8. Lo que Aroa no dijo
LO QUE AROA NO DIJO
Cova fue, como siempre, quien consiguió sonsacarle la verdad completa, sentadas las dos en el sofá desvencijado del piso de Chamberí, con una botella de vino que esta vez sí pensaban terminarse.
—Así que el problema no es Marlin —resumió Cova, después de escuchar el relato completo del rumor de la cocina de la planta novena—. El problema es lo que dirá la gente si sigues adelante con esto.
—El problema es que llevo cuatro años intentando que me valoren por mi trabajo, Cova. Cuatro años. Y justo cuando por fin parece que lo consigo, resulta que todo el mundo cree que en realidad me lo he follado para llegar hasta aquí, con perdón de la expresión.
—Eso dice más de la gente que cotillea que de ti.
—Ya, pero es lo que va a quedar. Da igual lo buena que sea la campaña de Lúmina. Da igual las horas que he echado. Si sigo con Marlin, siempre habrá alguien pensando que todo esto ha sido gracias a él, no gracias a mí.
Cova se quedó callada un momento, dándole vueltas al vino en la copa.
—¿Y si te digo que ese miedo no es nuevo?
—dijo por fin, con una suavidad que no era habitual en ella—.
Porque llevas hablando de sentirte invisible en esa empresa desde el primer día que te conocí, Aroa.
Y ahora que por fin alguien te ve, de verdad te ve, resulta que el miedo ya no es que no te vean, sino que crean que te ven por el motivo equivocado.
Pero el miedo, en el fondo, es el mismo: que nada de lo que consigas sea considerado mérito tuyo.
La frase le cayó a Aroa como un jarro de agua fría, precisamente porque era exacta.
—Cuando era pequeña —dijo, después de un silencio largo—, mis compañeros de colegio me llamaban «la del hocico».
Por la nariz. Tardé años en dejar de taparme la cara en las fotos.
Y creo que en algún momento decidí que, si no podía ser la más guapa ni la más simpática, sería la más capaz.
La más trabajadora. Que nadie pudiera decir de mí que había llegado a algún sitio por otra cosa que no fuera esfuerzo puro.
Y ahora resulta que la primera vez que alguien reconoce ese esfuerzo, todo el mundo decide que en realidad es por otra cosa.
Otra vez la misma historia, solo que con un disfraz distinto.
—Tu nariz, para que conste, es preciosa. Le da carácter a tu cara. Pareces salida de un retrato del Renacimiento, no de un chiste de colegio.
Aroa se rio, a su pesar, con los ojos húmedos.
—Eso mismo me dijo Marlin. Bueno, no exactamente eso, pero algo parecido.
Una noche, trabajando hasta tarde, me dijo que mi perfil era lo primero que había notado de mí, y que le parecía...
—dudó, buscando la palabra exacta— fascinante.
Dijo fascinante. Como si fuera un mapa antiguo de esos que colecciona.
—Y encima poeta. Qué desastre de hombre.
—El problema es que no es un desastre. Es lo contrario.
Es la primera persona en mucho tiempo que me hace sentir que puedo ser ambiciosa y vulnerable a la vez, sin que una cosa anule a la otra.
Y precisamente por eso me da tanto miedo que todo esto se convierta en una historia de oficina, en un cotilleo más de la máquina de café, en la prueba de que, al final, ni con todo el esfuerzo del mundo consigo que me valoren por mí misma.
Cova le apretó la mano, sin decir nada durante un rato.
—Entonces la pregunta no es si Marlin merece la pena —dijo por fin—. La pregunta es si vas a dejar que el miedo a lo que digan los demás decida por ti otra vez. Porque, cariño, llevas toda la vida dejando que ese miedo decida.
Aroa no respondió. Pero aquella noche, después de que Cova se marchara, se quedó despierta mucho más tiempo del habitual, mirando el techo, dándole vueltas a una verdad incómoda que empezaba a asentarse: quizá el problema nunca había sido Marlin Voss.
Quizá el problema, desde el principio, había sido ella misma, y la costumbre tan arraigada de anticipar el rechazo antes de que este tuviera ocasión siquiera de manifestarse.