10. Semanas de silencio
SEMANAS DE SILENCIO
Las tres semanas que siguieron fueron, para Aroa, un ejercicio agotador de profesionalidad impecable y desdicha privada.
Ella y Marlin se trataron en las reuniones con una cortesía tan pulcra que resultaba casi dolorosa de presenciar: «Buenos días, señor Voss».
«Gracias por el informe, señorita Ferrer».
Cova, que asistía a aquel teatro desde la primera fila, empezó a llamarlo «la obra de Ibsen que nadie ha pedido ver».
—No sé qué quieres que haga, Cova. Le pedí ir más despacio y él lo interpretó como que quería esconderlo. Y quizá tenía razón. Quizá eso es exactamente lo que quería, aunque no me atreviera a decírmelo a mí misma.
—¿Y el puesto de subdirectora? ¿Alguna novedad?
—El comité se reúne la semana que viene para decidir. Diego sigue haciendo campaña por su cuenta, con esa sutileza tan suya de mencionar en cada conversación lo importante que es «la limpieza en los procesos de decisión».
—Menudo capullo.
—Un capullo con razón, en parte. Es lo peor de todo esto.
Mientras tanto, en el despacho de Marlin, las cosas no iban mucho mejor, aunque Aroa no tuviera modo de saberlo con exactitud.
Lo que sí llegó a sus oídos, a través de la red de rumores que en aquella oficina funcionaba con la eficacia de un servicio de mensajería, fue que Marlin había empezado a llegar antes que nadie y a irse después que todos, que había cancelado dos cenas con inversores porque «no se sentía con la energía necesaria», algo impropio de un hombre que hasta entonces jamás había mostrado ninguna grieta pública en su disciplina.
Patricia, la subdirectora saliente cuyo puesto estaba a punto de quedar vacante, comentó una tarde, sin saber que hablaba precisamente con la persona implicada, que «el jefe nuevo parece un fantasma últimamente.
Antes al menos tomaba té. Ahora ni eso».
Aroa sabía exactamente qué —o mejor dicho, quién— era la causa de aquel fantasma. Y odiaba, con una intensidad que la sorprendía a sí misma, no poder hacer nada para arreglarlo sin traicionar la decisión que, muy a su pesar, todavía creía correcta.
La ruptura del silencio llegó, como casi todo lo importante en aquella historia, en el momento menos planeado.
Una tarde de junio, Aroa se quedó trabajando hasta tarde en la revisión final de una nueva propuesta para Lúmina —la marca, encantada con los resultados del relanzamiento, había pedido una segunda fase de campaña— y, al salir hacia el ascensor pasadas las nueve, se encontró con que el edificio estaba prácticamente vacío.
Solo quedaba encendida, como tantas otras noches, la lámpara del despacho de Marlin.
Se detuvo frente a la puerta entreabierta, debatiéndose entre seguir su camino hacia el ascensor o entrar, hasta que la decisión se tomó sola, como suelen tomarse las decisiones que de verdad importan: sin que una las piense del todo.
Marlin levantó la vista al oír sus pasos, y algo en su rostro —el cansancio, la sorpresa, una esperanza que intentó disimular sin éxito— dejó claro que también él había estado deseando, sin atreverse a admitirlo, que aquel encuentro sucediera.
—Pensaba que te habías ido hace horas —dijo.
—Estaba terminando la propuesta de la segunda fase. —Hizo una pausa, incómoda, buscando las palabras—. ¿Puedo pasar?
Marlin asintió, apartando el cuaderno con un gesto casi automático, como quien despeja el terreno para lo que sea que fuera a suceder a continuación.
—El comité decide la semana que viene lo de la subdirección —dijo Aroa, sentándose frente a él—.
Y llevo tres semanas diciéndome que lo hago bien, que la decisión de ir despacio fue sensata, profesional, madura.
Pero la verdad, Marlin, es que llevo tres semanas siendo bastante desgraciada, y no sé si eso es lo que se supone que debe sentir alguien que ha tomado la decisión correcta.
—Yo tampoco sé si la mía ha sido la correcta —admitió él, con una honestidad que a Aroa le recordó a la noche de las noventa y seis horas, sentados en el suelo de la sala de reuniones—.
Reaccioné mal. Te até con la misma historia que Diego te quería atar a ti: la idea de que si eliges quererme, dejas de merecer lo que consigues por ti misma.
Y eso no es justo. Ni contigo, ni con lo que hemos construido.
—Entonces, ¿qué hacemos?
Marlin se quedó en silencio un momento, mirándola con esos ojos que ya no le parecían de hielo, sino de un azul mucho más parecido al mar en calma después de una tormenta.
—Creo —dijo por fin— que deberíamos dejar de decidir esto en función de lo que Diego Salazar o el comité o la cocina de la planta novena vayan a pensar. Y empezar a decidirlo en función de lo que tú y yo, en realidad, queremos.
—¿Y qué quieres tú?
—Quiero que ganes ese puesto porque eres, sin comparación posible, la mejor candidata. Y quiero, además, no tener que fingir que no me importas cada vez que entras en una sala. Las dos cosas. No pienso volver a elegir entre ellas.
Aroa sintió que algo, por fin, encajaba en su sitio después de semanas de piezas sueltas. Pero antes de que pudiera responder, el teléfono de Marlin, olvidado sobre la mesa, empezó a vibrar con una llamada entrante que, en cuestión de segundos, iba a cambiarlo todo de nuevo.