11. La llamada
LA LLAMADA
Marlin miró la pantalla del teléfono con el ceño fruncido antes de descolgar.
—Es Patricia —dijo, extrañado—. A estas horas.
Contestó, y Aroa observó cómo su expresión, en cuestión de segundos, pasaba de la curiosidad a una alarma contenida que solo alguien que llevaba semanas aprendiendo a leerle sabía reconocer.
—Entendido. Estoy ahí en diez minutos —dijo, y colgó—.
Lúmina ha convocado una reunión de urgencia para mañana a primera hora.
Al parecer, la competencia ha filtrado a la prensa detalles de nuestra segunda fase de campaña antes de que se haya presentado oficialmente.
La fundadora está furiosa y quiere explicaciones inmediatas.
—Eso es imposible. La propuesta de la segunda fase todavía está en fase interna. Nadie fuera del equipo la ha visto.
—Nadie fuera del equipo directo —matizó Marlin, y algo en su tono hizo que Aroa entendiera, antes incluso de que él lo dijera en voz alta, hacia dónde apuntaban sus sospechas—.
Pero Diego tuvo acceso a la carpeta compartida la semana pasada, cuando pidió los datos de resultados para su informe trimestral.
—No estarás insinuando que Diego ha filtrado la campaña a la competencia.
—No lo sé. Pero pienso averiguarlo.
Aquella noche, en lugar de la conversación que ambos habían estado a punto de tener, se pasaron las siguientes cuatro horas reconstruyendo, documento por documento, quién había tenido acceso a la propuesta filtrada y en qué momento.
El rastro, incómodamente, apuntaba con demasiada claridad hacia el departamento de Diego: un archivo descargado desde su usuario tres días antes de que apareciera, casi palabra por palabra, en un artículo del sector firmado por un periodista con el que —descubrieron tras una rápida búsqueda— Diego había coincidido en un evento profesional la semana anterior.
—Si esto es lo que parece —dijo Marlin, ya de madrugada, con la voz ronca de cansancio— Diego no solo ha puesto en riesgo la cuenta más importante de la agencia.
Lo ha hecho, probablemente, para hacerte quedar mal a ti justo antes de la decisión del comité.
Una filtración en tu área, bajo tu responsabilidad directa, en el peor momento posible.
—Eso es una acusación muy grave, Marlin. Necesitamos pruebas sólidas antes de decir nada.
—Las tenemos. O las tendremos mañana, cuando hable con IT para confirmar los registros de descarga.
La reunión de urgencia con Lúmina, a la mañana siguiente, fue tan tensa como Aroa había temido.
La fundadora, con la misma seriedad que había reservado para la presentación de la campaña original, exigió explicaciones sobre cómo información confidencial había llegado a manos de la competencia justo antes de un lanzamiento estratégico.
Aroa, con el estómago encogido, expuso los hechos con la mayor claridad posible: el rastro de la filtración, el acceso de Diego a la carpeta, la coincidencia temporal con el artículo publicado.
—¿Está usted acusando a un compañero de la agencia de sabotaje? —preguntó el director financiero de Lúmina, visiblemente incómodo con la dirección que tomaba la reunión.
—Estoy exponiendo hechos verificables —respondió Aroa, con una firmeza que no supo de dónde sacaba—. Lo que se haga con esa información es responsabilidad de la dirección de Vórtice, no mía.
Fue entonces cuando Marlin, que hasta ese momento había dejado que Aroa llevara el peso de la explicación, tomó la palabra con una contundencia que Aroa no le había visto emplear nunca en una reunión de cliente.
—Quiero ser absolutamente claro en esto —dijo, mirando uno a uno a los representantes de Lúmina—.
Si se confirma que un empleado de esta agencia ha comprometido la confidencialidad de vuestra marca por intereses personales, asumiremos toda la responsabilidad y tomaremos las medidas necesarias, sin excepciones ni protecciones de ningún tipo, independientemente del cargo que ocupe esa persona.
Y quiero añadir algo más: la persona que ha detectado la filtración, que ha reconstruido el rastro en tiempo récord y que ha protegido vuestra campaña con una diligencia que va mucho más allá de su descripción de puesto, es Aroa Ferrer.
La misma persona, por cierto, que ha liderado con éxito absolutamente todo lo relacionado con vuestra marca desde el primer día.
Si alguien en esta sala tiene alguna duda sobre su competencia o su integridad, que la exprese ahora, delante de mí.
El silencio que siguió fue absoluto. La fundadora de Lúmina, después de unos segundos que a Aroa le parecieron eternos, esbozó algo muy parecido a una sonrisa de aprobación.
—Ninguna duda —dijo—. Al contrario. Es un alivio saber que hay alguien tan minucioso cuidando de nuestra marca.