12. Consecuencias
CONSECUENCIAS
La confirmación de IT llegó esa misma tarde: los registros mostraban, sin lugar a dudas, que Diego había descargado la propuesta completa de la segunda fase tres días antes de que apareciera reflejada, con un detalle que solo alguien con acceso directo podía conocer, en el artículo del periodista con el que había coincidido en aquel evento del sector.
Convocado por Recursos Humanos y la dirección general, Diego intentó primero negarlo todo, después minimizarlo como «un comentario informal que se me escapó, nada más», hasta que, acorralado por la evidencia técnica, terminó admitiendo que había filtrado los detalles con la esperanza de que un traspié de la cuenta de Lúmina, gestionada directamente por Aroa, debilitara su candidatura a la subdirección justo antes de la decisión del comité.
—No pensé que llegara tan lejos —se defendió, en la reunión final donde se comunicó su despido inmediato—. Solo quería... nivelar el terreno.
—Nivelar el terreno saboteando el trabajo de una compañera y arriesgando la cuenta más importante de la agencia no es una estrategia de carrera, Diego —respondió Marlin, con una frialdad que, por primera vez desde que Aroa lo conocía, no le pareció excesiva sino exactamente proporcionada—.
Es una falta grave que tiene consecuencias.
La noticia recorrió la oficina antes incluso de que Diego hubiera terminado de recoger sus cosas de la mesa, y con ella llegó también, inevitablemente, la versión completa de lo sucedido: que Aroa no solo había liderado con brillantez la campaña de Lúmina, sino que además había protegido a la agencia entera de un sabotaje interno, con una diligencia y una ética profesional que dejaban en ridículo cualquier insinuación anterior sobre favores conseguidos en la cama.
Los rumores de la cocina de la planta novena, esta vez, cambiaron de tono.
Aroa lo notó en la forma en que la gente la saludaba por los pasillos, en las felicitaciones espontáneas que antes había tenido que ganarse a base de resultados invisibles, en la mirada de Patricia, la subdirectora saliente, que se acercó a su mesa aquella tarde con una sonrisa cómplice.
—He oído que el comité se reúne mañana —dijo Patricia—. Y he oído también, extraoficialmente, que la decisión ya está prácticamente tomada. Enhorabuena anticipada, subdirectora Ferrer.
Aroa sintió que se le encogía la garganta de una emoción que llevaba cuatro años esperando sentir sin atreverse a nombrarla del todo: la certeza, por fin incuestionable, de que su trabajo hablaba por sí solo, sin necesidad de ninguna etiqueta que lo empañara.
Esa noche, cuando salió del edificio, encontró a Marlin esperándola en la puerta, algo que nunca había hecho antes, con las manos en los bolsillos del abrigo y una expresión entre nerviosa y decidida que a Aroa le costó descifrar del todo.
—¿Qué haces aquí fuera? Hace un frío horrible para junio.
—Esperarte. Llevo media hora practicando lo que quiero decirte, y cada vez que lo ensayo suena peor, así que voy a decirlo directamente, sin ensayo, y esperar que salga mejor así.
—Me estás asustando un poco.
—No es mi intención. —Respiró hondo, con esa torpeza suya que a Aroa cada vez le parecía menos un defecto y más una de las cosas que más le gustaban de él—.
Llevo semanas pensando que te até con mis propios miedos, que te pedí sin darme cuenta que cargaras con el peso de decidir sola algo que era de los dos.
Y hoy, viendo cómo has manejado todo esto, con Diego, con Lúmina, con el comité, he entendido una cosa con total claridad: no necesitas que yo te proteja de nada, Aroa.
Nunca lo has necesitado. Lo único que necesito decirte es que quiero estar a tu lado, no como jefe, no como estrategia, no como problema de recursos humanos, sino simplemente porque no recuerdo la última vez que me sentí tan yo mismo como cuando estoy contigo.
Y si eso significa esperar a que se resuelva lo de la subdirección, esperaré.
Pero no pienso volver a fingir que no es lo que quiero.
Aroa se quedó mirándolo, con el frío de junio calándole poco a poco el abrigo, sintiendo que todas las dudas que había arrastrado durante semanas —el miedo a las etiquetas, el miedo a que la redujeran a una historia de oficina, el miedo, en el fondo, a merecer algo bueno sin tener que ganárselo a base de sacrificio— se disolvían frente a la sencillez casi brutal de lo que Marlin le acababa de decir.
—No quiero que esperes —dijo finalmente—. Estoy cansada de que el miedo decida por mí. Llevo toda la vida dejando que decida, como bien dijo Cova, y se acabó.
—¿Eso significa...?
—Significa que sí, Marlin Voss, con nariz de los cotilleos de oficina incluida y con reunión del comité mañana, y con lo que sea que venga después. Significa que sí.
Marlin sonrió entonces, una sonrisa completa, sin reservas, la primera que Aroa le veía sin ningún rastro de aquella frialdad de ojos de hielo con la que lo había conocido, y la besó ahí mismo, en la puerta del edificio de Vórtice Comunicación, sin importarle quién pudiera verlos desde las ventanas de la planta once.