Conflictos de interés 9. Diego
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9. Diego

DIEGO

Si Aroa hubiera tenido que señalar el momento exacto en que la situación con Marlin dejó de ser un asunto privado para convertirse en un problema con nombre y apellidos, habría señalado, sin dudarlo, el lunes en que Diego Salazar entró en su despacho sin llamar.

Diego era responsable de Grandes Cuentas, un puesto que sonaba más importante de lo que en realidad era, y llevaba desde la llegada de Marlin cultivando un resentimiento silencioso que Aroa siempre había atribuido a la ambición frustrada de quien esperaba —y no había conseguido— el puesto de director.

Se llevaban razonablemente bien, dentro de la cordialidad tensa habitual entre compañeros que compiten por los mismos recursos, pero nunca habían sido amigos, y aquella mañana Diego no parecía haber ido a fingir que lo eran.

—Necesito hablar contigo de algo delicado —dijo, cerrando la puerta tras de sí con un gesto que a Aroa ya le puso en alerta—. Y quiero que sepas que te lo digo como compañero, no para hacerte daño.

—Esa introducción nunca ha precedido a nada bueno, Diego.

—El comité de dirección ha estado hablando de ti. Para el puesto de subdirectora de Cuentas. El que va a quedar libre cuando Patricia se jubile en verano.

Aroa sintió que el corazón le daba un vuelco que no supo, al principio, si era de alegría o de pánico.

—¿Y?

—Y hay preocupación. No oficial, pero preocupación al fin y al cabo. Sobre si tu relación con Voss puede... complicar la decisión. Nadie quiere que parezca que el puesto se decide en una cama en vez de en un despacho.

—No hay ninguna cama, Diego.

—No me tienes que dar explicaciones a mí.

Pero sí las vas a tener que dar, tarde o temprano, si esto sigue el rumbo que lleva.

Y créeme que lo digo por tu bien: si sales oficialmente con el director de tu área, cualquier ascenso que consigas a partir de ahora va a llevar una etiqueta que no vas a poder quitarte nunca.

Da igual lo buena que seas. La gente recuerda las etiquetas mucho más que los méritos.

Aroa se quedó mirando a Diego, intentando decidir si aquella advertencia nacía de una preocupación sincera o de un interés mucho más mundano —el propio Diego llevaba meses posicionándose, sin demasiado disimulo, para ese mismo puesto de subdirección—, y llegó a la conclusión de que probablemente eran ambas cosas a la vez, mezcladas de un modo que hacía imposible separarlas del todo.

—Gracias por la información —dijo finalmente, con una frialdad que le costó sostener—. Ya me encargo yo de decidir qué hago con mi vida.

—Solo digo que lo pienses bien. Has trabajado muy duro para llegar hasta aquí, Aroa. Sería una pena que todo se fuera al garete por un tema de faldas y pantalones.

Cuando Diego se marchó, Aroa se quedó sentada un largo rato mirando la pantalla del ordenador sin verla realmente, con la advertencia de Diego mezclándose en su cabeza con el rumor de la cocina de la planta novena y con la conversación con Cova, hasta formar un nudo del que no sabía cómo salir.

Todo apuntaba, desde ángulos distintos, hacia la misma conclusión incómoda: que su relación con Marlin, por sincera que fuera, corría el riesgo de definir su carrera de un modo que ella jamás había querido para sí misma.

Esa tarde, cuando Marlin le pidió, con su torpeza habitual, que se quedara un momento después de la reunión de equipo, Aroa supo que no podía seguir posponiendo la conversación.

—Tenemos que hablar —dijo, en cuanto la sala se vació.

—Eso nunca ha sido el principio de una buena frase.

—Diego ha venido a verme esta mañana. Dice que el comité está preocupado por lo nuestro. Por si afecta a decisiones de ascenso.

Marlin se puso serio de inmediato, con esa quietud tensa que Aroa ya reconocía como su versión particular del enfado.

—Diego no tiene ninguna autoridad para decidir quién asciende y quién no. Y desde luego no la tiene para venir a meterte miedo con rumores.

—No son solo rumores, Marlin. Es lo que va a pensar todo el mundo si seguimos con esto. Que soy la que se ha acostado con el jefe para llegar a algún sitio. Y no puedo... no puedo permitir que eso defina mi carrera. He trabajado demasiado duro para eso.

—Entonces, ¿qué propones? —preguntó él, y por primera vez desde que se conocían, Aroa detectó un temblor apenas perceptible en su voz habitualmente inalterable—. ¿Que dejemos de vernos porque a Diego Salazar y a media oficina les incomoda que dos personas adultas decidan estar juntas?

—Propongo que vayamos más despacio. Que seamos más discretos. Al menos hasta que se resuelva lo de la subdirección.

—Es decir, que finjamos que esto no existe hasta que a ti te convenga que exista.

—No es eso lo que he dicho.

—Es exactamente lo que has dicho, solo que con más palabras.

—Marlin se pasó una mano por el pelo, un gesto de frustración que ella no le había visto nunca—.

Llevo toda mi vida siendo lo que la gente necesita que sea para no incomodar.

El chico del centro de acogida que no da problemas.

El empleado que no exige nada. El jefe que no se permite ni un solo desliz de humanidad porque, si lo hace, alguien podría pensar que es débil.

Y ahora, la primera vez en mucho tiempo que decido no esconderme, que decido que quiero algo de verdad y estoy dispuesto a pelear por ello, me estás pidiendo que vuelva a esconderme. Por si acaso.

—No es lo mismo, Marlin.

—Para mí es exactamente lo mismo.

Se quedaron en silencio, ambos demasiado orgullosos para dar el primer paso hacia atrás, hasta que Marlin, con una calma que le costó visiblemente reunir, cogió su cuaderno de la mesa y se dirigió hacia la puerta.

—Piensa lo que quieras hacer —dijo, sin volverse—. Pero decídelo por ti, Aroa. No por Diego. No por el comité. No por lo que puedan pensar en la cocina de la planta novena.

Y salió, dejándola sola en la sala de reuniones con la sensación amarga de haber ganado una discusión que, en realidad, sentía como una derrota.