.
Aquella tarde, para celebrarlo, decidieron por fin hacer lo que llevaban meses posponiendo por miedo, por cautela, por el peso acumulado de rumores y comités: salir juntos, sin esconderse, a cenar a un restaurante donde probablemente coincidirían con alguien de la oficina, y donde, efectivamente, coincidieron con nada menos que Patricia, que al verlos entrar de la mano se limitó a levantar una copa de vino en su dirección con una sonrisa que lo decía todo sin necesidad de una sola palabra.