7. Rumores de pasillo
RUMORES DE PASILLO
Todo lo que ocurre entre dos personas en una oficina, por discreto que se pretenda, acaba sabiéndose.
Vórtice Comunicación no era una excepción a esa regla no escrita, y para cuando llegó mayo, ya circulaba entre los departamentos de creatividad y cuentas una teoría bastante extendida —y bastante acertada— sobre lo que estaba pasando entre la responsable de contenidos de Lúmina Cosmética y el nuevo director.
Aroa lo descubrió de la peor manera posible: escuchándolo por accidente.
Había bajado a la cocina de la planta novena, menos concurrida que la suya, buscando algo de tranquilidad para hacer una llamada, cuando oyó su nombre en boca de dos personas del departamento financiero a las que apenas conocía.
—Yo creo que se lo ha ganado de calle —decía una voz que Aroa no reconoció—. No hace falta ser un genio para ver por qué Voss la eligió a ella para liderar Lúmina en vez de a cualquier otro senior del equipo.
—Pues yo he oído que ya salían antes de la campaña —respondió la otra voz, con ese tono de quien disfruta más divulgando el rumor que comprobando si es cierto—. Que por eso él le montó todo el proyecto a medida. Manera elegante de tener una excusa para pasar noventa y seis horas encerrados juntos.
Aroa se quedó paralizada al otro lado de la puerta, con el móvil todavía en la mano, la llamada olvidada, mientras un frío mucho más incómodo que el de los ojos de Marlin le subía por la espalda.
No era la primera vez que oía un comentario así —los rumores sobre su ascenso repentino llevaban circulando, de forma más soterrada, desde la presentación a Lúmina—, pero era la primera vez que lo oía formulado con tanta crudeza, reduciendo cuatro años de trabajo y una campaña que había estado a punto de costarle la salud a una simple cuestión de favores de cama.
Volvió a su mesa sin decir nada a nadie, ni siquiera a Cova, y se pasó el resto de la tarde incapaz de concentrarse, dándole vueltas a una pregunta que empezaba a corroerla por dentro: si su ascenso —si el reconocimiento que tanto había ansiado— iba a estar siempre manchado por la sospecha de que no lo había ganado sola, ¿de qué le servía haberlo conseguido?
Esa noche, cuando Marlin le propuso, como ya era costumbre, tomar algo al salir, Aroa declinó con una excusa breve y poco convincente sobre una cena familiar que no existía. Marlin no insistió, pero algo en su expresión dejó claro que no se había creído la excusa ni por un segundo.
Los días siguientes, Aroa se refugió en una distancia profesional que Marlin, desconcertado, no supo cómo interpretar.
Volvió a llamarle «señor Voss» en las reuniones, algo que no hacía desde hacía semanas.
Rechazó dos invitaciones a comer con la excusa de tener trabajo atrasado.
Empezó a llegar antes y a irse después que él, precisamente para evitar coincidir a solas en el ascensor.
—¿He hecho algo? —le preguntó Marlin finalmente, un jueves, interceptándola junto a la fotocopiadora con una directitud que a él tanto le costaba—. Porque si he hecho algo, preferiría que me lo dijeras en vez de tener que adivinarlo, que es un terreno en el que, como ya sabes, no destaco.
—No has hecho nada.
—Aroa.
—No quiero hablar de esto aquí.
—Pues dime dónde.
Ella dudó, con la fotocopiadora escupiendo hojas de fondo, ajena por completo a la tensión que se había instalado entre ambos.
—En ningún sitio, Marlin. No quiero hablar de esto en ningún sitio. Al menos, no todavía.
Y se marchó con las copias sin terminar de imprimir, dejando a Marlin con la misma expresión perdida que Aroa había visto una única vez antes: la noche en que lo sorprendió con la fotografía del centro de acogida sobre la mesa, a solas con una versión de sí mismo que nadie más en aquella oficina estaba autorizado a ver.